El Brent perforó la barrera de los US$100 y se ubicó en US$101 por barril el 13 de abril de 2026, mientras que Vaca Muerta consolidó una producción de 600.000 barriles diarios, según la información publicada. Esta combinación potencia el ingreso de dólares al país, pero plantea un conflicto claro: cómo convertir ese flujo en reservas útiles para el Banco Central sin importar la estabilidad de precios internos.
¿Cómo impacta esto en el mercado argentino?
Vemos un efecto dual y rápido: por un lado, más divisas disponibles aumentan la capacidad del BCRA para recomponer reservas; por otro, el precio internacional del crudo presiona los costos logísticos y de combustibles que luego se trasladan a alimentos y transporte. La nota cita que la meta de inflación de abril proyectada por la consultora FMyA era 2,4% antes del salto del crudo, y que las mesas de la City estiman un impacto de alrededor de 0,2 puntos porcentuales por cada alza significativa del petróleo (FMyA; Yahoo Finance). Además, el artículo advierte que si la brecha entre precio de exportación y precio doméstico supera el 15%, las refinadoras priorizan la exportación —esto implica riesgo de menor oferta local y presión sobre el surtidor si el Gobierno posterga ajustes (nota original). Al mismo tiempo, la economía tiene vulnerabilidades estructurales: la informalidad laboral alcanzó 43% a fines de 2025, según el informe citado, lo que reduce la capacidad de hogares para absorber aumentos de precios.
¿Qué puede hacer el Gobierno y el BCRA?
Observamos tres reglas simples: primero, convertir el viento de cola exportador en reservas requiere transparencia. Respaldamos la acumulación de reservas del BCRA solo si no es financiamiento encubierto del Tesoro y si se comunica claramente el origen y la destinación de esos dólares, coherente con posiciones previas. Segundo, la política de precios de combustibles debe buscar sintonía fina: evitar demoras que quiebren márgenes de refinación (lo que incentiva exportaciones) y, al mismo tiempo, no usar subsidios generales que importen inflación, como advierte el Wall Street Journal sobre riesgos de “importar” la inflación energética. Tercero, la corrección impositiva y fiscal: si los mayores ingresos energéticos ayudan a reducir déficit primario o a extender plazos de deuda, mejoran la sostenibilidad y anclan expectativas. No es aconsejable sacrificar actividad como única herramienta de desinflación; hacen falta anclas fiscales y extensión de plazos, no recesión forzada.
Riesgos a mediano plazo y conclusión
El principal riesgo es el trade-off mal administrado: reservar dólares hoy a costa de atrasar precios internos puede ahorrar inflación trimestralmente, pero mina inversión en refinación y aumenta la probabilidad de desabastecimiento o de fuga de productos al exterior cuando la export parity sea lucrativa. Además, la transmisión inflacionaria vía logística —por ejemplo, un salto sostenido del gasoil— se replica en alimentos, con efectos regresivos sobre hogares informales (43% informales, según el informe). Para minimizar estos riesgos proponemos tres medidas operativas: 1) publicar flujos y destino de divisas energéticas para que la acumulación de reservas sea verificable; 2) permitir ajustes graduales de surtidores complementados con transferencias focalizadas a los más vulnerables; 3) usar los ingresos para reducir el déficit estructural y extender vencimientos, no para financiar gasto corriente sin anclas. En síntesis, Vaca Muerta y un Brent en US$101 son una oportunidad —no una solución automática— y su manejo definirá si esos dólares fortalecen reservas y credibilidad o si terminan alimentando más inflación y distorsiones.