La resurrección de Discépolo

Notre Dame

Una torre medieval arrodillándose frente a las llamas.

Por Carmen Ubeda para ANÁLISIS

Una casa desvalijada, conductores que llegan al pugilato por un minúsculo incidente de tránsito, una torre medieval arrodillándose frente a las llamas, el cadáver de una madre enterrada bajo la cama de su hijo, un recién nacido agonizante dentro de una bolsa de residuos, una torre medieval arrodillándose frente a las llamas, una niña asesinada por su perro, una legisladora acostada debajo de las góndolas en un supermercado, una torre medieval arrodillándose frente a las llamas, una cartelera con números que toman vida y horrorizan, un relator deportivo devenido en analista político sin luces, una torre medieval arrodillándose frente a las llamas, un prestigioso periodista aventando historias de enfrentamiento y venganza, dos políticos en actividad o no que deben ser separados antes de llegar al golpe, una torre medieval arrodillándose frente a las llamas, narcotraficantes en carrera política, imágenes de basurales pútridos como paisaje en asentamientos de plástico y cartón, una torre medieval arrodillándose frente a las llamas... El único vuelo es el de las moscas verdes, muchas moscas verdes. Marchas multitudinarias miradas bajo siete clases de lentes, placas con letra catástrofe previa advertencia de urgente porque alguna mujer de silicona se peleo con otra sin silicona por las siliconas, una torre medieval arrodillándose frente a las llamas. Ruedas símil café bar donde se abren más las canillas express de versiones, rumores, impresiones, todas encabezadas con el prólogo de haber sido logradas hace media hora, hace minutos, hace ya y confirmadas como la última verdad.

Escalinatas empinadas y amplísimas mostradas diariamente con una frecuencia cronometrada, recorridas por reos presuntos juzgados de antemano, una torre medieval arrodillándose frente a las llamas, jueces con más “pedigrí” que curriculum y fiscales rebeldes. Todos expuestos “n veces” como primera vez. Suntuosos recintos de sillones tallados y asientos de pana, obras incomparables de la arquitectura y la decoración para expresar la solemnidad de las instituciones ocupados por tres o cuatro pertenecientes al género humano y el resto por aquellos al que no les alcanzó el 1 por ciento de ADN para llegar a serlo. Algunos más cerrados que conchas marinas pasadas, puestas a hervir, otros tan abiertos que se les caen los sesos. Las ideas quedan libres porque tienen el 99 por ciento de inasistencia. Prelingüísticos, improvisados, incapaces, insensibles que luego serán entrevistados por prelingüísticos, improvisados, incapaces, insensibles desplegando un sitacismo que le haría sombra a un coro de loros en acción. Una torre medieval arrodillándose frente a las llamas. Alguna que otra voz en “fading” sentenciando “es el fin de una era”. Ojalá así lo sea y no sólo la conmocionante caída de una torre mística punto cero de cultura occidental. Lo dicho no responde a sesgos ni a reducciones, es una humilde muestra de contaminación visual y auditiva. Toda generalización resulta aberrante. Sin embargo, cuando el número de casos particulares tiende a abarcar el universo del que se trate es casi automática por aquello de que lo único que hace la excepción es confirmar la regla. La anterior reseña evidentemente está señalando los siniestros juegos de la prensa y sus actores, específicamente la que se trasmite por fibra óptica.

Los inmorales nos han “igualao”

Conocido es que este ecosistema de la “cultura” industrial tiene como destinataria a la franja, en el mejor de los casos, de los subcincuenta y más. Otros dispositivos: redes, páginas, portales, troles (con los que se interconectan los humanos convencidos de estar ejerciendo una comunicación horizontal y libertaria), exponen a idéntica o peor estafa informativa digitada por verdaderos centros de operaciones. Esos soportes tecnológicos tan alabados, en buena hora, también, como la luna, tienen su lado oscuro. En principio, crean sugestión de realidad desde la irrealidad, la ilusión o la malicia y multiplican millones de rumores, como si se rasgara un gigante almohadón cuyas plumas se expandieran sin rumbo para nunca jamás volver a reunirlas. Versiones o, lo que hoy llaman innecesariamente, fake news, salidas de sofisticados laboratorios pensados ad hoc. El adverbio innecesariamente ha sido usado con toda la carga y la intencionalidad que sea posible trasmitir.

