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El jueves 28 de febrero de 1991 el contador paranaense Ricardo Baronetti se levantó un poco antes de las 5. Despertó a su familia, desayunaron y partieron hacia Chapadmalal. El Peugeot 504 iba bastante cargado. Los tres hijos del entonces director administrativo del Ministerio de Bienestar Social, Cultura y Educación de Entre Ríos quisieron llevar buena parte de sus pertenencias, como para que no les faltara nada en los días de veraneo. Pero en el coche, además, iban los padres de su esposa Liliana (sigue). El jueves 28 de febrero de 1991 el contador paranaense Ricardo Baronetti se levantó un poco antes de las 5. Despertó a su familia, desayunaron y partieron hacia Chapadmalal. El Peugeot 504 iba bastante cargado. Los tres hijos del entonces director administrativo del Ministerio de Bienestar Social, Cultura y Educación de Entre Ríos quisieron llevar buena parte de sus pertenencias, como para que no les faltara nada en los días de veraneo. Pero en el coche, además, iban los padres de su esposa Liliana.

El día anterior saludó a cada uno de sus colaboradores en el Ministerio que comandaba el médico cardiocirujano Augusto Ramos, hermano del Conde Ramos. El ex diputado nacional había pujado lo suficiente para lograr su nombramiento, pese a la catastrófica derrota interna de su grupo que, de allí en más, prácticamente se desintegró.
-¿Cuándo volvés, Ricardo? -preguntó uno de los empleados más cercanos a Baronetti.
-A mediados de marzo; no me quedo más de una semana, porque empiezan las clases y se casa mi hermano más chico. Si no me voy ahora, no me voy más. Y si no salgo de vacaciones, mi mujer me mata. Me dijo que esta vez no podía haber excusas. Dejo a mis suegros en Buenos Aires y seguimos hasta la costa –respondió.

Baronetti llegó a la puerta de la oficina, levantó su brazo, esbozó su sonrisa más amplia –que era uno de sus gestos característicos- y se despidió: "Muchachos, espero que no tengan problemas; que no jodan los radicales ni la gente de la Justicia o el Tribunal de Cuentas". Fue la última vez que lo vieron en el Ministerio.

"Se accidentó Ricardo Baronetti y está grave", le dijeron en las primeras horas de la mañana a José Carlos Halle. El funcionario era uno de sus mejores amigos, pese a que el ex ministro no había retornado a la función pública después de la interna del PJ de diciembre de 1990. Halle se encontraba en su domicilio de calle Córdoba y lo sorprendió el llamado telefónico del abogado Darío Quiroga, primo hermano de Baronetti. "Creo que hay dos chicos muertos y uno de ellos está desaparecido; un caos total", le acotó Quiroga, con la voz entrecortada, producto de la consternación y de la confusión que existía en torno al hecho.

El coche que conducía el funcionario chocó contra un camión brasileño Scania, cuyo acoplado hizo un viboreo y se salió de carril. Iban por la ruta 12, entre Ceibas y el arroyo Sagastume, cerca de Gualeguaychú. Justo en el momento en que Baronetti se dio vuelta para observar cómo iban sus hijos -ubicados en el asiento trasero- se produjo el impacto. Su suegro viajaba en el asiento del acompañante; atrás iban su mujer, su suegra y los pequeños, que en esos días tenían 11, 8 y 7 años.

El auto dio de frente contra las gomas del acoplado y quedó totalmente deshecho. A simple vista, para los bomberos que los socorrieron, Baronetti parecía uno de los menos afectados: el choque apenas le produjo una herida en la cabeza. En realidad, prácticamente se desnucó. El apoyacabezas del Peugeot no le sirvió de nada. Quedó con el rostro inclinado sobre el volante. Ingresó al Hospital Centenario de Gualeguaychú en coma cuatro. Su esposa -que estaba semidormida al momento de la colisión- sufrió las mayores lesiones, por lo que tuvo que ser trasladada a Capital Federal. Fue derivada al hospital Ramos Mejía con traumatismos de cráneo y de cadera, desplazamiento de maxilar y pérdida de dientes. Tardó dos meses en recuperarse. Los suegros de Baronetti fueron llevados al Hospital San Martín de Paraná y los hijos del funcionario, al Materno Infantil San Roque. Con el tiempo, casi todos se recuperaron. La suegra fue la otra víctima del accidente: no pudo superar la fractura de cadera ni las tres operaciones practicadas y falleció quince meses después del choque, a los 74 años.

