La desinflación perdió impulso: los registros mensuales de precios volvieron a ubicarse cerca del 3% mensual en marzo, según la exposición de Guido Sandleris en la Bolsa de Comercio de Córdoba. Este rebote coincide con una revisión al alza de las expectativas de inflación anual, que el mercado ubicaba en 20% y ahora proyecta cerca de 28% a 30% anual, según los análisis citados por Martín Polo y fuentes del mercado. Además, desde Cohen Inversiones se advierte que la inflación ha venido sorprendiendo al alza durante 10 meses consecutivos, lo que cuestiona la idea de shocks aislados.

¿Es un rebote transitorio o un cambio de tendencia?

La pregunta central es si estamos frente a una pausa dentro de un proceso de desinflación o frente a un nuevo piso más alto. Sandleris explicó que la desinflación suele rebotar, comparándola con una pelota que va perdiendo fuerza, lo que sugiere que episodios mensuales cercanos al 3% pueden ser compatibles con una trayectoria descendente más larga, siempre que se sostengan las condiciones macro. Por contraste, Martín Polo y Cohen Inversiones señalan que llevan 10 meses consecutivos de aceleración, lo que para ellos sugiere un problema estructural de expectativas más que choques transitorios. La diferencia importa: si se trata de pausas, la política puede tolerar cierta flexibilidad; si es un cambio de tendencia, se necesitan instrumentos adicionales para anclar las expectativas.

Ambas lecturas coinciden en la variable clave: la credibilidad. Sandleris subraya que la historia inflacionaria argentina ralentiza la convergencia de expectativas, y por eso cada shock puntual —por ejemplo, aumentos en combustibles o alimentos— tiene un efecto amplificado. En este contexto, que el mercado haya movido su proyección anual de 20% a 28-30% es un dato que obliga a recalibrar la estrategia de comunicación y la consistencia entre política fiscal y monetaria.

¿Qué dicen las tasas y el tipo de cambio?

La segunda tensión es la de la nominalidad: el gobierno permitió una baja en los rendimientos en pesos buscando acompañar la actividad, pero ese movimiento despierta alertas. Desde Cohen advierten que las tasas reales ya están en terreno negativo, lo que reduce el incentivo a mantener activos en pesos y puede acelerar la dolarización de carteras si la confianza no mejora. Importante: la baja de tasas no surge por un mercado financiero dinámico sino por una menor demanda de crédito vinculada a la moderación de la actividad, según el análisis citado en la nota.

Al mismo tiempo conviven una inflación relativamente alta y un tipo de cambio contenido, situación que Polo describe como inconsistente y que se traduce en un atraso cambiario. Ese atraso ayuda a anclar precios en el corto plazo pero erosiona la competitividad externa y acumula tensión en reservas. En ese punto es necesario recordar —como hemos señalado en notas previas— que apoyamos la acumulación de reservas del BCRA solo si es transparente y no constituye financiamiento encubierto del Tesoro.

¿Cómo impacta esto en el mercado argentino y en los hogares?

La recuperación de la actividad es real pero heterogénea. Fernando Marengo destaca que el nivel agregado de producción alcanzó máximos históricos en enero, pero que esa mejora se concentra en sectores ligados a recursos naturales y no se traduce en empleo ni en recuperación salarial generalizada. Marengo incluso apunta que en algunas zonas la tasa de desempleo está abajo del 5%, mientras que en otras aumenta, mostrando desigualdad territorial. Para el ciudadano común esto significa que la sensación de estancamiento puede persistir pese a números macro favorables.

La política pública tiene que combinar tres prioridades: anclar expectativas para retomar la desinflación, sostener la recuperación productiva en sectores competitivos y proteger a los sectores más vulnerables. En términos prácticos eso pide transparencia fiscal, independencia operativa del Banco Central y cuidado con los incentivos que envían las tasas nominales. Bajar tasas sin consolidación fiscal ni señales creíbles puede correr el riesgo de frenar la acumulación de reservas genuinas y alimentar dudas sobre la sostenibilidad del programa. Por eso insistimos: cualquier estrategia de reservas del BCRA debe ser clara y excluir financiamiento encubierto del Tesoro, y el camino a una desinflación sostenida pasa por más credibilidad y mejoras de productividad, no por atajos monetarios.