¿En el siglo XXI ya avanzado se siente como novedosa la pública circulación incesante de mentiras desde el periodismo? Cuando el periodismo se transforma en actor político, gestiona mentiras, no vistas desde una óptica moral sino entendidas como un recorte de la realidad, según el interés de quien sea emisor y/o editor. Paradójicamente, en la Edad Media nace como vehículo de absolutas verdades: se limitaba a trasmitir noticias de índole económica y su surgimiento coincide también con el de la Bolsa para orientación de los comerciantes. Y, el hombre no es un ángel (si lo es, en todo caso, está atado con grandes alas de cadenas, como diría Blas de Otero), rápidamente encontró el poder de aquellas hojitas que circulaban de mano en mano con los vaivenes de los precios y de inmediato las utilizó con tal fin. En ese mismo instante, “las hojitas” comenzaron a mentir según los intereses de quienes las editaran.

Hacia finales del siglo XVIII, Edmund Burke llamó específicamente a la actividad el Cuarto Poder, en un discurso durante la apertura de la Cámara de los comunes. Para aquel Reino Unido, el primer poder estaba conformado por la nobleza, el segundo, por la Iglesia y el tercero, por los comuneros. Entonces, Burke reconoció al periodismo como actor fundamental en el entramado del poder. Sin embargo, fue Thomas Carlyle el primero en retomarlo y plantear una ética para la profesión, desde lo que él llamó los códigos deontológicos al mismo nivel que los epistemológicos (unos señalan el ámbito de sus incumbencias, los otros, de sus deberes). En nuestra patria, dos encomiables de sus próceres, Manuel Belgrano y Mariano Moreno, entendieron esta enorme utilidad creando dos diarios que irían a cubrir esas dos áreas. De cualquier modo, es de hecho tan verdadero históricamente lo que aquí se dice que el diario de Moreno se llamó “La Gaceta”, como una corriente moneda italiana. En este caso, no para informar sobre vaivenes de la Bolsa sino para adoctrinar el pueblo hacia su independencia con una inspiración que venía de la Revolución Francesa y de algunas logias. No es fácil dudar de la bonhomía de estos hombres tampoco de su altruismo y generosidad, pero ya la mínima partícula de un germen destructivo se iría colando por estas insignias de libertad de tan noble origen, por lo menos, entre los patriotas. Con los años, se expandirían cada vez más los tentáculos de la Hidra usando la mentira para mezquinos beneficios. Mediante una rápida revisión del periodismo argentino, el lector puede reconocer fácilmente rasgos que lo liguen a actos de inmoralidad.