Ricardo Luis Baronetti terminó sus días en el Sanatorio La Entrerriana de la capital provincial. Nunca pudo salir del coma cuatro. Permaneció en estado vegetativo durante 118 días y murió el 18 de agosto de 1991.

El funcionario tenía una cuenta corriente en el Banco Francés, sucursal Paraná. Quienes se encargaron de averiguar qué sucedió con el dinero allí depositado se encontraron con que fue extraído el lunes 3 de marzo, primer día hábil después del accidente. La otra persona habilitada para operar con la cuenta decidió cerrarla y no dejó mayores rastros. Por esas casualidades, en esos días, en el mismo banco, tenía también una cuenta corriente la esposa de un alto miembro del gabinete de Jorge Busti.
Los familiares del ex funcionario intentaron investigar por diferentes andariveles, pero nunca dieron en la tecla. Tampoco se preocuparon por acudir a la Justicia para solicitar una investigación sobre el tema. Sabían que no era plata bien habida.

"Yo sé que Ricardo tenía mucho dinero; tenía depósitos. ¿Vos no sabés quiénes eran sus principales amigos de confianza?", le preguntó uno de los parientes directos a otro funcionario del Ministerio de Bienestar Social. En verdad, Baronetti fue uno de los integrantes de la cartera que más enriquecimiento demostró en esos años. Las inversiones que hizo no tenían relación con sus ingresos. Se dio cuenta de que no podía exhibir tanto poderío económico cuando un alto funcionario del quinto piso -donde se encontraban las oficinas del ministro- le recriminó la compra de una amplia vivienda ubicada en Avenida Rivadavia y Catamarca, a una cuadra del Parque Urquiza de Paraná. Una zona donde las propiedades no cuestan menos de doscientos mil dólares, cuando su ingreso no superaba los 1.700 pesos mensuales.

*****

Baronetti era un hombre clave en el Ministerio de Bienestar Social, Cultura y Educación. Era de los pocos que sabían cómo y de qué forma se podían hacer buenos negocios con el Estado. Tenía una gran ambición por el dinero, hacía gala de su habilidad para lograr determinados porcentajes en distintas operaciones y se había transformado en referente de un grupo de individuos que comenzó a aparecer a fines de 1989: el de los denominados cajeros, en la jerga política.

El grupo funcionaba como una especie de cooperativa. En realidad, pasó a ser una asociación con códigos propios que tenía las conexiones suficientes para participar activamente de licitaciones o contrataciones directas en áreas como el Ministerio, pero también en la Secretaría de Salud, el Instituto de Obra Social de la Provincia de Entre Ríos (IOSPER), la Imprenta Oficial, la Legislatura entrerriana o el Instituto Autárquico de Planeamiento y Vivienda (IAPV). El negocio incluía ingresos por el manejo de viáticos y una vertiente que, en algún momento, hubo que abandonar: la falsificación de dinero, fundamentalmente dólares. Todos participamos, todos ganamos era el lema.

Salvo algunos pocos, nadie conocía necesariamente todas las operaciones de los demás. Algunos fondos iban destinados a determinadas campañas políticas; otros, a bolsillos con nombre y apellido.

En menos de seis meses se detectó una catarata de irregularidades y de episodios confusos. Algunos hechos fueron aprovechados por los hombres de la oposición. Esta vez no querían ser madrugados por el gobernador Busti, como sucedió en 1989, cuando hizo denunciar al entonces presidente y a la vez interventor del IOSPER, Raúl Alves, nombrado al inicio de la gestión. Alves terminó procesado y condenado por diversos delitos.

El senador provincial Alfredo Maffioly (UCR-Colón) denunció al director de la Imprenta Oficial, Carlos Lenzi, por diversos hechos de corrupción. Imprentero de oficio y hermano del Chiro Lenzi, a partir de 1987 se transformó en uno de los hombres más cercanos al Conde Ramos. Los fines de semana era habitual verlo en la residencia de calle Mitre del ex diputado nacional. Maffioly lo denunció en julio de 1990; un mes después Lenzi también fue noticia en los medios de la costa del Uruguay. Tanto él como Omar Horacio Bregani y Jorge Fadil -ambos empleados de áreas de Salud- fueron detenidos por Gendarmería Nacional cuando se trasladaban en un Peugeot 505 familiar que había sido robado en Capital Federal. El hoy fallecido juez federal de Concepción del Uruguay, Héctor Neyra, los procesó por falsificación de documentación nacional de la propiedad de un vehículo.

