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20/12/2017 -  tiempo  2' 54" - 818 Visitas El respaldo de Bordet a la reforma previsional que molestó a dirigentes ultra k y a urribarristas La tribuna o el pago de sueldos
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El respaldo de Bordet a la reforma previsional molestó a dirigentes de varios sectores.
El acompañamiento del gobierno peronista a la polémica reforma previsional impulsada por Mauricio Macri muestra, una vez más, que la provincia de Entre Ríos carece, desde hace décadas, de la más elemental autonomía política y económica. El Estado entrerriano tiene un déficit de 4.250 millones de pesos anuales y una deuda histórica de 25.804 millones de pesos. En cada inicio de mes, las cuentas oficiales están en cero y deben depositarse en ellas 40.200 millones de pesos para pagar sueldos de la administración pública, de docentes y de jubilados. No se puede cumplir con el cronograma de haberes si la Nación no adelanta fondos de la coparticipación. De cada diez pesos que ingresan, siete son enviados por Buenos Aires y 3 son de recursos propios. En ese marco, Gustavo Bordet hizo lo que han hecho todos sus antecesores peronistas: acompañar al gobierno central que le puede complicar su mandato y la viabilidad económica provincial en el momento que quiera. Sin embargo, en su propio partido muchos hicieron como que no entendían y apostaron a jugar la interna. El urribarrismo, que no se hace cargo de haber dejado una deuda de 12.558 millones de pesos, y el kirchnerismo más duro armaron sendas reuniones en Paraná donde se analizaron lanzar acciones para “esmerilar la figura del gobernador y presidente del PJ entrerriano”.
Jorge Riani

Es más de lo mismo y es algo distinto a la vez. Lo mismo: medio país está de un lado y medio país del otro, y todo lo que llega de unos a otros, tanto como de otros a unos, no es más que enojo, bronca, digamos odio.

Ya es una tradición que en el mes de diciembre en el que dos tercios del planeta lo dedica a sus más sentidas y conmovedoras fiestas colectivas, la Argentina lo pase en espasmo. Una postal de Buenos Aires podría ser Caminito, la 9 de Julio, los bosques de Palermo, San Telmo, los cafetines con sus maderas y sus bronces, pero también podría ser, esa postal típica, el cuadro donde aparezcan policías armados hasta los dientes, todos brindados, frente a manifestantes que -lejos de amedrentarse por las armas públicas– enseñan sus piedras, sus palos y todo cuanto porten menos el rostro, que es lo único que escoden.
Es más de lo mismo y es algo distinto a la vez todo lo que se ven por estas horas como imágenes registradas en Buenos Aires. Más de lo mismo en términos de práctica política: diputados votando lo que el gobierno central requiere.

¿Por qué se enojan tanto los peronistas con sus diputados que votaron lo que el gobernador de su partido acordó con el gobierno nacional? ¿No es acaso lo que han venido haciendo en los últimos treinta años aquellos que llegan al Congreso de la Nación blandiendo los emblemas del partido del General Perón?

No, claro, es que a los peronistas no les gustan los ajustes ajenos. No están para votar el ajuste de otros partidos, y de buenas a primeras, los dirigentes peronistas que antes levantaban las manos o bajaban los pulgares según les dictaba la Casa Rosada, de pronto recuerdan que este es un país federal, y que la división de poderes es una de las características de la república.

Es más de lo mismo y es algo distinto a la vez. Lo distinto es que esta vez el pedido para votar en tal dirección no viene de un presidente del mismo palo. Eso es lo distinto, lo único diferente. Si al ajuste lo hubiera pedido un presidente peronista, los peronistas hubieran llamado a un congreso partidario, hubieran dado discursos que apelan a la mística, que la tienen, y no al pragmatismo, que también lo tienen.

Y tras aprobar ese ajuste, todo el peronismo entraría en un proceso que los psicólogos han llamado racionalización. “El mecanismo de defensa de la racionalización consiste en la construcción de una narrativa que oculta la verdadera motivación que llevó a la persona a realizar un acto, o sirve como estrategia inconsciente para no conectar con sentimientos o deseos que la persona no se quiere confesar a sí misma”. Eso define un diccionario cuando habla de racionalización.

Gustavo Bordet, el gobernador de Entre Ríos, se ha convertido en un “traidor” para aquellos mismos dirigentes que en su momento justificaron la votación de leyes que demandaba la Casa Rosada cuando el hombre más poderoso de la Argentina se llamaba Carlos Saúl Menem. Pero también cuando gobernaron Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner, Cristina Fernández.


(Más información en la edición gráfica número 1073 de la revista ANALISIS del jueves 21 de diciembre de 2017)
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