Cuando los propios admiten el fracaso
Las declaraciones de Gabriel Rubinstein en Chiche en vivo tienen valor porque vienen de adentro del establishment económico. El exviceministro de Economía de Sergio Massa, que intentó sin éxito eliminar el déficit fiscal en su paso por el Palacio de Hacienda, reconoció lo evidente: “la economía de Javier Milei genera poco empleo”.
No es una opinión ideológica. Es la constatación de un economista ortodoxo ante los datos: el ajuste fiscal más brutal de la historia argentina contemporánea no está generando las condiciones para la recuperación del trabajo genuino. El cierre de Fate la semana pasada, con 900 trabajadores despedidos, y ahora la fábrica de Sancorito y Shimmy en Córdoba con otros 200, no son casos aislados. Son síntomas de un modelo que destruye capacidades productivas.
El déficit fiscal no es todo
Rubinstein celebró que Milei logró “eliminar el déficit fiscal” en un mes, algo que él mismo no pudo hacer cuando fue funcionario. Pero inmediatamente agregó la observación crítica: la economía “no tracciona”. Y ahí está el punto central que venimos sosteniendo desde esta columna: el equilibrio fiscal es condición necesaria pero no suficiente para el desarrollo.
La economía argentina necesita más que cuentas ordenadas. Necesita inversión productiva, crédito accesible, mercado interno funcionando, salarios que permitan consumir. El ajuste de Milei logró lo primero destruyendo lo segundo. Cerrar el déficit licuando jubilaciones, congelando obra pública, destruyendo empleo público y deprimiendo salarios reales no es una hazaña: es una opción política que prioriza una variable (el resultado fiscal) sobre todas las demás.
La comparación con 2001 que incomoda
Lo más interesante de la entrevista fue cuando Rubinstein comparó con la post-crisis 2001. Recordó que en aquellos años, sin medidas proteccionistas pero con “dólar alto”, la industria “recuperó rentabilidad, pudo exportar, generó empleo”. Reconoció que los salarios cayeron inicialmente, pero que el crecimiento del empleo permitió luego recuperación salarial y tasas de crecimiento del 5%, 6% y 7% anual.
La comparación es incómoda para el gobierno actual porque muestra algo que venimos señalando: el tipo de cambio importa, pero no alcanza con que sea alto. En 2002-2007 hubo dólar alto más política industrial activa, crédito subsidiado, expansión del mercado interno, reindustrialización. El dólar alto solo, sin política productiva, genera lo que estamos viendo: competitividad espuria basada en salarios bajos y destrucción de capacidades.
El empleo que no llega
Las cifras oficiales del INDEC muestran que la tasa de desocupación se mantiene en 7,5%, pero esa foto es engañosa. No cuenta a los desalentados que dejaron de buscar trabajo. No refleja la caída de la ocupación registrada, que según datos del Ministerio de Trabajo acumula una baja del 3,2% interanual en los últimos tres meses. No muestra la precarización creciente: monotributistas que antes tenían empleo formal, changas que reemplazan trabajos estables.
Cuando Fate cierra su planta y despide 900 trabajadores, no está haciendo un ajuste coyuntural. Está desmantelando capacidad productiva que tardó décadas en construirse. Esos trabajadores no van a encontrar empleos similares en el mercado actual. Van a engrosar la informalidad, la changas, el cuentapropismo forzado. El mismo patrón se repite con Sancorito y Shimmy: 200 empleos industriales que no van a ser reemplazados por “emprendedurismo” ni “creatividad”.
Lo que el ajuste destruye
Defendemos consolidar salarios y proteger el empleo no por romanticismo sino porque son variables clave del funcionamiento económico. El salario no es solo un costo para el empleador; es demanda agregada para toda la economía. Cuando los salarios caen sistemáticamente, como vienen cayendo desde hace 14 meses según el INDEC, el comercio se deprime, la producción se contrae, el empleo formal cae.
El cierre de estas fábricas muestra además otra dimensión: la destrucción de conocimiento productivo. Un tornero, un operario especializado, un técnico de mantenimiento industrial, llevan años de formación. Cuando se van, se lleva capacidades que no se recuperan fácilmente. La próxima vez que Argentina necesite producir neumáticos o galletitas a escala, va a tener que reconstruir desde cero.
Política productiva o más ajuste
Rubinstein tiene razón en que la economía está estancada. Pero se queda corto en el diagnóstico: no está estancada a pesar del ajuste fiscal, está estancada por el ajuste fiscal sin política productiva. La eliminación del déficit vía motosierra no genera condiciones para la inversión privada porque destruye el mercado interno y genera incertidumbre.
La alternativa no es volver al déficit descontrolado. Es combinar disciplina fiscal con política industrial activa: protección inteligente para sectores estratégicos, crédito subsidiado para inversión productiva, tipo de cambio administrado que no licúe salarios, políticas de ingresos que sostengan demanda. El ejemplo de 2002-2007 que el propio Rubinstein menciona lo muestra: es posible crecer con equilibrio fiscal si hay política deliberada de desarrollo productivo.
Las 1.100 familias que perdieron empleo esta semana en Fate, Sancorito y Shimmy no necesitan que les expliquen teoría económica. Necesitan que alguien entienda que el ajuste sin política productiva no es virtuoso: es destructivo.