Tanto la oposición como el Tribunal de Cuentas de Entre Ríos detectaron que Lenzi hacía hábiles maniobras para desviar fondos: depositaba cheques a nombre de la Imprenta Oficial, con su endoso, en una cuenta del Banco Aciso Cooperativo Limitado. En total llegaron a ser 72 los valores desaparecidos. Con el tiempo, Lenzi terminó procesado y condenado, aunque no cumplió prisión por los delitos.

Los diputados provinciales de la oposición Gabriel Ferro y Celomar Argachá cuestionaron una compra de alimentos saborizados realizada en abril de 1989 por el Ministerio de Bienestar Social con destino al programa Copa de leche. Hubo elevados intereses y la operación terminó costando cerca de seiscientos mil dólares. El arranque investigativo de los radicales motivó que varios de los auditores del Tribunal de Cuentas afinaran el ojo con respecto a las compras del Ministerio. Así fue como detectaron el armado de por lo menos seis empresas truchas para participar en las diversas licitaciones que se producían. El esquema tenía un denominador común: Baronetti era quien organizaba las operaciones. Cada licitación no bajaba de quinientos mil pesos y las maniobras se realizaban en conjunto con un empleado de la Dirección General Impositiva (DGI), radicado en Capital Federal. Poco tiempo después de la muerte del contador se conocieron algunos manuscritos comprometedores. Uno de ellos, encontrado en la casa del empresario Marcelo Salomón Magrán decía: "Ahí te mando los pliegos; presentate nomás que por el precio no hay problemas". Quien firmaba era "Luis", casualmente el segundo nombre de Baronetti, utilizado, según los investigadores, para no despertar demasiadas sospechas.

Nunca se pudo determinar cómo el escribano Rubén Calero se acercó al grupo. Era jefe de una de las tantas áreas del IAPV, tenía 49 años, cuatro hijos y era un hombre tímido. En su barrio se destacaba porque nunca tenía inconvenientes en anotarse para trabajar cuando lo necesitaban para solucionar algún problema. Y también era conocido por otro aspecto: muchas mujeres le envidiaban a su esposa Nilda los paseos que hacía del brazo con su esposo todos los días después de almorzar. Católico practicante, Calero tenía el estudio notarial en su propio domicilio, en Diamante 247 de Paraná, donde únicamente lo acompañaba una secretaria.

Hay quienes sostienen que el escribano no quiso permanecer impávido cuando se dio cuenta que por su narices transitaban montos siderales, sin control alguno, destinados a la construcción de cinco mil viviendas en Entre Ríos, como parte del plan firmado a mediados de 1989 entre el gobierno provincial, la Subsecretaría de Viviendas de la Nación y la CGT Regional Paraná, encabezada por el dirigente del gremio de trabajadores deportivos Pedro Comas. Los fondos, cercanos a los cien millones de dólares, eran administrados en la provincia por el Instituto Autárquico de Planeamiento y Vivienda (IAPV), donde Calero desempeñaba funciones desde fines de 1988. Otros investigadores señalan que la relación con el grupo se produjo casualmente, cuando el escribano concurrió, en febrero de 1991, al negocio de compraventa del prestamista paranaense Humberto Tórtul y conoció allí a Eduardo Gitano Romero y a Luis Lenzi, entre otros.

Calero acompañó a su cliente Gerónimo Ménguez, un peón rural de Estación Alcaraz, localidad ubicada en el departamento La Paz. El hombre le vendió al escribano un campo de 127 hectáreas y, a su vez, mantenía una deuda con el prestamista. Eran 36 millones de australes documentados en pagarés que Ménguez no pudo terminar de abonar, por lo que decidió desprenderse de la propiedad. Frente a esta situación fue que los dos fueron a dialogar con Tórtul. Los pagarés fueron devueltos a Ménguez por el escribano cuando se hizo el traspaso del campo y el prestamista se quedó con un Chevy.
-Tiene tres días para cancelar la deuda -le dijo Tórtul a Calero.

El escribano ingresó a la función pública luego de la victoria de Carlos Menem en la interna de ese año. Fue nombrado jefe de la Oficina de Escrituraciones del IAPV. Desde su lugar de militante comprometido apostó a la figura del caudillo riojano y en 1990 se jugó por la fórmula Augusto Alasino-Carlos Vairetti, en la interna provincial del PJ, en la cual resultó triunfante la dupla Mario Moine-Hernán Orduna. Calero mostraba orgulloso la fotografía que se había sacado junto al entonces vicepresidente de la Nación, Eduardo Duhalde, en oportunidad de un acto partidario desarrollado en Paraná, en apoyo a Alasino.

