La revolución de la inteligencia artificial está complicando la desinflación que la Reserva Federal esperaba: el mercado descuenta más inflación y tasas más altas por más tiempo, y la llamada tasa real a cinco años dentro de cinco sugiere que la tasa neutral podría quedar aproximadamente 2 puntos porcentuales por encima de la inflación a mediano plazo (según la nota proporcionada). La tasa de política de la Fed ronda 3,6% en la referencia citada, lo que sitúa a la autoridad con menos margen para recortar sin arriesgar presiones inflacionarias adicionales (según la nota).

¿Qué está pasando en la Fed y por qué importa?

Vemos una tensión entre dos narrativas: por un lado, el futuro productivo que promete la IA; por otro, el impacto inflacionario inmediato de la inversión y los shocks de oferta. En la nota se señala que el IPC de EE.UU. subió 3,8% interanual en abril, el mayor aumento anual desde 2023 (según la nota). Al mismo tiempo, rendimientos de bonos a 30 años alcanzaron niveles no vistos en casi dos décadas (según la nota), y la tasa de política está alrededor de 3,6% (según la nota). Además, la Fed de Dallas estimó que la avalancha de emisiones vinculadas a la IA equivaldría a un aumento superior al 10% en la oferta de bonos del Tesoro de largo plazo (según la nota). Esos tres datos —IPC 3,8% interanual, tasa de política ~3,6% y mayor oferta de bonos— explican por qué la Fed tendrá menos incentivos a recortar en el corto plazo.

¿La IA es inflacionaria o desinflacionaria?

No hay consenso y la evidencia temprana muestra efectos mixtos. Por el lado inflacionario, la inversión masiva en centros de datos y hardware es real: cuatro de las mayores tecnológicas planean gastar más de US$700.000 millones este año en infraestructura relacionada con la IA (según la nota). La escasez de semiconductores presiona precios: los analistas citados señalan que los precios de DRAM se multiplicaron por 17 en el último año (según BlackRock, citado en la nota), y los precios de software y equipos informáticos subieron 14% interanual en abril en EE.UU. (según la nota). Por el lado desinflacionario, las ganancias de productividad podrían llegar con el tiempo y moderar costos unitarios, como ocurrió parcialmente en la era puntocom. La clave es el horizonte temporal: inflación al alza hoy por mayor demanda de capital y componentes; posibles caídas de precios a mediano plazo si la productividad se generaliza.

¿Cómo impacta esto en el mercado argentino?

Observamos tres canales de transmisión relevantes para Argentina. Primero, si las tasas de referencia estadounidenses se mantienen altas y los rendimientos de largo plazo suben, el costo de financiamiento global aumenta y empeora el riesgo-país argentino, encareciendo la deuda y presionando el tipo de cambio. Segundo, la mayor oferta de bonos de largo plazo en EE.UU. —estimada por la Fed de Dallas en más del 10%— puede atraer flujos hacia activos en dólares y provocar salidas de capital de mercados emergentes (según la nota). Tercero, la inflación internacional y los precios de los commodities —mencionados en la nota como afectados por conflictos geopolíticos— empujan costos en Argentina y complican las metas internas. Por eso insistimos: el tipo de cambio es el termómetro; una Fed más restrictiva eleva la probabilidad de depreciaciones desordenadas y presión sobre reservas si la respuesta fiscal y monetaria no es creíble.

Qué deberían hacer los hacedores de política en Argentina

Frente a este nuevo contexto global, recomendamos reforzar tres pilares. Primero, ancla fiscal: reducir déficit y mostrar caminos creíbles para la sostenibilidad de la deuda; sin eso, cualquier intento de acumular reservas será percibido como maquillaje. Segundo, independencia del BCRA: la autoridad monetaria debe evitar financiar al Tesoro para mantener expectativas ancladas y poder manejar choques externos. Tercero, acumulación de reservas solo si es transparente y no constituye financiamiento encubierto del Tesoro; la credibilidad se compra con reglas claras, no con intervenciones opacas. Estos pasos mitigan el impacto de tasas globales más altas —la tasa de la Fed cerca de 3,6% y un IPC de EE.UU. en 3,8% interanual, según la nota— y reducen la probabilidad de que una subida mundial de tasas derrote a la política doméstica.

En resumen, la IA cambia el mix entre inflación y productividad, pero hoy inclina la balanza hacia más riesgo inflacionario y tasas más altas. Para los países frágiles, como Argentina, eso debe leerse como un recordatorio: sin anclas fiscales, reservas transparentes e independencia del banco central, la vulnerabilidad externa se agrava cuando el ciclo global aprieta.