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13/04/2005 -  tiempo  6' 24" - 12004 Visitas Por Luis María Serroels Prólogo II
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El Caso Fernanda sigue provocando dudas y conmoción en la provincia.
No son pocos los que coinciden en que cuando un periodista se decide a escribir un libro, si bien admite las dificultades iniciales y particularidades propias de los cambios de tiempos y formas -habituado a la inmediatez de los hechos y circunstancias que cada día le plantea y genera su profesión-, logra plasmar aspectos diferenciales que en algún punto sobresalen por sobre un escritor nato en el que impera un indiscutible sentido más amplio de la imaginación. No son pocos los que coinciden en que cuando un periodista se decide a escribir un libro, si bien admite las dificultades iniciales y particularidades propias de los cambios de tiempos y formas -habituado a la inmediatez de los hechos y circunstancias que cada día le plantea y genera su profesión-, logra plasmar aspectos diferenciales que en algún punto sobresalen por sobre un escritor nato en el que impera un indiscutible sentido más amplio de la imaginación.

Dedicado a narrar hechos históricos o a trasladar a un volumen una determinada investigación, pareciera que el lenguaje y la construcción literaria moldeados en las redacciones exhiben un modo y un "sabor" más jugosos y amenos al gusto y comprensión del lector. Quién esto escribe, puede dar fe desde adentro, desde el íntimo entorno donde se gestan trabajos de esta índole, sobre las ideas que guían semejante grado de compromiso y de incansable trajinar. Interminables charlas escritorio de por medio, conversaciones telefónicas sin horario y remisiones casi obsesivas a viejos recortes que alguna vez convocaron la avidez de un periodista, le constan a este prologuista con absoluta certeza.

En el caso de Daniel Enz, ya acostumbrado a incursionar en estas lides a través de sus tres exitosos títulos anteriores, lejos está de modificar ese estilo sino, por el contrario, alentado por su incontenible afán de inveterado hurgador y como acuciado por un síndrome de abstinencia literaria, no deja enfriar la fragua y acomete, ahora, un trabajo que con su carga de testimonio, compromiso y rigor documental, sin dudas atrapará el interés de los lectores.

Una historia que comenzó en la tarde del 25 de julio de 2004 y que fue nutriendo gradualmente las páginas del Semanario Análisis de la Actualidad y la entrega cotidiana de su sitio digital, buenos méritos y razones reunió para quedar sellada en un libro como éste.

En ese esquema laboral-profesional, se fueron compaginando infinidad de datos, uniendo piezas, entrecruzando teorías, visitando impensados lugares, consultando archivos y hasta desnudando las peores maniobras especulativas surgidas desde el poder político. También las mezquindades propias de internas policiales y los déficits del poder judicial que, en definitiva, terminan resultando funcionales a ese efecto tan triste y pernicioso que es la impunidad como final nunca querido frente a hechos delictivos tan traumáticos como el que generó este trabajo de Enz.

El autor nunca se ha conformado con la versión oficial de nada ni de nadie. Sabe por propia experiencia que detrás de todo hecho grave existen pliegues donde se ocultan otras verdades. Y su rebeldía crónica frente al dibujo de la realidad y las artimañas de las corporaciones, como también las trapisondas que suelen aflorar en el establishment político, provocan su reacción y aceita los engranajes de la búsqueda incesante que sólo se detiene cuando se alcanza el objetivo final.

Ese objetivo, en el caso de un asesino serial como Miguel Angel Lencina y todos los factores endógenos y exógenos que moldearon su personalidad de psicópata, se presentó como un propósito insoslayable a la hora de bucear en un caso policial pero con extensiones y proyecciones sociales de insospechadas dimensiones. Y a estas cosas el editor de Análisis las tiene muy claras al tiempo de sentarse frente a su PC.

La posibilidad de extraer a la superficie las actividades más abyectas del hampa y su ramificación en la prostitución infantil, suenan seductoras ante las aspiraciones de un periodista-escritor. Pero también de remover en la conducta del confeso responsable, a tono con su lema de castigar al enemigo en aquéllo que más ama. Y de intentar meterse en los abismos de un temperamento desquiciado que lo llevó a guardar y llevar a la tumba los secretos de sus repugnantes incursiones criminales.

El propio fracaso de las pesquisas, la aparición de elementos cuya autenticidad puso a prueba la destreza de los peritos, las vías de investigación con cierto grado de verosimilitud pero prontamente malogradas y la amplia gama de versiones y conjeturas, alimentadas por presuntos expertos cuyas hipótesis se fueron diluyendo por su propia inconsistencia, comenzaron a ser material de atención y procesamiento periodístico del autor, como una suerte de elongación de todo lo que el semanario y el digital entregaron al interés público.

No se trata de una novela de ficción ni de un cuento policial, sino de un intento serio y cuidadoso por acercar a la realidad palpable los mejores elementos que han rodeado a uno de los sucesos más conmocionantes que haya conocido la provincia y que sacudió hasta lo más profundo los cimientos emocionales de una pequeña y casi recoleta comunidad como la de San Benito.

Ese ámbito con rasgos underground, donde siempre subyacen elementos que raramente se brindan al conocimiento del ciudadano de a pie, constituye a veces una inagotable fuente informativa, proveedora de especies cuya utilidad no siempre aflora sino que requiere del porfiado interés y del cuidadoso discernimiento del periodista.

Reunir, juntar, entrelazar e interpretar para trasmitir, son infinitivos infaltables en la ya extensa labor literaria de Daniel Enz. De hecho, la contundencia de sus denuncias y revelaciones eximen de cualquier juicio de valor. Pero en el caso de Fernanda -su cuarta entrega editorial-, el propósito se amplía y profundiza no sólo por estar frente a un caso enigmático plagado de interrogantes, sino porque el perfil, la trayectoria, la larga carrera delictiva y hasta la muerte de Miguel Angel Lencina (dudosa en el modo de consumarse), constituyen un valor agregado a la hora de los incentivos.

Desde luego que no son ajenas a la pretensión del libro, analizar las frecuentes e inéditas incursiones en este episodio por parte del poder político con sus más altos exponentes a la cabeza que, más allá de las genuinas buenas intenciones, se percibieron como una jugada riesgosa. Porque al final no le otorgó ninguna ventaja a la investigación y eventual esclarecimiento del caso y los costos pasaron a encolumnarse en la fila del debe, sin olvidar que otros casos de desapariciones aún aguardan esclarecimiento y sus familiares sienten que el apoyo es lo que falta y su interminable dolor es lo único que sobra.

Más allá de las múltiples teorías ante un caso que no merece ser olvidado entre los cortinados de la indiferencia y cuya historia talvez nunca alcance una definitiva clausura, Las flores de Fernanda (Historia de un secuestro), resulta un excelente aporte y a la vez un valioso avance en la función que cumple un buen libro cuando sus páginas se nutren con largas jornadas de investigación responsable, apego por la verdad objetiva y compromiso con las demandas de justicia..


Luis María Serroels
Paraná, marzo de 2005
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