El salario mínimo perdió la capacidad de compra de manera abrupta: permitía 33 pizzas en 2015 y ahora alcanza para 12, según el índice pizza del informe “Social Mood” de la consultora Moiguer citado por iProfesional (20/03/2026). Esa cifra resume una década de pérdida de poder adquisitivo que la gente vive en el día a día.
¿Qué dice el índice Pizza y por qué importa?
El índice pizza es una forma palpable de medir cuánto rinde el salario mínimo frente a un bien cotidiano y, en ese sentido, el retroceso de 33 a 12 unidades entre 2015 y 2026 es una señal clara de pérdida real de ingreso (Moiguer, citado por iProfesional, 20/03/2026). Además, la encuesta documenta que la mitad de los hogares declara percibir menos de 1.000 dólares mensuales y que el ingreso promedio individual ronda 680 dólares mensuales (Moiguer, citado por iProfesional); ambos datos están en unidades mensuales. Esta caída del poder de compra reduce la demanda interna y, en la lógica que sostenemos, el salario no es solo un costo sino demanda agregada: licuar salarios para competir vía precio debilita el mercado doméstico y presiona el empleo, sobre todo en sectores intensivos en mano de obra.
¿Cómo impacta esto en el mercado argentino?
El informe registra cambios concretos en la estructura del consumo que ya afectan al circuito comercial: según Moiguer (cit. iProfesional), los supermercados y mayoristas muestran una caída de ventas del 5,2% (el informe no especifica si esa variación es mensual o interanual), mientras que los comercios de cercanía crecen 9% (misma salvedad sobre la base temporal). Al mismo tiempo, las marcas líderes pierden terreno: 83% de los consumidores redujo compras de primeras marcas y 90% incorpora alternativas más económicas (Moiguer, citado por iProfesional). Esa deserción por precio y la apertura a compras desde el exterior —43% consideraría importar aun con impacto en empleo y 30% ya compró en plataformas internacionales— plantean un doble riesgo: erosión de la demanda local y presión sobre puestos de trabajo formales, especialmente en cadenas de valor con baja protección laboral.
¿Qué ajustes hacen las familias y qué efecto tienen en el empleo?
Las estrategias domésticas combinan recortes en lo esencial y gasto selectivo: 61% de los hogares redujo compras básicas, pero 68% destinó plata a bienes no esenciales como indumentaria o tecnología en el último periodo (Moiguer, citado por iProfesional). Esa conducta explica por qué algunos rubros, como los shoppings, muestran repuntes modestos (3,5% según el informe) mientras que el consumo masivo se retrae. Para el empleo esto significa polarización: actividad de baja intensidad salarial y trabajo informal puede absorber parte del ajuste, pero los empleos de calidad en industria y comercio tradicional quedan en riesgo si la pérdida de salario real persiste. Además, estas dinámicas suelen golpear con más fuerza a mujeres y hogares con encargos de cuidado, porque concentran trabajos más precarizados y mayores responsabilidades domésticas, lo que agrava la desigualdad laboral.
¿Qué políticas hacen falta ahora?
La foto del “índice pizza” exige una respuesta que combine protección del ingreso, apoyo a la demanda interna y políticas productivas. Apoyamos la consolidación fiscal que no se financie con recortes previsionales ni salariales y exigimos medidas progresivas para proteger empleo e industria, tal como hemos señalado recientemente. En la práctica eso implica: recomponer el salario mínimo con una fórmula que considere inflación y productividad; ampliar transferencias focalizadas a hogares vulnerables para sostener consumo básico; políticas de incentivo a la producción nacional (créditos condicionales, parques industriales, incentivos a la incorporación tecnológica) y controles para limitar la fuga de capitales que erosiona la capacidad de financiar estas políticas (Moiguer, citado por iProfesional, 20/03/2026). Si no se actúa así, la pérdida de poder adquisitivo seguirá trasladándose a menos demanda, más importaciones y empleos de peor calidad.