En 2026 el oro recupera protagonismo: los bancos centrales planean adquirir unas 800 toneladas este año —aproximadamente el 26% de la producción minera anual— mientras Bitcoin, que tocó cerca de 125.000 USD en octubre de 2025, acumula una caída cercana al 23% en lo que va de 2026 (según el World Gold Council y reportes de mercado citados en la nota).

¿Por qué los bancos centrales están recurriendo al oro?

Vemos que la lógica oficial es clásica: diversificar riesgos y reducir exposición a activos vinculados a economías con tensiones geopolíticas. Los datos oficiales citados por el World Gold Council señalan compras planificadas por unos 800 toneladas en 2026, lo que representa cerca del 26% de la producción anual (World Gold Council). Instituciones como JPMorgan y Goldman Sachs proyectan escenarios de precio que alimentan esa decisión —JPMorgan apunta a 5.000 USD por onza y Goldman Sachs considera hasta 5.400 USD si se concretan recortes de tasas en Estados Unidos— (según declaraciones publicadas por ambas instituciones). Además, reportes de Yahoo Finance confirman que el oro alcanzó nuevos récords en enero de 2026, reforzando la narrativa del metal como refugio (Yahoo Finance). Para los bancos centrales, el metal físico ofrece estabilidad frente a choques externos; no es gratis: implica costos de almacenamiento y menos liquidez que bonos o divisas, pero la prioridad hoy es reducir riesgos sistémicos.

¿Qué le ocurre al Bitcoin y por qué no es todavía el “oro digital”?

El argumento técnico a favor de Bitcoin —la escasez programada tras el halving de 2024— sigue vigente: la oferta circulante ya superó los 20 millones de unidades (datos de mercado citados en la nota). Sin embargo, la correlación con activos de riesgo y la volatilidad reciente erosionaron su atractivo como protección estable: después del pico cercano a 125.000 USD en octubre de 2025, el activo acumuló una caída cercana al 23% en lo que va de 2026 (reportes de mercado). Los grandes gestores institucionales piden reglas claras: el proyecto de ley en Estados Unidos sobre activos digitales puede cambiar el flujo de capitales hacia las cripto, pero mientras tanto la cautela domina. Además, el mercado institucional valora contrapartes reguladas y liquidez profunda; el oro físico satisface esas necesidades mejor que un activo que aún depende de la infraestructura de exchanges y custodios privados. En suma, la promesa tecnológica no ha igualado todavía la preferencia por la tangibilidad en periodos de tensión.

¿Cómo impacta esto en el mercado argentino?

Para Argentina la revalorización del oro y la cautela hacia las cripto traen dos preguntas concretas: ¿puede el BCRA aprovechar esta ventana para mejorar reservas? y ¿a qué costo? Apoyamos la acumulación de reservas del BCRA solo si es transparente y no constituye financiamiento encubierto del Tesoro, postura reforzada por el antecedente de litigios que afectan el acceso al crédito (posiciones previas). Comprar oro físico puede ser una forma de diversificar reservas internacionales frente a riesgos sobre bonos y monedas extranjeras; según el World Gold Council, la demanda oficial por 800 toneladas da piso al precio y explica el interés. Pero debemos recordar que el oro es menos líquido y acarrea costos de almacenamiento y aseguramiento, lo que obliga a reglas claras sobre cuándo, cuánto y con qué contrapartes se opera. Si la estrategia de reservas se ejecuta sin transparencia puede aumentar la desconfianza de inversores y complicar el tipo de cambio, algo que Argentina ya vivió en ciclos previos.

Para cerrar, vemos una oportunidad estratégica: la preferencia actual por el oro puede ayudar a fortalecer un colchón de reservas, pero solo si el BCRA actúa con independencia, reportes públicos y límites firmes frente al Tesoro. Sin esas salvaguardas, cualquier acumulación corre el riesgo de convertirse en un alivio temporal que termine erosionando la confianza y encareciendo el acceso al crédito externo.