Comenzamos por los números. Según el INDEC, el PBI creció 0,3% intertrimestral en el tercer trimestre de 2025 frente al periodo anterior. Sin embargo, el Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) mostró contracciones recientes: cayó 0,4% en octubre y 0,3% en noviembre respecto al mes anterior, según el mismo organismo. En cuanto a precios, la inflación mensual fue 2,9% en enero (INDEC), el valor más alto en diez meses y el octavo mes consecutivo en el que la suba mensual no desacelera.

Qué significa técnicamente

Técnicamente todavía no estamos en recesión porque no se cumplen dos trimestres consecutivos de caída del PBI. Pero lo que sí vemos es un estancamiento: crecimiento muy débil medido en términos anuales y series mensuales con caídas. Además, la inflación volvió a acelerarse a fines de 2025 y principios de 2026, rompiendo la senda de moderación que esperaba el Gobierno.

Detrás de los datos: sectores y empleo

Los sectores que más generan empleo —industria, comercio y construcción— muestran signos de debilidad sostenida, y, según especialistas del Observatorio de Estadísticas Regionales, esos sectores concentran más del 35% del PBI y más del 40% de la mano de obra. La tasa de desempleo se ubica en torno al 7% (INDEC), pero la precariedad y la informalidad avanzan, golpeando el salario real.

Inflación: ritmo y detonantes

La inflación mensual pasó de alrededor de 1,5% en mayo de 2025 a 2,9% en enero, según expertos regionales citados por la prensa, lo que muestra una reversión de la baja. Además, la expectativa de nuevos ajustes tarifarios y de los precios regulados presiona la dinámica inflacionaria. En ese contexto, las paritarias y la política de precios tienen mayor capacidad de alimentar expectativas si no se coordinan con una política fiscal creíble.

Riesgo de estanflación y canales macroeconómicos

La estanflación requiere simultaneidad de estancamiento y aceleración inflacionaria. Hoy tenemos estancamiento efectivo y una inflación que no cede; por eso el término empieza a aparecer entre economistas. El riesgo se convierte en realidad si la política económica recurre a financiamiento por parte del Banco Central para cubrir déficit o si las expectativas se desanclan y se traslada a precios y salarios.

Aquí entra nuestra lectura con la lente del tipo de cambio: cualquier pérdida de reservas o relajación de la posición externa trasladará presión sobre el dólar, ampliará la brecha cambiaria y remontará la inflación importada. En contraste, una acumulación ordenada de reservas reduce la vulnerabilidad externa y limita episodios de devaluación brusca.

Qué esperan los mercados y qué debe hacerse

Los mercados miran tres números: reservas, déficit fiscal y tasa real. Una Reserva que crece sin transformarse en crédito al Tesoro mejora la confianza; si no, el mercado lo interpreta como financiamiento encubierto y exige prima de riesgo. Por eso, respaldamos la acumulación de reservas por parte del BCRA, condicionada a que no se convierta en financiación encubierta del Tesoro.

Política recomendable y factible: 1) credibilidad fiscal a través de reducción gradual del déficit y transparencia en la meta de financiamiento; 2) independencia operativa del BCRA, para que las tasas y el manejo de reservas respondan a estabilidad monetaria y no a necesidades de caja; 3) coordinación mínima entre tarifas, paritarias y cuentas públicas para que los ajustes no se vuelquen en un ciclo inflacionario nuevo.

Comparación regional y perspectiva

Mientras exportadores alertan sobre movimientos cambiarios en países vecinos —por ejemplo, señales de apreciación en Uruguay en enero— Argentina enfrenta el desafío opuesto: contener una inflación que vuelve a acelerar sin hipotecar la reserva de confianza externa. Si se logra combinar disciplina fiscal, una política monetaria creíble y acumulación prudente de reservas, la probabilidad de evitar una estanflación profunda sube. Si no, el estancamiento y la inflación podrían reforzarse mutuamente.

Concluimos: aún no hay estanflación declarada por la estadística, pero las señales confluyen hacia riesgos reales. La política económica tiene margen para prevenirlo; el principal costo será la honestidad en el financiamiento del déficit y la resistencia de las autoridades a usar al BCRA como caja. Los mercados —y los salarios reales— juzgarán pronto si esa resistencia es creíble.