Salvatore: “Ya es tarde para devaluar porque tenés las elecciones ahí”
El economista Nicolás Salvatore analizó en RDEco el dilema cambiario del Gobierno y advirtió que una corrección del tipo de cambio antes de las elecciones habría sido menos costosa. ¿Qué impacto tiene el atraso cambiario en la industria, el empleo y la competitividad de la economía real?
El economista Nicolás Salvatore fue claro en su paso por Ronda de Economistas (RDEco): “Ya es tarde para devaluar, porque tenés las elecciones ahí”. Con esa frase sintetizó el nudo que enfrenta el Gobierno en materia cambiaria: sabe que el tipo de cambio real está apreciado, pero una corrección fuerte ahora tendría un costo político y social demasiado alto cerca de los comicios.
Según Salvatore, una devaluación ordenada meses atrás habría permitido recomponer la competitividad de la industria sin generar el salto inflacionario que provocaría en este momento. Hoy, en cambio, la brecha entre el tipo de cambio oficial y el que necesitaría el sector productivo se sigue ampliando, y el costo lo pagan principalmente las empresas que producen bienes transables.
El impacto en la industria y el empleo
El atraso cambiario actúa como un impuesto a la producción local. Las importaciones se abaratan, los exportadores reciben menos pesos por cada dólar que ingresan y las PyMEs manufactureras ven cómo sus costos en dólares suben mientras sus precios relativos caen. Para Lucía Ferreyra, esto no es un detalle técnico: es una decisión que redistribuye recursos desde el sector productivo hacia el consumo importado y los sectores financieros.
“Sin tipo de cambio competitivo no hay industria que aguante”, sostiene la mirada estructuralista. Y los números lo confirman: la participación de la industria en el PBI sigue estancada y el empleo industrial no repunta con la fuerza que se necesitaría para absorber la mano de obra que sale de otros sectores.
¿Por qué no se devalúa ahora?
Salvatore lo explicó con crudeza: las elecciones están demasiado cerca. Una devaluación brusca licuaría ingresos, aceleraría la inflación de costos y golpearía especialmente a los salarios reales y las jubilaciones. El Gobierno optó por mantener el crawling peg y acumular reservas, pero eso tiene un límite. Cada mes que pasa sin corrección, la brecha real se agranda y la bomba de tiempo se hace más grande.
Desde una perspectiva productiva, el dilema es conocido: tipo de cambio bajo favorece el consumo de bienes importados y desincentiva la inversión en capacidad productiva local. Es la receta que ya se probó en los ‘90 y que terminó, como señala Aldo Ferrer, en desindustrialización y vulnerabilidad externa.
La puja distributiva detrás del tipo de cambio
No es solo una discusión técnica. Detrás del nivel del dólar hay una decisión sobre quién paga el ajuste. Una devaluación transfiere ingresos desde los asalariados y jubilados hacia los exportadores y las empresas que compiten con importaciones. Mantener el tipo de cambio apreciado hace lo contrario: protege el poder de compra de corto plazo pero a costa de destruir empleo y capacidad productiva de largo plazo.
Salvatore no es el primero en advertir esto. Diversos analistas vienen señalando que postergar la corrección cambiaria solo posterga el problema y lo hace más caro. El interrogante que queda abierto es si, después de las elecciones, habrá margen político para hacer lo que hoy se considera “tarde”.
Qué significa para el bolsillo
Para el lector común, un tipo de cambio atrasado se traduce en precios de supermercado que suben más lento que los costos de las empresas locales, pero también en menos inversión, menos empleo formal y salarios que no crecen. La estabilidad de corto plazo se paga con menor crecimiento y mayor vulnerabilidad futura.
La conclusión de la charla en RDEco es incómoda pero realista: el Gobierno enfrenta un dilema clásico argentino. Devaluar antes de las elecciones era políticamente riesgoso; no devaluar puede resultar económicamente más riesgoso todavía. Y como siempre, la cuenta la terminan pagando los mismos: los que viven de un salario y los sectores productivos que intentan sostener la industria en un país que, una y otra vez, elige el camino más corto.