La morosidad de los hogares alcanzó 11,2% en febrero según el Informe sobre Bancos del BCRA, el nivel más alto en dos décadas, mientras que la mora agregada del crédito al sector privado fue de 6,7% en ese mismo mes. Esta cifra resume una realidad concreta: millones de familias con tarjetas, préstamos personales y financiamiento de billeteras virtuales no pudieron seguir pagando sus cuotas tras el ajuste de tarifas y alquileres.

¿Qué mide este pico y por qué importa?

La cifra de 11,2% del informe del BCRA no es un número abstracto; refleja el deterioro del crédito al consumo —préstamos personales y saldos de tarjeta— que sostienen gastos cotidianos como el colegio o el supermercado. El informe muestra una brecha marcada: la mora de empresas es 2,9% frente al 11,2% de los hogares, y la cartera irregular empresarial pasó de 0,8% en febrero de 2025 a 2,9% ahora, según el mismo reporte. Además, el peso del crédito formal es estructuralmente bajo: el stock de crédito al sector privado equivale al 13,6% del PIB en Argentina, cuando el promedio de América Latina ronda el 45% según datos citados por el BCRA. Esa fragilidad estructural condiciona todo: cuando se rompen las reglas de juego, el impacto sobre el acceso futuro al crédito puede ser duradero.

¿Por qué las soluciones legislativas pueden ser una trampa?

En el Congreso circulan proyectos que proponen congelamientos de pagos, quitas obligatorias y topes a tasas. Estas iniciativas prometen alivio rápido, pero el mercado reacciona por anticipado: los bancos deciden hoy en función de lo que podría regularse mañana. La segunda mitad de 2025 mostró una fuerte volatilidad de tasas y, según EcoViews, el spread entre tasas activas y pasivas llegó a superar el 250%. En ese contexto, imponer restricciones legales sin contrapartidas puede empujar a las entidades a endurecer requisitos, reducir oferta o encarecer nuevos créditos para compensar riesgos. Además, si los depositantes perciben mayor riesgo regulatorio, los depósitos podrían caer y disminuir la ‘materia prima’ del crédito. Con un crédito/PIB ya bajo (13,6%, BCRA), cualquier reducción adicional de la oferta profundiza la exclusión financiera y empuja a hogares a canales informales y más caros.

Cómo combinar alivio temporal y no cerrar el crédito

No es ético ni eficaz elegir entre aliviar a las familias o preservar al sistema financiero: hace falta lo uno y lo otro, combinados. A corto plazo proponemos medidas focalizadas que no socialicen pérdidas arbitrariamente. Por ejemplo: programas de garantía parcial para reestructuraciones de deuda orientadas a hogares con ingresos verificados; incentivos fiscales temporales para bancos que otorguen refinanciaciones a plazos más largos; y facilidades para ampliar líneas de microcrédito a tasas reguladas. En lo fiscal y financiero, rechazamos financiar la estabilización con recortes a jubilaciones o salarios; en cambio, proponemos uso focalizado del Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS) para avalar reestructuraciones y un reempadronamiento de transferencias para proteger empleo y consumo sin afectar la inversión productiva. Estas herramientas buscan mantener el crédito formal y evitar que el alivio coyuntural genere costos permanentes.

La educación financiera no es un parche, es política pública

Más allá de medidas de corto plazo, la raíz del problema es estructural: cuando el crédito es hábito institucionalizado y no emergencia, las familias toman decisiones mejores. Gustavo Neffa y otros especialistas señalan que entender tasa de interés, costo financiero total y capacidad de pago reduce el riesgo de sobreendeudamiento. En un marco de estabilidad de tasas y liquidez acorde al tamaño del mercado —dos condiciones que el BCRA puede contribuir a asegurar— la planificación familiar y la oferta bancaria van en línea. Por eso proponemos combinar reestructuraciones con campañas de educación financiera dirigidas a los hogares de menores ingresos y trabajadores informales. Construir ese hábito lleva tiempo, pero es la única forma de que el crédito deje de ser un riesgo y vuelva a ser una herramienta de mejora de la calidad de vida.