La inflación de febrero llegó al 2,9% mensual, según el INDEC, y cortó la expectativa oficial de que el índice caería respecto a enero. Ese 2,9% mensual supera en 0,5 puntos a febrero de 2025 y deja un acumulado de 5,9% en los primeros dos meses del año, datos que muestran que el proceso de desinflación se estancó en la práctica (INDEC).
¿Qué pasó en febrero y por qué importa?
Vemos que no fue un problema acotado a precios regulados: la inflación núcleo —que excluye estacionales y regulados— avanzó 3,1% mensual en febrero, dos décimas por encima del índice general, según el INDEC. Los alimentos jugaron un rol central: Alimentos y bebidas no alcohólicas subieron 3,3% mensual, con cortes de carne entre 5,7% y 8,1% y pollo en 10,1% (INDEC). Además, la variación interanual llegó al 33,1% (INDEC), una referencia clave para salarios y contratos. El impacto en el poder adquisitivo y las expectativas es inmediato: cuando la núcleo acelera claramente por encima del promedio, la expectativa de inflación futura se reacomoda al alza, dificultando anclar salarios y contratos. Por eso el dato importa más que un bache estadístico: es una señal de inercia.
¿Por qué la inflación no cede? Mecánica y culpas reales
Observamos tres elementos que explican la persistencia. Primero, ajustes de tarifas y combustibles: Vivienda, agua, electricidad, gas y combustibles subieron 6,8% en febrero (INDEC) y las naftas aumentaron un 7% promedio en los primeros diez días de marzo, según iProfesional, presionando índices sensibles. Segundo, la difusión de subas en alimentos y servicios con peso en la demanda cotidiana (restaurantes +3,0%, bienes y servicios varios +3,3%, INDEC) genera inercia. Tercero, el entorno externo —alzas del petróleo por la guerra en Medio Oriente— añade presión sobre precios administrados y sobre la cuenta externa. El ministro argumenta que el equilibrio fiscal y el control monetario permitirán converger; es cierto que el saldo fiscal importa, pero no basta si la inflación núcleo ya viene con inercia y si los precios relativos siguen ajustándose.
¿Cómo impacta esto en el mercado argentino?
La combinación de inflación pegajosa y ajustes de precios relativos genera riesgo cambiario y volatilidad de activos locales. Si la inflación sigue en torno a 3% mensual, la tasa real positiva se reduce y el atractivo de activos en pesos cae, lo que puede ampliar la brecha cambiaria y presionar reservas. Algunas consultoras como Equilibra y Eco Go estiman que marzo estará por encima del 3% (declaraciones a iProfesional), y LCG proyecta niveles cercanos a 2,5–3% para meses próximos, manteniendo un piso alto. Vemos que los mercados institucionales reaccionan a la evidencia de inercia; esto exige claridad sobre financiamiento y política monetaria. En línea con nuestra postura reciente, respaldamos la acumulación de reservas del BCRA solo si es totalmente transparente y no constituye financiamiento encubierto del Tesoro, porque sin esa claridad el intento de anclar expectativas puede volverse contraproducente.
Mirada hacia adelante: riesgos y recomendaciones
La hoja de ruta oficial depende de tres condiciones que hoy están en duda. Primera, control monetario estricto y tasas reales positivas sostenidas; sin ello la inflación núcleo seguirá alimentando expectativas. Segunda, disciplina fiscal verificable: el Gobierno debe mostrar cierres nominales y financiamiento privado o por mercado, no atajos vía BCRA. Tercera, transparencia en compras de divisas y gestión de reservas: acumulación legítima mejora credibilidad, acumulación opaca genera sospechas de financiamiento encubierto. Desde la historia argentina sabemos que los controles cambiarios y los atajos terminan ampliando la brecha y dañando la confianza. Por eso recomendamos priorizar tasas reales compatibles con la desinflación, frenar los ajustes discrecionales de precios que trasladen incertidumbre y publicar con frecuencia los detalles de compras de reservas y emisiones, para que los mercados puedan recalibrar expectativas sin sorpresas.