Marengo sostiene que la inflación puede perforar 2% mensual y acercarse al 1,5% mensual en el segundo semestre de 2026, tras un pico de marzo ubicado en 3,4% mensual (según Fernando Marengo, economista jefe de BlackToro, exposición ante el Comité de Inversiones de la ALyC SyC Inversiones, 29/4/2026). Esa afirmación resume la esperanza del mercado: más desinflación en 2026. Nosotros vemos esa expectativa con cautela: bajar de niveles bajos a un dígito obliga a ajustes de rentabilidad empresaria que tienen costos sociales y productivos.

¿De verdad podemos esperar 1,5% mensual en el segundo semestre?

La proyección de Marengo parte de una lógica realista sobre el calendario y la política: tras el 3,4% mensual de marzo (según Marengo, 29/4/2026) la curva puede moderarse si no hay choques de precios regulados ni saltos cambiarios. Pero la experiencia muestra que la última etapa de la desinflación es la más dura. Marengo lo sintetiza: es mucho más difícil bajar la inflación del 30% a un dígito que del 200% al 30% (comentario en la misma exposición). Eso implica que las ganancias que antes provenían de licuaciones y operaciones financieras se reducen y la competitividad deberá venir por productividad. En suma, la cifra de 1,5% mensual es plausible en un escenario benigno, pero depende de que no vuelva a aparecer presión de precios regulados, ni una devaluación abrupta ni un relajamiento fiscal.

¿Cómo impacta esto en la industria y el empleo?

Marengo describe una economía extremadamente heterogénea: agricultura, minería, energía y hotelería en niveles récord, mientras industria y construcción siguen rezagadas. Nos preocupa que la desinflación redistribuya renta de trabajadores y pequeñas empresas a favore de sectores con capacidad de capturar rentas. En Córdoba, 44% de las industrias muestra números negativos en su actividad (según Marengo, 29/4/2026). Eso tiene efecto directo sobre el empleo formal y la calidad del trabajo: la industria genera más empleo de calidad que la agricultura extensiva, y su estancamiento augura pérdida de puestos o precarización. Si la política solo apunta a bajar inflación sin instrumentos sectoriales, vamos a ver una recuperación desigual y con costo social.

Crédito, rentabilidad y la trampa de las tasas altas

Uno de los nodos centrales que menciona Marengo es el crédito. Define la política monetaria como ‘fuertemente contractiva’ y afirma que las tasas reales se ubican entre 4% y 6% mensual por encima de la inflación (según Marengo, 29/4/2026). Esos niveles no solo encarecen la inversión, sino que obligan a empresas que necesitan financiar capital de trabajo a recortar actividad o empleo. Además, cuando las rentabilidades financieras desaparecen —por menor brecha cambiaria y menor inflación— las empresas rentables serán las productivas, no las especulativas. Nosotros observamos que sin crédito barato y dirigido, la desinflación puede convertirse en una purga productiva: empresas viables cierran o se reconvierten malamente.

Qué políticas necesitamos —más allá del pronóstico optimista

La buena noticia de Marengo —posible 1,5% mensual— no es una receta en sí misma. Nosotros apoyamos medidas focalizadas y temporales para proteger salarios y consumo: topes temporales y focalizados a aumentos tarifarios, manteniendo la tarifa social y sin recortar jubilaciones. Esas medidas sostienen la demanda agregada mientras se completa la desinflación. Al mismo tiempo hacen falta tres prioridades: 1) créditos subsidiados y dirigidos a inversiones productivas para industria y construcción; 2) políticas de captura progresiva de rentas extraordinarias (cuando existan) para financiar transición productiva; 3) transparencia fiscal y metas claras que eviten sorpresa regulatoria para las empresas que invierten en producción. Sin estas medidas, la baja de inflación corre el riesgo de ser técnicamente exitosa pero socialmente costosa. La única salida sostenible para reducir pobreza, como dijo Marengo, es crecer; para crecer, la desinflación debe combinarse con políticas activas de empleo y producción.