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04/07/2018 -  tiempo  5' 23" - 229 Visitas El Premio Nobel de la Paz disertó sobre la educación en la Madre Tierra y como práctica de libertad Adolfo Pérez Esquivel: “El peor monocultivo es el de las mentes”
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Adolfo Pérez Esquivel fue reconocido en 1980 con el Premio Nobel de la Paz por su trabajo en defensa de los Derechos Humanos en la Argentina y América Latina.
El Premio Nobel de la Paz expresa en esta charla con ANÁLISIS sus principales preocupaciones actuales, que pasan por las problemáticas ambientales, entendidas como parte de una crisis civilizatoria global. También cuestiona al gobierno y alienta la necesidad de unirse respetando la diversidad. “Si en este momento no caminamos juntos estamos perdidos”, advierte. A.S.

El viejo luchador por los derechos humanos, con 82 años encima, sigue recorriendo rumbos, poniéndose en contacto con las distintas problemáticas de los pueblos de la Argentina y el continente. Adolfo Pérez Esquivel brindó días atrás una charla sobre “La educación en la Madre Tierra y como práctica de la libertad”, en el marco de una iniciativa ambiental en la provincia de Entre Ríos. Poco antes, dialogó con ANÁLISIS y repasó algunas de sus principales preocupaciones actuales.

Reconocido en 1980 con el Premio Nobel de la Paz por su trabajo en defensa de los Derechos Humanos en la Argentina y América Latina, además de presidir el Consejo Honorario del Servicio de Paz y Justicia Latinoamericano (SERPAJ), es titular de la Liga Internacional para los Derechos Humanos y la Liberación de los Pueblos, con base en Milán, Italia, y miembro del Tribunal Permanente de los Pueblos. Desde 2004 forma parte del Jurado Internacional del Premio de Derechos Humanos de Núremberg. Con numerosas distinciones y reconocimientos en todo el mundo, autor de varios libros, artista y escultor, Adolfo sostiene que “la mejor educación que podemos brindar a nuestros hijos es una educación liberadora como práctica de la libertad; tener el corazón rebelde frente a las injusticias”.

Comprometido con la cuestión ambiental, cuestiona el desarrollo basado en la explotación de los recursos naturales y de los seres humanos. “Desarrollo no es explotación”, asegura. “No es lo mismo y muchas veces se intenta confundirlos. Debemos preguntarnos qué desarrollo queremos”, agrega.

Aunque ve un panorama preocupante en diferentes aspectos, llama a “no dejarse vencer por el derrotismo, hacer caminar la palabra que despierta, en cada ámbito en el que uno trabaje o participe. Es la esperanza lo que nos impulsa a resistir”, asegura.

—¿Cómo es su mirada sobre la problemática de los derechos humanos en general en el mundo en que vivimos, con sus avances y retrocesos, cuando se están por cumplir 70 años de la Declaración Universal?
—Los derechos humanos son integrales, no es solo lo que tiene que ver con las torturas, o la desaparición de personas, o las cárceles. Y lo digo yo que soy un sobreviviente de esa época. Pero los derechos humanos tienen que ver con el ambiente, la soberanía alimentaria, con la educación, con la salud, es decir que son valores integrales. Los derechos humanos y la democracia son valores indivisibles, si se violan los derechos humanos, las democracias se debilitan y dejan de ser democracias. Por eso todo esto tiene que ver también con la explotación irracional que se hace de los recursos y bienes naturales. Las organizaciones de derechos humanos deben trabajar para restablecer el equilibrio entre el ser humano y la madre tierra, y entre los seres humanos entre sí; y para eso tenemos que ver que somos parte de un todo, que no somos el todo, ni tampoco somos el centro de todo. En el mundo hay hambre, lo que es un crimen, cuando el mundo podría superarlo porque existen las condiciones para hacerlo; el complejo industrial militar gasta millones y millones de dólares y euros en armas, porque para ellos el negocio son las guerras, no la paz. La paz no es tampoco la ausencia del conflicto, la paz es una dinámica permanente de relaciones entre las personas y los pueblos, es cómo nos respetamos y sabemos vivir en la diversidad, y cómo esa diversidad es la que nos lleva a la unidad. Esto es lo importante, cómo vivimos en la diversidad, cómo convivimos en ella. Miremos a la Madre Tierra, a la naturaleza: ella no genera uniformidad, ella nunca generó monocultivos, ella siempre nos brindó la diversidad. Los monocultivos de soja, de pino, de maíz, con los agrotóxicos, con todo lo que contamina no sólo el ambiente, sino al ser humano, a todo ser viviente, está haciendo daños irreparables porque rompe la cadena de la biodiversidad. ¿Y cómo restablecemos el equilibrio?, cuando el ser humano a través de la educación, a través de una cultura del medio ambiente, de la paz, tenga en cuenta que tenemos una casa que es común, que la tenemos que cuidar. Si dañamos a la Madre Tierra nos dañamos a nosotros mismos.

—¿Y cómo ve a la Argentina actual en lo que tiene que ver con los derechos y la cuestión ambiental?
—Creo que los argentinos estamos fracturados, veo que hay una fragmentación muy grande, ideológica, política, cultural. Pero tenemos que comprender que la diversidad es la gran riqueza de los pueblos, nunca la uniformidad. Tenemos que religar, unir, partir de los acuerdos, de aquello que nos identifica, que nos une y no siempre de las diferencias. Pero los argentinos siempre partimos desde las diferencias, desde aquello que nos enfrenta, nos divide. Creo que muchos deberían volver a la escuela porque se olvidaron de dos cálculos matemáticos: sumar y multiplicar, aprendieron solamente a dividir y a restar. Hay que tratar de recuperar las identidades, los valores, y desde ahí podremos construir. La Argentina es un país maravilloso. Yo viajo por el mundo y veo países con muchos menos recursos pero que tienen un gran desarrollo, y lo aclaro: el desarrollo no es explotación, en cambio aquí en la Argentina no hay desarrollo, hay explotación. Entonces nunca se llega a poder desarrollar como debe ser: en libertad. El otro día en una reunión de los equipos nos acordamos de algo que lanzamos hace varios años en Panamá y en toda América Latina: “No matarás ni con hambre ni con balas”. El FMI y la deuda externa matan con hambre y matan con balas. Y ese es el camino que eligió el gobierno actual, un camino que no es de diálogo, no es de apertura para el pueblo, es para las grandes corporaciones.


(Más información en la edición gráfica número 1081 de la revista ANALISIS del jueves 5 de julio de 2018)
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