El ministro de Economía, Luis Caputo, prometió que desde agosto la inflación mensual será de 0,9%, pero consultoras privadas estiman que mayo estará por encima del 2%: Eco Go midió entre 2,3% y 2,4%, Equilibra 2,3% y C&T Asesores 2,1%, según la nota publicada por PERFIL. Ese desajuste entre la promesa y los relevamientos del mes pone en evidencia la magnitud del desafío técnico y político que enfrenta el equipo económico.
¿Es plausible la promesa de Caputo?
Vemos tres obstáculos claros para creer que agosto arranque con 0,9% mensual y que la cifra se sostenga hasta diciembre. Primero, la aritmética citada por PERFIL: con una inflación acumulada de 12,3% hasta abril y un mayo en el entorno del 2,1% al 2,4%, junio y julio deberían sumar apenas 2,1% en conjunto para llegar a la meta de agosto, un margen reducido y sin espacio para shocks. Segundo, la inflación núcleo sigue alta: el artículo señala un núcleo del 2,3% y una subyacente que Equilibra ubica en 2,5%, datos que muestran presiones internas persistentes. Tercero, el precio de los combustibles es una variable crítica: el Brent se mueve entre USD 95 y 100 según la nota, y en marzo hubo un ajuste de combustibles del 23% que todavía condiciona decisiones empresarias. En suma, la promesa es técnicamente exigente y depende de factores externos y de política económica difíciles de garantizar.
¿Cómo impacta esto en el mercado argentino?
La brecha entre la promesa y los números observados tiene consecuencias directas sobre el tipo de cambio y la confianza de los inversores. Si los agentes privados perciben que la baja de la inflación se apoya en medidas discrecionales —como contención de combustibles mediante acuerdos empresariales o subsidios temporarios al gas y la electricidad— y no en anclas fiscales y monetarias, aumentará la prima de riesgo y la presión sobre el dólar. El Fondo Monetario Internacional, que proyecta 25% para 2026 según el staff report citado, además recomendó volver a metas de inflación, mientras que el presidente del BCRA afirmó que la independencia ya es un hecho y que no se emite para sostener al Tesoro. Ese choque de señales complica la lectura de los mercados: si la independencia del Banco Central es percibida como condicionada, la tasa real necesaria para anclar expectativas sube y el tipo de cambio termina financiando parte del ajuste. En este contexto, la contención transitoria de precios por vía de acuerdos o subsidios solo compra tiempo si viene acompañada de credibilidad.
Qué condiciones mínimas deberían acompañar la promesa
La experiencia argentina y la recomendación del staff del FMI coinciden en que bajar la inflación de manera sostenible requiere tres elementos simultáneos. Primero, ancla fiscal: una trayectoria de déficit compatible con la financiación del mercado, no con asistencia del BCRA. Segundo, independencia verdadera del Banco Central, con reglas y rendición de cuentas que impidan anuncios como el 28 de diciembre de 2017, cuando la credibilidad de la autoridad monetaria se resintió. Tercero, transparencia en cualquier intervención de precios o en la acumulación de reservas: apoyamos la acumulación de reservas solo si es transparente, no constituye financiamiento encubierto del Tesoro y viene acompañada de anclas fiscales e independencia del BCRA. Sin estas condiciones, la promesa de 0,9% mensual corre el riesgo de convertirse en otro segundo semestre incumplido, con costo en la brecha cambiaria y en la confianza del mercado.
Cierro con una nota práctica: si el Gobierno logra que el núcleo se acerque a 1% mensual y acompaña esa mejora con ajuste fiscal creíble y una política monetaria claramente desvinculada del Tesoro, la promesa tiene alguna chance. Pero hoy los datos de mayo y la presión en precios subyacentes muestran que ese camino es estrecho y exige más que voluntad: exige anclas verificables y transparencia en cada paso, porque en Argentina las promesas sin respaldo técnico terminan pagando los mismos de siempre.