El cierre sostenido o la apertura condicionada del Estrecho de Ormuz puede poner en riesgo el paso de decenas de millones de barriles diarios —según la EIA, en 2019 transitaban alrededor de 21 millones de barriles por día por ese estrecho— y, por ende, generar presión al alza sobre los precios internacionales del petróleo (EIA, 2019).

¿Qué está en juego en el Estrecho de Ormuz?

Vemos que la capacidad de Irán de amenazar el tránsito marítimo cambió el equilibrio regional y global. El dato relevante es que China importa más de 11 millones de barriles diarios de petróleo y, según la nota de News del 5/6/2026, adquiría aproximadamente una cuarta parte (≈25%) de su gas natural licuado en Qatar —un proveedor afectado por daños a infraestructura y hostilidades—. Ese entramado explica por qué Washington intenta gestionar alianzas con Beijing y por qué Rusia aparece como beneficiario indirecto: mayores precios del crudo elevan los ingresos de Moscú, que a su vez puede financiar operaciones geopolíticas (News, 5/6/2026). En términos prácticos, la credibilidad de la amenaza iraní no necesita grandes ataques: drones baratos y selectivos son suficientes para aumentar el riesgo percibido y encarecer el seguro y el flete de los petroleros.

¿Cómo impacta esto en el mercado argentino?

La exposición de la economía local no es directa por volumen de petróleo, sino por precio de importación de energéticos y de insumos intermedios. Subidas sostenidas del Brent elevan la factura de combustibles, presión sobre el tipo de cambio y el costo de fertilizantes y plásticos —insumos centrales para la actividad agrícola e industrial argentina. Esa combinación puede agravar la inflación y estrechar márgenes de exportadores y productores locales. Además, la incertidumbre internacional tiende a endurecer la prima de riesgo y a encarecer el crédito externo, lo que complica financiar importaciones indispensables. Por eso, vemos que la variable relevante para los argentinos es la capacidad de la economía para absorber shocks: reservas líquidas, acceso a créditos en condiciones estables y márgenes fiscales que permitan amortiguar subas temporales de precios sin recurrir a emisión desordenada.

¿Qué dirían los mercados y cómo reaccionarían?

Los inversores institucionales prestarán atención a dos señales: la política fiscal y la independencia del banco central. Si la respuesta argentina al shock global es acumular reservas mediante instrumentos opacos o financiar al Tesoro vía canales estrechos, los mercados lo leerán como un aumento del riesgo fiscal y cambiario. Por el contrario, una estrategia transparente —uso claro de reservas, líneas de crédito internacionales con condiciones públicas y disciplina fiscal— reduce la prima por riesgo. En escenarios de tensión en el Golfo, los activos argentinos suelen depreciarse y la brecha cambiaria se amplía, porque se anticipa mayor demanda de dólares. Vemos que la receta para minimizar daños es combinar herramientas macroprudenciales con señales de credibilidad: metas fiscales plausibles, autonomía real del BCRA y comunicación consistente.

Qué debería hacer Argentina ahora

No hay almuerzos gratis. Recomendamos acumular liquidez y contemplar coberturas contra subas de commodities estratégicos, pero con reglas claras. Apoyamos la acumulación de reservas y la normalización del acceso al crédito solo si son transparentes, no constituyen financiamiento encubierto del Tesoro y vienen acompañadas de anclas fiscales y de independencia real del BCRA, como ya expresamos en posiciones previas. En la práctica: priorizar líneas de swap o préstamos contingentes con plazos y costos explícitos; usar mecanismos de estabilización de precios de fertilizantes temporales dirigidos a productores (con focalización y vencimiento definido); y evitar controles de cambio que terminen generando brecha y desincentivando exportaciones. Esa combinación reduce la probabilidad de que un shock en Ormuz se convierta en una crisis doméstica prolongada.