De excesivo bajo perfil, el escribano era considerado un hombre honesto y trabajador. Por eso fue que no dudó en trasladarse hasta la Casa de Gobierno cuando observó el manejo que hacía el arquitecto Walter Grand –presidente del organismo- de los fondos nacionales. Grand, apenas comenzaron a llegar las remesas para el desarrollo del plan CGT, convocó a las principales empresas de construcción de la provincia y armó un esquema de reparto por la cual ninguna -o casi ninguna- quedaría sin participación en las obras. No podía haber reparos al sistema: en todas las licitaciones –cerca de cincuenta- se presentaba una sola empresa, que de inmediato era beneficiada por el IAPV. Es decir, no hubo competencia entre las firmas y en todos los casos los precios que proponían rozaban el tope máximo fijado en los pliegos. Claro que, en política, los favores determinan algunos beneficios.

Calero concurrió por lo menos a dos despachos oficiales. Esos funcionarios se consultaron entre sí y le hicieron llegar un mensaje al escribano. "Te quedan dos caminos a seguir. O te sumás o bien te quedás afuera. Pero te callás la boca, porque está todo arreglado", le dijo una mañana por teléfono una alta autoridad del gobierno. Uno de los funcionarios con los que Calero conversó era el contador Baronetti, a quien había conocido unos meses antes ya que, en la estructura orgánica, el IAPV dependía del Ministerio de Bienestar Social.
-Pero es mucha plata la que se están robando -insistió el escribano.
-No te metás; en todo caso ya veremos cómo podemos arreglar con vos que, según me enteré, no andás muy bien de plata.
-Es verdad, pero a mí no me gusta esto...
-Quedate tranquilo; en política la mayoría de las cosas son así y hay que aceptarlas.

Calero demostró cierta resignación, pero no se quedó de brazos cruzados. Ingresó al sistema y, a la vez, empezó a fotocopiar cada documentación que transitaba por su despacho o que consideraba útil para demostrar el fraude que se estaba cometiendo. "En algún momento quizás me sirva", reflexionó. Lo que no tuvo en cuenta fue que aquellos funcionarios en los que confió advirtieron de la situación a determinadas personas y, por ende, comenzó a ser controlado. Un hecho ocurrido casi diez días antes de su secuestro pinta la situación:
-Disculpemé, doctor. Preciso que me firme aquí -le dijo un día a un alto funcionario del gobierno entrerriano, después de haber mantenido una reunión con él, en un despacho de la Casa Gris.
-¿Qué es esto? -preguntó el hombre sorprendido.
-Es una pavada, pero me exigen que lo haga. Tengo que llevar constancia de que entre tal y cual hora estuve aquí y no en otro lado. Usted debe firmarlo.
-¿Y desde cuándo es esto?
-Desde hace unos meses.
-¿Le hacen lo mismo a otros profesionales como vos?
-Que yo sepa...

Cuando Calero llegó a la conclusión de que algo raro estaba sucediendo, decidió entregar parte de la documentación que había recopilado a una persona de su confianza. Nunca creyó ni se enteró que lo iba a traicionar.

******

"Está desaparecido el escribano Calero. La información fue suministrada por su esposa". Eran las 7 del miércoles 5 de junio de 1991 cuando el jefe de Policía, Julio Luján González, le dio la noticia al ministro de Gobierno, Justicia, Obras y Servicios Públicos, ingeniero Hernán Orduna. El hombre fuerte del gabinete prácticamente no conocía al escribano, pero había una particularidad: la esposa del desaparecido, Nilda Bressán, trabajaba en un despacho que estaba a no más de diez metros de la oficina de Orduna, en un área que dependía del ministro. El Vasco tomó el caso en forma personal; el llanto de la mujer de Calero en esa mañana casi lo quebró.

La noticia provocó pánico entre los hombres del gobierno. Una semana antes, exactamente el 31 de mayo, el cabo de la Policía Vicente Ignacio Tarnowsky, oriundo de Coronda, fue asesinado a sangre fría en el Hospital Neuropsiquiátrico Antonio Roballos de Paraná, cuando tres individuos fuertemente armados, en un perfecto operativo comando del que participaron dos personas más, robaron 370 millones de australes destinados al pago de sueldos. Muchos de los funcionarios cercanos a Jorge Busti pensaron lo peor cuando se enteraron de la desaparición de Calero.
-¿Adónde tenía que ir anoche? -preguntó Orduna.
-Me dijo que iría a una reunión de la comisión de Viviendas del Partido Justicialista. Después vendría para casa -contestó Nilda.

