Nicolás Dujovne proyectó una inflación para 2026 de entre 28% y 29% anual, casi tres veces la previsión oficial del 10,1% incluida en el Presupuesto 2026 (según Dujovne en LN+, reportado por iProfesional, 21/4/2026). Esta disyuntiva entre lectura oficial y expectativas del mercado es el hilo que explica por qué la discusión sobre salarios, apertura comercial y anclaje fiscal vuelve al centro del debate.

¿Qué dijo Dujovne y por qué nos preocupa?

Vemos dos números que no se solapan: la proyección privada de 28-29% anual (según Nicolás Dujovne, en LN+, citado por iProfesional, 21/4/2026) y la pauta del Gobierno de 10,1% para 2026 (Presupuesto 2026, aprobado por el Congreso). El propio artículo recuerda que el Presupuesto contó con 46 senadores y 132 diputados a favor (Presupuesto 2026, acta de aprobación). Esa distancia —casi 20 puntos porcentuales— no es menor: condiciona precios relativos, formación de salarios y expectativas de inversión. Cuando las expectativas del mercado y las metas oficiales divergen tanto, los agentes (empresas, sindicatos, hogares) operan con señales contradictorias y la política pública pierde eficacia.

¿Cómo impacta esto en salarios y consumo?

Dujovne subrayó que “hoy en la Argentina los salarios están muy bajos”, y advirtió que los sueldos en dólares y en términos reales siguen deprimidos (declaraciones en LN+, reproducidas por iProfesional). Ese deterioro real aparece en canastas concretas: según el mismo diagnóstico, la carne subió 55% interanual en el último año (según Dujovne, citado por iProfesional). Cuando los precios esenciales aceleran y el salario real se retrae, el consumo privado cae y la demanda agregada se contrae. Desde nuestra lente, esto es clave: el salario no es solo un costo, es la fuente de demanda que sostiene la producción y el empleo. Por eso defendemos alivios fiscales focalizados y temporales que sostengan el consumo y el salario, sin recurrir a recortes en jubilaciones o remuneraciones públicas.

¿Se puede replicar la experiencia de Chile o Uruguay aquí?

Dujovne trazó comparaciones regionales: Chile redujo inflación mediante años de anclaje fiscal, bandas cambiarias y luego flotación; Uruguay, tras la crisis 2002, descendió paulatinamente (“primero 30%, después 20%”, según su relato en LN+, citado por iProfesional). El punto que subraya es metodológico: bajar la inflación no es un ajuste de un año ni una medida única, es un proceso que combina prudencia fiscal, políticas monetarias coherentes y, en muchos casos, tiempo. Esos ejemplos muestran que la consistencia fiscal puede ser ancla. Aquí la discusión es si el Gobierno actual cuenta con margen político y técnico para sostener esa consistencia, y si la apertura comercial masiva —que Dujovne calificó como la mayor desde los 90— produce ganadores y perdedores sin mecanismos de compensación.

Qué políticas convienen hoy (y qué evitar)

Coincidimos en que el ancla fiscal importa, pero no a cualquier costo social. La prioridad debe ser sostener empleo y consumo mientras se construye confianza para inversiones que aumenten productividad. Dujovne planteó que bajar el costo del capital y facilitar crédito barato es esencial; nosotros añadimos que eso debe acompañarse de medidas activas para la industria y protección inteligente a sectores vulnerables ante la importación masiva (según declaraciones de Dujovne, iProfesional, 21/4/2026). Rechazamos financiar alivios con recortes a jubilaciones o salarios: esa vía erosiona demanda y agrava la recesión. Proponemos alivios fiscales temporales y focalizados, transparencia sobre su costo y compensaciones para la formación productiva. Si la meta es bajar inflación sin destruir empleo, las políticas tienen que combinar ancla fiscal creíble con medidas que sostengan la demanda y promuevan inversión de largo plazo.