El aumento de la carne no es un episodio aislado: impacta directo en el poder adquisitivo y en la composición de la canasta alimentaria de millones de hogares. Según iProfesional, el precio de la carne vacuna subió 75% en el último año (interanual), muy por encima del índice general de precios y con efectos visibles en la demanda cotidiana (iProfesional, 21/02/2026).
Qué pasó y por qué persiste
En 2022-2023 la sequía extrema obligó a una liquidación masiva de vientres y terneros. Ese exceso de oferta temporal deprimió precios entonces, pero dejó una ‘máquina de producir’ con menor capacidad. Con la mejora de las pasturas los productores comenzaron a retener hacienda para engordar animales, lo que estira los plazos de faena y reduce la oferta inmediata. El propio economista David Miazzo advirtió que la recuperación del rodeo demandará entre dos y tres años (iProfesional, 21/02/2026).
A ese factor interno se suma una presión externa: mercados como Estados Unidos se convirtieron en demandantes netos de proteína argentina, elevando precios internacionales y limitando la capacidad local de bajar valores sin sacrificar ingresos por exportaciones (iProfesional, 21/02/2026). En suma, los determinantes son estructurales y de mediano plazo: stock de ganado, ciclo biológico y precio internacional.
Cómo se está traduciendo en los hogares
El consumidor responde sustituyendo cortes bovinos por proteínas más baratas. Los datos de 2025 muestran un consumo total de carnes de 116,5 kilos per cápita; la carne vacuna se mantiene en torno a 50 kilos anuales, mientras el pollo alcanza 47,7 kilos y el cerdo 18,9 kilos (iProfesional, 2025). Esta redistribución no es neutra socialmente: las familias de menores ingresos recortan consumo de cortes tradicionales primero, pero también enfrentan mayor presión sobre el presupuesto destinado a alimentos.
Incorporando una mirada de género: en general las mujeres suelen asumir la gestión del gasto doméstico y las decisiones sobre dieta familiar, por lo que los aumentos de alimentos básicos tienden a agravar desigualdades en el trabajo de cuidado y la seguridad alimentaria en los hogares. No contamos con una desagregación sexo-específica de estos datos en la nota citada, pero la evidencia internacional sugiere esta vulnerabilidad diferencial.
Quién gana y quién pierde
Ganan, en el corto plazo, los exportadores y los productores que pueden acceder a mejores lotes para faena o redes de comercialización externas. Pierden los asalariados, jubilados y hogares con ingresos fijos que ven erosionado su poder de compra. Además, la sustitución hacia proteínas aviares y porcinas reduce demanda interna de cortes premium, afectando a eslabones de la cadena vacuna que requieren volúmenes estables para sostener empleo en feedlots, remates y plantas frigoríficas.
Qué políticas convienen ahora
Primero, proteger ingresos: ante un choque de alimentos que es en parte estructural, la consolidación de salarios reales y la expansión de transferencias focalizadas son prioridades para sostener demanda y evitar que la caída del consumo agrave la recesión del empleo. Esta línea es coherente con nuestra posición de defender la protección del poder adquisitivo y la formalización laboral.
Segundo, apoyar la recomposición del rodeo con medidas que no disuadan la producción: crédito diferenciado para recría y alimentación, programas de sanidad y genética, y asistencia técnica que aumente productividad por animal. Al mismo tiempo, conviene evitar medidas de control de precios que provoquen desabastecimiento o desalienten la inversión.
Tercero, financiar estas políticas con mecanismos de redistribución sobre la renta extraordinaria del proceso: capturar parte de la renta exportadora (retenciones dirigidas o impuestos temporales) y destinarlas a programas de transferencias y apoyo productivo puede ser una alternativa razonable en un contexto de escasez, siempre que se implemente con reglas claras.
Mirada a mediano plazo
La carne cara es síntoma de una vulnerabilidad productiva: stock diezmado, baja integración de cadenas y dependencia de vaivenes climáticos. La solución no es bajar salarios ni ajustar transferencias, sino invertir en capacidad productiva, infraestructura de agregado de valor y políticas sanitarias que reduzcan el tiempo y el costo de recomponer el rodeo.
Vemos que la agenda debe combinar protección del ingreso con políticas activas para la producción: consolidar salarios, proteger el poder adquisitivo y apoyar la recomposición ganadera es la receta que permite sostener demanda y recuperar oferta sin reproducir desigualdad.
Fuentes: iProfesional, 21/02/2026 (nota sobre precios y declaraciones de David Miazzo); datos de consumo de carnes, 2025, citados en iProfesional (2026).