El índice de precios al consumidor (IPC) de abril fue 2,6%, mientras que la inflación núcleo marcó 2,3% (según el INDEC). Esta cifra mensual es la más baja luego de diez meses consecutivos de alzas, pero llega sobre una trayectoria que ya acumuló 12,4% en los primeros cuatro meses del año, por encima de la proyección oficial en el Presupuesto 2026 (10,1%). Con esos datos sobre la mesa, la pregunta central no es solo si la inflación bajó, sino cómo se sostiene esa baja sin recortar ingresos que sostienen la demanda interna.

¿Esto marca el inicio de una desinflación sostenida?

La cifra de abril es un dato alentador pero insuficiente para declarar una desinflación consolidada. Por un lado, las consultoras del REM del Banco Central proyectan 2,3% para mayo, 2,1% para junio y 2,0% para julio (de acuerdo al REM del BCRA), lo que implicaría una desaceleración gradual. Por otro lado, Gonzalo Carreras de Equilibra observa que en el último año y medio el nivel general promedió 2,5% y la núcleo 2,6%, lo que sugiere la formación de un nuevo rango inflacionario más alto que el deseable. Además, la desaceleración depende en gran medida del sesgo contractivo del BCRA y del Tesoro, no tanto de una recomposición sostenida de la demanda de pesos, según análisis citados por EcoAnalytics. En ese contexto, afirmar que empieza una desinflación rápida sería apresurado.

¿Qué hay detrás de la desaceleración?

No toda la baja es homogénea: en abril los precios regulados subieron 4,7% y aportaron 1,17 puntos porcentuales a la inflación del mes (según el informe citado). Eso indica que la parte de la canasta sujeta a ajustes administrados sigue empujando el índice y que la caída de la inflación núcleo —que excluye volátiles y regulados— es más modesta. Además, hay señales mixtas desde el frente cambiario y monetario: según economistas consultados, el BCRA ha estado comprando dólares de forma consistente en lo que va del año, lo que para algunos (CISE/Fundación Libertad) ayuda a estabilizar expectativas, mientras que para otros refleja una dependencia de intervenciones que pueden ser vulnerables ante shocks externos. En suma, la desaceleración tiene elementos técnicos —tasas y control de agregados— y elementos administrativos —precios regulados— cuya convivencia define su durabilidad.

¿Cómo impacta esto en salarios, tarifas y empleo?

La pregunta clave para la vida cotidiana es qué harán las políticas con los ingresos de trabajadores y jubilados. Con inflación mensual todavía en torno a 2%–2,6% y una acumulada de 12,4% en cuatro meses (INDEC), cualquier estrategia de ajuste que recorte salarios o jubilaciones profunda y permanentemente pulveriza demanda y empleo, sobre todo en sectores intensivos en mano de obra. Por eso rechazamos financiar la estabilización con recortes a jubilaciones o salarios; esas medidas transfieren renta desde consumo a rentas financieras sin atacar la oferta productiva. En cambio, proponemos reempadronamiento de beneficiarios y el uso focalizado del Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS) para sostener empleo y consumo en sectores estratégicos mientras se diseñan reglas monetarias creíbles.

Cerramos con un punto operativo: la baja de abril abre una ventana para avanzar en reformas que reduzcan la inflación sin destruir mercado interno, pero esa ventana exige políticas con objetivos claros y protección social. Hay que combinar disciplina monetaria con medidas que no asfixien salarios ni jubilaciones, topes temporales y focalización en tarifas y حمایت del empleo mediante recursos públicos ya existentes como el FGS. De lo contrario, una baja circunstancial puede convertirse en una trampa que profundice la recesión y erosione la capacidad productiva a largo plazo.