Con la planta de Fate en el centro del debate, vemos lo que ya se sabía en los números: la industria argentina está herida y la polémica sobre si eso obedece a cambios tecnológicos globales o a decisiones de política económica se volvió urgente. La foto relevante no es solo una fábrica que cierra: es un mapa productivo con capacidad ociosa, pérdida de puestos de trabajo y una recomposición del comercio exterior que favorece al consumo barato.
Lo que dicen los datos
La utilización promedio de la capacidad instalada en la industria ronda 53,8% (iProfesional), y en el automotor llega apenas al 31% (iProfesional). Al mismo tiempo, la desocupación oficial fue 6,6% en el tercer trimestre, según INDEC, pero esa cifra oculta transformaciones del empleo: en los últimos dos años se habrían perdido unos 200.000 puestos informales, la mayoría en la actividad industrial (iProfesional). En el frente externo, las exportaciones crecieron 19% en enero y dejaron un superávit cercano a u$s2.000 millones (iProfesional), pero esa lectura positiva choca con la composición: las importaciones de bienes de consumo final ya representan 26% del total importado, el doble respecto de hace un año (iProfesional).
No es solo una discusión de precios
El gobierno sostiene que el dólar administrado y la apertura han ayudado a bajar la inflación minorista —la caída de precios relativos en rubros como indumentaria y electrónica lo ilustran—, y cita que en algunos casos el sobreprecio con la región se redujo. iProfesional señala, por ejemplo, que textiles y prendas tuvieron aumentos de apenas 15% en el último año frente a una inflación anual de 32,4% (iProfesional). También se registró un fuerte aumento de las importaciones “hormiga”: compras online por unos u$s100 millones mensuales en electrónica, volumen que se cuadruplicó el año pasado (iProfesional). Eso aliviana el bolsillo del consumidor pero achica mercado para la producción local.
Quién gana y quién pierde
Ante la elección política que nos propone el debate público, debemos ser claros: la estrategia del precio bajo es redistributiva —reduce el poder de compra real de algunos sectores (exportadores, industriales con costos locales) y beneficia a consumidores hoy—. Desde nuestra perspectiva, el salario no es solo un costo: es demanda agregada. Deprimir salarios o tolerar desempleo estructural para sostener precios competitivos por la vía de apertura es un atajo que hipotecará la demanda en el mediano plazo.
Además, la sustitución de empleo industrial por cuentapropismo y servicios de plataforma cambia la calidad del empleo, su protección social y la trayectoria de ingresos, con implicancias de género y distritales que la discusión actual no está resolviendo.
Qué política necesita Argentina
No hay contradicción entre cuidar precios y proteger la producción, pero sí hay que priorizar cómo se hace. Proponemos: medidas temporales y focalizadas para sostener empleo registrado en plantas en riesgo; incentivos a la modernización productiva y crédito a tasas reales razonables para inversión en bienes de capital; reglas claras y temporales para la apertura que protejan insumos y bienes de capital, no solo consumo final; y un manejo cambiario con señales previsibles para evitar expectativas de devaluación que distorsionen decisiones de stock y comercio.
También reclamamos una mirada fiscal que no sacrifique la protección social: consolidar salarios y sostener el poder adquisitivo es condición para que la demanda local sostenga industrias que pueden ser competitivas si se las acompaña.
Cierre: la alternativa es política
La crisis de Fate es micro y macro a la vez. Si multiplicamos cierres, el diagnóstico deja de ser anecdótico. Proteger el precio al consumidor sin política industrial es transferir costos a trabajadores y al tejido productivo. Podemos y debemos combinar protección social y políticas activas para sostener la producción, la formalidad y el empleo registrado, sin renunciar a la lucha contra la inflación, pero tampoco dejando que la apertura se transforme en desindustrialización por default.