La Fed mantuvo la tasa de política monetaria en el rango de 3,50%-3,75% en la reunión del 29 de abril, decisión que llega en la última cumbre antes del recambio presidencial a Kevin Warsh (tras confirmarse su nombramiento para el 15 de mayo, según la nota).

¿Qué decidió la Fed y por qué importa?

La decisión fue de continuidad: tasa sin cambios en 3,50%-3,75% (según el comunicado de la Fed). No fue unánime: Stephen Miran votó por un recorte de 25 puntos básicos mientras varios gobernadores rechazaron introducir un sesgo bajista, un matiz que sugiere cautela. El comunicado incorporó explícitamente el impacto de la escalada en Medio Oriente y los recientes aumentos en los precios de la energía como factores que mantienen la inflación elevada (según el propio comunicado). Las proyecciones del índice PCE —la medida preferida por la Fed— se ajustaron al alza: 3,7% anual para el segundo trimestre, 3,4% para el tercero y 3,2% para el cuarto (según la Fed), alrededor de 30 puntos básicos por encima de lo estimado a fines de marzo. Eso cambia el horizonte de los mercados y del banco central estadounidense.

¿Cómo cambiaron las expectativas de tasas?

El mercado está replanteando el calendario de recortes. Según un sondeo de Reuters realizado entre el 17 y el 21 de abril, 56 de 103 economistas esperan que la tasa permanezca estable hasta al menos fin de septiembre; casi un tercio anticipa que no habrá movimiento en todo 2026 (según Reuters). Ese giro refleja tanto la revisión al alza de las proyecciones del PCE como el efecto de la tensión en Oriente Medio sobre los precios de la energía. En la reunión, algunos miembros advirtieron que una inflación de energía más prolongada podría anclar aumentos más amplios de precios si se traslada a salarios y costos. En ese contexto, los mercados comenzaron a descontar subas marginales en 2027, reduciendo la probabilidad de recortes rápidos en 2026.

¿Cómo impacta esto en el mercado argentino?

La reacción fue inmediata en los rendimientos globales: las tasas de los Treasuries a 2 y 10 años operaron cerca de 3,93% y 4,4% respectivamente después del comunicado, según Balanz; esos niveles implicaron incrementos de casi 10 y 6 puntos básicos respecto al cierre previo (según Balanz). Para Argentina eso tiene tres efectos concretos: 1) eleva el costo de referencia en dólares y presiona la curva de precios de activos en moneda local; 2) complica la recomposición de reservas si los diferenciales emergentes se amplían; y 3) transmite inflación importada vía energía si los precios del petróleo permanecen altos debido a la geopolítica. Vemos que un escenario con tasas internacionales más altas reduce el espacio para financiar déficits externos y aumenta la sensibilidad del peso a salidas de capital. En suma, el entorno externo se volvió menos permisivo justo cuando la autoridad local intenta normalizar señales macro.

Qué debería hacer el BCRA y el Tesoro

Ante este contexto externo, las decisiones locales deben priorizar credibilidad. Primero, cualquier intento de acumular reservas debe ser transparente y no constituir financiamiento encubierto del Tesoro; de lo contrario, se corre el riesgo de erosionar la independencia del banco central y alimentar la brecha cambiaria. Segundo, se necesitan anclas fiscales claras: reducir el déficit primario vía medidas estructurales que no dependan de ingresos extraordinarios. Tercero, la comunicación importa: el BCRA debe explicar cómo su estrategia de reservas y sus intervenciones responden a objetivos de estabilidad, no a parches temporales. Vemos que sin anclas fiscales y mayor autonomía del banco central, la combinación de tasas internacionales más altas y shocks de energía puede traducirse en mayor volatilidad cambiaria y pérdida de reservas.