En febrero de 2026 los despachos de yerba mate al mercado interno fueron 19,2 millones de kilos, una caída interanual del 9% y el volumen más bajo para ese mes en cinco años, según datos del Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM). Este retroceso confirma una tendencia que se arrastra desde julio de 2025 y que ya acumula una baja del 7,3% en los últimos ocho meses, siempre según el INYM. Al mismo tiempo, las exportaciones mostraron un impulso: los despachos al exterior crecieron 46,6% interanual en enero de 2026, de acuerdo a los mismos registros.
¿Qué pasó con el consumo de mate?
Vemos que la caída de 9% interanual en febrero no es un episodio aislado; refleja la pérdida de poder de compra de los hogares y un ajuste de hábitos de consumo. Según el INYM, el desplazamiento hacia envases más pequeños y marcas de menor precio está generalizado, lo que indica una elevada elasticidad-precio entre consumidores que antes eran leales a primeras marcas. La cifra de 19,2 millones de kilos (INYM) contrasta con los niveles de los años anteriores y sitúa al segundo mes del año en su peor registro en cinco años, lo que implica menor demanda agregada para una cadena que emplea mano de obra en plantación, cosecha y secado. Esta reducción en el consumo interno también tiene efectos multiplicadores sobre pequeñas economías regionales, donde la yerba es un artículo básico del gasto familiar.
¿Cómo afecta esto a productores y empleo?
La dinámica dual —consumo interno en retracción y exportaciones en expansión— no neutraliza el problema de fondo: los productores primarios siguen perdiendo rentabilidad. Coninagro ha señalado que el precio que perciben por la hoja verde está por debajo de los costos de producción, y que los aumentos en insumos logísticos como el gasoil presionan aún más la estructura de costos (fuente: Coninagro). Esto pone en riesgo la continuidad de la zafra y el empleo rural en Misiones y Corrientes, donde miles de familias dependen de la cosecha. Además, la migración del consumo a perfiles más baratos en góndola tiende a presionar márgenes en las industrias locales, potencialmente llevando a una recomposición del empleo hacia tareas menos calificadas o a reducción de jornadas. En un país donde el salario real determina la demanda, una caída sostenida del consumo de un bien cotidiano significa menos trabajo y peor calidad laboral en la cadena.
¿Qué políticas pueden sostener la producción y el consumo?
No vemos solución en recortes a jubilaciones o a salarios para financiar estabilización; esas medidas licuarían demanda y profundizarían la caída del consumo de bienes básicos como la yerba. Proponemos dos líneas concretas: primero, reempadronamiento de programas sociales y de apoyo a economías regionales para direccionar subsidios y transferencias hacia hogares y productores vulnerables; segundo, uso focalizado del Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS) para otorgar créditos de capital de trabajo a cooperativas y pequeños productores, y subsidios temporales a insumos críticos como el transporte de carga. Estas medidas, además de sostener ingresos, evitan que la recuperación de la producción dependa solo de la exportación, que puede beneficiar desigualmente a grandes empresas.
Complementariamente, es necesario instrumentar precios de referencia y esquemas de compensación por costos variables (por ejemplo, combustibles agrícolas) para evitar que la zafra se vuelva inviable. La intervención pública debe orientarse a preservar empleo y cadena productiva, no a transferir carga fiscal a jubilados o trabajadores. Con medidas focalizadas y temporarias podemos detener la caída del consumo interno, asegurar la rentabilidad mínima a productores y sostener el tejido social de las provincias yerbateras.