El primer bimestre de 2026 mostró un crecimiento técnico del 0,2% en el Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE), según el INDEC. Vemos que enero anotó un alza interanual de 1,9% y una variación mensual de +0,4%, mientras que febrero peoró con una caída interanual de 2,1% y un avance mensual de apenas +0,1% (INDEC). Ese conjunto de números define lo que ya se viene llamando una «economía K»: una pata que sube fuerte por sectores externalizados y otra que cae porque depende del mercado interno. El dato central es claro: la economía no está en recesión técnica por ahora, pero la recuperación es extremadamente desigual y con riesgos altos para el empleo y la distribución.

¿Qué muestran los números y quiénes ganan?

Según el propio informe del EMAE publicado por el INDEC, la pata ascendente de la K está liderada por el agro, la minería y la energía y la intermediación financiera. El agro muestra un efecto rebote tras la sequía de 2023 y se beneficia de campañas favorables; el informe menciona además un dinamismo notable en minería y litio. En la cuenta externa, marzo presentó un superávit comercial por encima de US$ 2.500 millones, según datos oficiales citados por el informe, y las importaciones para consumo final cayeron casi 5% en el primer trimestre versus igual período de 2025 (INDEC). La intermediación financiera, que sufrió en 2025, registró señales de recuperación al inicio de 2026 según el análisis sectorial, lo que refleja menores tensiones monetarias y una reconfiguración del negocio bancario.

¿Qué sectores pierden y por qué?

Los perdedores son, en su mayoría, aquellos anclados al mercado interno. La industria manufacturera mostró caídas interanuales de 2,6% en enero y 8,7% en febrero (INDEC). Comercio mayorista y minorista cayó 3,2% interanual en enero y 1,2% en febrero (INDEC). En construcción, pese a un leve crecimiento mensual en febrero, el despacho de cemento cayó en promedio 11,6% interanual y otros insumos retrocedieron 1,6% (INDEC). Las causas combinadas son claras: pérdida de poder adquisitivo familiar, altos niveles de endeudamiento, caída del crédito al consumo y una mayor apertura importadora en bienes que compiten con la industria local. Además, el aumento de tarifas y costos dolarizados elevan la presión sobre márgenes industriales. Vemos que, técnica y socialmente, los sectores que bajan son intensivos en empleo y vulnerables a cierres y despidos.

¿Qué políticas hacen falta para que la K deje de empobrecer?

Si el diagnóstico es que los ganadores externos no generan empleo suficiente, la respuesta tiene que ser política y no solo estadística. Apoyamos medidas públicas focalizadas para preservar empleo —alivios fiscales temporales, líneas de crédito productivo y apoyo a la demanda interna— siempre con transparencia y sin financiarse mediante recortes a jubilaciones o salarios. También es necesaria una gestión cambiaria que mejore competitividad real sin licuar ingresos sociales; y una política industrial que combine crédito a tasas reales, incentivos a la inversión en sustitución competitiva y regulación inteligente frente a importaciones que destruyen capacidad instalada. Vemos urgente reforzar transferencias focalizadas a la infancia y sostener el salario como demanda agregada, porque sin poder de compra no hay mercado interno que sostenga industrias y comercios. Sin estas correcciones, el crecimiento seguirá siendo K: exportaciones fuertes y empleo doméstico en retirada.