La política monetaria argentina cambió tres veces en el último año y la desinflación, aunque real, sigue siendo frágil: la inflación pasó de 289% interanual a 32% en marzo (INDEC), mientras que el M2 privado transaccional cayó 15% en términos reales en el primer trimestre (BCRA).
¿Qué falló en el diseño actual?
La combinación de un apretón monetario intenso con una política fiscal que actuó de forma procíclica dejó secuelas claras en la actividad. La economía creció 3,5% desde noviembre de 2023 (INDEC), pero ese crecimiento se concentró en exportables; la industria manufacturera registra una caída interanual del 8,7% (INDEC) y los salarios reales registrados acumulan una pérdida del 8,9% desde el inicio del mandato (Ministerio de Trabajo). La suba de encajes y un corredor de tasas incompleto, con un piso de REPO al 20% TNA según comunicaciones del BCRA, tensaron la liquidez y elevaron tasas reales que redujeron el crédito, que retrocedió 5% en 2026 (BCRA). Todo esto muestra que la política diseñada como transitoria terminó provocando efectos permanentes sobre la demanda interior.
¿Cómo impacta esto en el mercado argentino?
La volatilidad de la política se traduce en tasas erráticas, cadenas de pago tensadas y un aumento de la morosidad que, según reportes del sistema financiero, está en niveles récord (BCRA). En el mercado laboral hubo aumento neto de 113.000 puestos totales, pero a costa de una pérdida de 265.000 empleos formales al comparar el cuarto trimestre de 2025 con el mismo período de 2023 (INDEC). Esa rotación del empleo refleja la desindustrialización relativa por apreciación real del tipo de cambio, impulsada por un boom de exportaciones y liquidaciones financieras. Para los ahorristas, la caída real del M2 (-15% en T1, BCRA) implica menor demanda por activos en pesos; para las empresas, las tasas reales altas y la caída del crédito (-5%, BCRA) implican encarecimiento del capital de trabajo.
Reglas en vez de discreción: qué proponemos
La experiencia reciente confirma que la discrecionalidad genera ruido y recurrentes ajustes de esquema. La prioridad debe ser una mayor independencia del Banco Central para proteger el anclaje nominal: eso incluye reglas transparentes sobre agregados o metas de inflación claras, un ancla cambiaria creíble y la eliminación paulatina de controles de capitales que distorsionan señales. Apoyamos, eso sí, la acumulación de reservas solo si es completamente transparente, no constituye financiamiento encubierto del Tesoro y viene acompañada de anclas fiscales, como ya hemos sostenido en notas previas. Una regla fiscal que fije senderos de déficit y una comunicación consistente del BCRA reducirían la necesidad de ajustes abruptos y el apoyo extraordinario de socios internacionales.
Riesgos si no se actúa y el costo de la indecisión
Si no se consolidan reglas y no se despeja la sospecha de financiamiento encubierto, la desinflación será dependiente de factores transitorios y la confianza permanecerá frágil. La recurrente necesidad de apoyo externo, mencionada en la nota analizada, eleva el riesgo de que cambios políticos futuros reviertan los avances. La pérdida de empleo formal (-265.000, INDEC), la contracción industrial (-8,7%, INDEC) y la caída del crédito (-5%, BCRA) son señales de que el ajuste está siendo pagado por los sectores más vulnerables de la economía. En suma, para convertir la baja de inflación en estabilidad duradera hacen falta reglas claras, independencia real del BCRA y transparencia en la gestión de reservas y del vínculo con el Tesoro.