No hay “aplasau” ni escalafón…

Si en la primera parte se trató de hacer un paneo fotográfico para representar esta actividad tan controvertida, como todas, sólo que con mayor poder de daño por su masividad, en la segunda se especificó su origen más cerca del interés y de la mendacidad (se insiste, con excepciones) que de la educación del soberano. Se aludió también a otros soportes que con grandes distancias tecnológicas multiplican el carácter masivo del periodismo convencional y tradicional. Este, como nunca en las últimas generaciones, se dedicó a “revolver la basura” y fue bueno para la sociedad, pero el mismo basurero lo devoró y lo convirtió en plantas de residuos cloacales. Si esa energía y esa intensidad se hubieran puesto en la construcción real del 60% de las cloacas que faltan, el país estaría libre de contaminación. A la actividad le correspondía la creación de sus propios “notiductos” para volcar los residuos nocivos en otro lugar que no sea la conciencia del ciudadano. No se confunda bajo ningún aspecto estas palabras de advertencia - que solo pretenden servir - con alguna sombra de censura. Se trata simplemente de recordar que en cualquier profesión se fijan códigos de ética, forman parte indivisible de las incumbencias profesionales, al estilo del juramento hipocrático de los médicos. En esta historia pendular que ha vivido nuestro país se pasa de años interminables de censura a la total irresponsabilidad y, en la mayoría de los casos, al extremo relativismo de los valores. Fue a partir de los ’80 que, después de un sordo y temerario silencio, se bregó por la pluralidad de voces cuyos sostenedores negaron cualquier posibilidad de colegiación en la actividad. Ella hubiera permitido un debate y sobre todo la concreción de ciertas pautas, no sólo estéticas sino también éticas porque no se están tallando piedras, se trata de personas. No es la intención aquí de recordar la ingenua divisoria entre la libertad de prensa y de empresa. Las dos son igualmente necesarias. Lo que se quiere es recordar la profesión desde su olvidada naturaleza formativa. Sin pelos en la lengua, hay que decir que ésta, como todas, no es una profesión para cualquiera. Un matarife no puede actuar en un quirófano, un encargado de los deshechos de un edificio no puede ser un incinerador de restos humanos, un delincuente no pude ser comisario, un docente no puede ser un detractor del conocimiento ni un cínico negador de los valores humanos y un periodista no pude ser el maestro de ceremonia de un cabaret. Cada persona tiene una inclinación, igualmente digna, a la que debe atender para no contaminar las áreas que no son de su competencia. Distinto son los casos de aquellos pobres, pero admirables jóvenes que después del cumplimiento académico se ven obligados a ser repositores en supermercados o taxistas o desocupados sin haberlo elegido. Es procedente en este punto recordar que más del 50% de los pobres están por debajo de los 30 años: hay dos o tres generaciones futuras sin formación y sin destino. El grueso de ellas no termina o no accede al nivel medio de la educación. Además, los mensajes circulantes que los alcanzan están muy lejos de informarlos y mucho más de formarlos. Los viaductos de la comunicación social (sea cual fuere el dispositivo y el soporte) deberían trazarse en paralelo con los de la educación o planificar puntos de encuentro aunque el presente esté necesitando una política más dramática: que la comunicación esté bajo la órbita legislativa y ejecutiva de la cultura y la educación y sea contemplada también en lo judicial, específicamente, en la figura de mala praxis cuando así corresponda. Desde el viejo COMFER, pasando por el AFSCA, hasta arribar al ENACOM (organismos fantasmas) el olvido, la inacción y la despreocupación marcaron esta actividad librada al “mercado” del escándalo, la morbosidad y la distorsión informativa, in crescendo.

En tanto, la mitología política y/o ideológica atribuyó por décadas un sentimiento de desprecio hacia Domingo Faustino Sarmiento entre los cuadros de la izquierda. Así aparecía, pero lo real es que fue el liberalismo salvaje el que más destruyó el ideario del prócer. La educación del soberano, la preocupación y la ocupación por ello está hoy muy ausente de la agenda como si apostaran más que al ridículo futuro que pintan, al imperio de la ignorancia en un país de zombies. No hay una dosis de exageración en lo que aquí se afirma. Sin conocimiento, alimento y valores otro no será el final del cuento. La casi nula educación en lo familiar, social o institucional es el asesino y la comunicación su cómplice. Aunque sea un paliativo insuficiente y fugaz, hoy, en tránsito electoral, el periodismo podría dar el ejemplo asistiendo al ciudadano en los conocimientos y las herramientas que lo preparen para la gran opción de saber elegir a sus representantes.

Debe aclararse que esta nota ha sido escrita con extremo cuidado de no agregar más daño al daño, más fuego al fuego, más ira a la iracundia. La decisión de advertir sobre los riesgos de esta actividad tiene su causa en el reconocimiento de los extremos a los que ha llegado. Sin ser un espejo fidedigno de la sociedad, puede decirse a su favor que refleja los rasgos de descomposición, indiscutibles en estos días. Después de pintar este panorama, es justicia, sin exageraciones, reconocer a un sin número de comunicadores que hacen patria en cada provincia, ciudad y pueblo del país, pero el puerto es que ordena.

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