La guerra en Medio Oriente elevó la tasa de equilibrio de inflación a 10 años en Estados Unidos a 2,5% —su mayor nivel desde principios de 2023— y disparó el índice de presión de la cadena de suministro de la Fed de Nueva York a 1,82 en abril (desde 0,68 en marzo), según reportes citados por Ámbito y la propia Fed de Nueva York. Ese deterioro en la oferta y en las expectativas coincidió con una votación con disidencias en el FOMC a fines de abril y con un debate interno más áspero sobre la necesidad de endurecer la política monetaria, en lugar de anticipar recortes rápidos. Este es el dato central: los choques de oferta están complicando la hoja de ruta de la Fed y tensionando la política global de tasas.
¿Por qué se está dividiendo la Fed?
La división en la Reserva Federal responde a dos canales claros. Primero, el choque de oferta: según el Banco de la Reserva Federal de Nueva York, su Índice de Presión de la Cadena de Suministro Global pasó de 0,68 en marzo a 1,82 en abril, el mayor registro desde 2022, lo que representa interrupciones fuertes en insumos estratégicos. Segundo, las expectativas de inflación: el breakeven a 10 años —la diferencia entre bonos nominales y TIPS— subió a 2,5%, el nivel más alto desde inicios de 2023, y algunos responsables temen que una inflación persistentemente por encima del 2% pueda anclar expectativas al alza. En la práctica, eso explica por qué al menos tres miembros del FOMC votaron en disidencia contra el «sesgo expansivo» de la declaración oficial a fines de abril, citado por Ámbito, y por qué el debate sobre el calendario de recortes se endureció antes de la eventual confirmación del futuro presidente de la Fed el 15 de mayo.
Materias primas y cadenas de suministro: ¿qué está cambiando?
El impacto no se limita al petróleo: encuestas del Institute for Supply Management (ISM) y declaraciones públicas de presidentes de bancos regionales de la Fed señalan escasez y cuellos de botella en fertilizantes, helio y aluminio, entre otros insumos. La Fed de Nueva York cuantifica ese estrés en su índice —1,82 en abril— y el presidente regional John Williams advirtió sobre la severidad de esas interrupciones. Cuando los costos de insumos aumentan y las empresas reconfiguran cadenas, se presiona hacia arriba los precios al productor y, con rezagos, los precios al consumidor. Ese canal alimenta el argumento de los responsables monetarios más hawkish: incluso si la demanda se enfría, los shocks de oferta pueden mantener la inflación por encima del 2% durante más tiempo, complicando la vuelta a una senda de recortes de tasas esperada por parte de mercados que en marzo proyectaban ajustes a la baja.
¿Cómo impacta esto en el mercado argentino?
Vemos tres vías de contagio relevantes para la Argentina. Primero, un endurecimiento o demora en los recortes en EE. UU. mantiene las tasas mundiales más altas y fortalece al dólar, lo que presiona la cotización del peso y puede ampliar la brecha cambiaria; la tasa de equilibrio en 2,5% es una señal de que las expectativas de inflación estadounidense se recalibraron al alza. Segundo, los choques en commodities y insumos pueden encarecer importaciones clave para la producción local, afectando costos y precios. Tercero, la mayor volatilidad global eleva la prima de riesgo sobre economías emergentes: la reacción de inversores podría traducirse en menores flujos de capital y más volatilidad de reservas. Para la Argentina, donde el tipo de cambio es el termómetro de desequilibrios, esto implica riesgo de mayores tensiones sobre reservas y sobre la necesidad de claridad fiscal y cambios de política creíbles.
Qué deberían hacer los responsables de política en Buenos Aires
Ante este escenario externo más hostil, la respuesta doméstica debe ser de prudencia: primero, evitar usar reservas o intervenciones opacas como parche permanente; nuestra posición es clara: apoyamos la acumulación de reservas sólo si es transparente, no constituye financiamiento encubierto del Tesoro y viene acompañada de anclas fiscales y mayor independencia del BCRA. Segundo, fortalecer la disciplina fiscal para reducir la dependencia de la política monetaria como fuente de financiamiento; sin anclas fiscales, cualquier intento de amortiguar la devaluación con controles terminará generando brechas y distorsiones. Tercero, comunicarse con claridad con mercados y agentes económicos para anclar expectativas: cuando la Fed enfrenta riesgo de inflación elevada, la credibilidad doméstica cuenta doble. En resumen, el choque externo obliga a robustecer instituciones y a evitar soluciones de corto plazo que agraven la fragilidad argentina.