La economía argentina registró en febrero una caída mensual del 2,6% del EMAE, la peor desde diciembre de 2023, según informó el INDEC. En términos interanuales la actividad retrocedió 2,1% —la peor marca desde septiembre de 2024— y la producción agregada sólo quedó 3,4% por encima del promedio 2012-2015 mientras la población creció 11%, lo que, según la Gerencia de Estudios Económicos del Banco Provincia, implica una caída del PBI per cápita de casi 6% en la última década. Estos números no son abstracciones: hablan de menos horas de trabajo, plantas paradas y hogares con menos ingresos para consumir.

¿Por qué se hundió la actividad en febrero?

La contracción mensual respondió, sobre todo, a la fuerte caída de sectores ligados a la demanda interna. Según el INDEC, la industria manufacturera cayó 8,7% y el comercio 7,0% en febrero; ambas fueron las mayores incidencias negativas. La cosecha histórica de trigo, que explicaba saltos de dos dígitos en meses previos, ya no aporta al comparador anual, un factor que, como señaló la consultora Outlier, empuja la lectura a la baja. En sentido opuesto, energía y minería subieron 9,9%, el agro 8,4% y la intermediación financiera 6% (INDEC), lo que muestra la heterogeneidad sectorial constatada por Balanz Research: exportaciones y energía están compensando parcialmente la debilidad del mercado interno. Otra señal preocupante es que la industria utilizó apenas 54,1% de su capacidad instalada en el primer bimestre, el nivel más bajo desde 2002 (INDEC), y la financiación vía crédito, que ayudó en el primer semestre de 2025, se estancó luego, según consultoras como Equilibra.

¿Cómo impacta esto en el mercado argentino?

La lectura inmediata desde nuestras lentes es laboral: menos producción suele traducirse en pérdida de empleo y degradación de la calidad del trabajo. Con la industria golpeada —sectores como insumos para la construcción y vehículos mostraron caídas de 11,8% y 7,3% respectivamente en febrero (INDEC)— se ponen en riesgo puestos formales de mayor productividad y salarios mejor remunerados. Al mismo tiempo, la caída del PBI per cápita de casi 6% en diez años (Banco Provincia) muestra que el estancamiento no es coyuntural sino estructuralmente regresivo. La insuficiente demanda interna y la competencia de importados, que empresarios industriales destacan en la Encuesta de Tendencia de Negocios del INDEC, agravan la situación. Para las mujeres, que concentran más trabajo en ramas de servicios y en empleos informales, la contracción puede traducirse en mayor precariedad y mayor carga de tareas no remuneradas en los hogares.

¿Qué debería hacer el Gobierno ahora?

La respuesta política debe priorizar empleo y demanda sin hipotecar la equidad. No es momento de ajustes que recorten jubilaciones o salarios: apoyamos alivios fiscales focalizados y temporales que protejan empleo y consumo, con transparencia y rendición de cuentas. En concreto, proponemos: 1) créditos blandos y dirigidos a líneas intensivas en empleo (industria de capital nacional, insumos para la construcción), 2) programas de mantenimiento de empleo anclados a capacitación y reconversión productiva, 3) controles temporales sobre importaciones que afecten ramas sensibles mientras se mejora la competitividad productiva, y 4) administración cambiaria que evite licuar salarios pero permita mejorar la capacidad exportadora. El Gobierno insiste en que el indicador tendencia-ciclo subió 0,1% mensual y atribuye parte de la caída a dos días hábiles menos y a un paro general (declaraciones del ministro Luis Caputo), pero esos matices no eximen a la política de actuar: la economía está mostrando señales de fragilidad que, de no corregirse con medidas pro-empleo, reducirán la demanda agregada y dañarán la recuperación potencial. Monitorear la actividad será clave por su efecto sobre bonos soberanos y la política fiscal de cara a 2027.

Al cierre, los números son claros: una retracción de 2,6% mensual (INDEC) y sectores industriales en caída requieren respuestas que prioricen trabajo y demanda. La política económica no puede limitarse a esperar un rebote técnico; debe combinar alivios temporarios, crédito productivo y políticas industriales de mediano plazo para evitar que la crisis coyuntural se convierta en pérdida permanente de capacidad productiva y empleo.