La mujer llamó a la oficina de la dirigente paranaense Alejandra Abdala -que militaba en la misma línea de Calero-, poco después de las 7.45 de esa mañana. Calero y Abdala, además de ser amigos, eran vecinos.
-¿No se volvió con vos? -preguntó la esposa.
-Lo vi cuando entramos a la sede del PJ, pero fuimos a lugares diferentes. Yo participé de la comisión de reforma de la Constitución, que sesionó en la biblioteca, y Rubén se fue a la planta alta, al microcine. Allí se reunía Vivienda y Obras públicas. ¿No preguntaste en el hospital? -insistió Abdala.
-Ya hice todas las averiguaciones. Ahora me voy para la Policía.

En verdad, quien concurrió a la sede de la Comisaría Primera fue el hijo mayor del matrimonio, el joven Cristian Rubén Calero, a fin de solicitar la localización de su padre.
A las 8 de ese jueves 6 apareció abandonado el vehículo del escribano. Era un Peugeot 504, color crema, patente E-160674, que hacía no más de dos meses le había comprado al entonces director de Rentas de la provincia, Oscar Pacha Mori. El coche apareció detrás del Barrio Mosconi I, que estaba en construcción. El sereno del lugar fue quien pasó el dato. Le faltaba la batería, el estéreo y tenía manchas de sangre en el asiento trasero. La denuncia quedó radicada en la Comisaría Quinta de Paraná, ya que el vehículo fue encontrado en su jurisdicción.
-¿Quién tomó la causa? -preguntó Orduna a uno de sus colaboradores.
-El juez Vilarrodona y la agente fiscal Susana Medina de Rizzo.

Héctor Vilarrodona estaba en el Poder Judicial de Entre Ríos desde el 14 de julio de 1977, cuando cursaba el primer año de la carrera de Abogacía en la Universidad Nacional del Litoral (UNL) y decidió ingresar como escribiente. Tenía 23 años al momento de comenzar su carrera judicial, en plena dictadura. Primero estuvo junto al juez paranaense Rodolfo Pratti y luego colaboró con los magistrados Felipe Celli y Pablo De la Vega. Vilarrodona se recibió en 1982 y no habían pasado diez días desde la entrega del título cuando comenzó a realizar suplencias en Tribunales. En 1984 se transformó en secretario del Juzgado Correccional de Paraná, que estaba a cargo de Carlos Lloveras. En noviembre de 1987 recibió un llamado telefónico en su despacho. Del otro lado de la línea estaba el gobernador Sergio Montiel. "Quiero ofrecerle el cargo de juez de Instrucción; creo que está lo suficientemente preparado", le dijo. El mandatario radical era amigo personal de su padre, el oculista Carlos Vilarrodona. El joven abogado no supo qué responder. Por varios días sintió que el cargo le podía quedar muy grande. Recién había cumplido 34 años. Hizo varias consultas; al primero que acudió fue a Lloveras. "No tengo dudas de que puede desempeñarse correctamente como juez", lo alentó. El 4 de diciembre de ese año, luego de la aprobación de los pliegos en el Senado -donde el radicalismo tenía amplia mayoría-, asumió el cargo y pasó a ser el magistrado más joven de la capital entrerriana.

Susana Medina también estudió en Santa Fe. Hija de un suboficial retirado del Ejército, comenzó la Facultad en 1973 y terminó cinco años después. Entre sus compañeros se encontraba Mario Alberto Yedro, senador provincial del peronismo en los dos gobiernos de Jorge Busti. Cuando se recibió tenía 23 años y decidió capacitarse en Capital Federal. Durante casi cinco años trabajó junto al reconocido criminólogo Elías Neumann. Llegó en el momento justo al estudio del letrado: Martín Irurzun había sido nombrado secretario del Juzgado de Instrucción número 5 de Capital Federal y dejó un lugar libre. Apenas retornó a Paraná, a fines de 1983, fue designada abogada de la delegación local de la Asociación de Trabajadores de la Sanidad Argentina (ATSA). El dirigente Omar Duerto era, en esos días, delegado de la obra social y jugaba al fútbol en Atlético Paraná, el club donde el esposo de la abogada, el médico Ricardo Rizzo, era directivo. Rizzo, además, logró que Duerto comenzara a trabajar en la Clínica Modelo, que era considerada la más importante de la capital provincial y una de las principales de la región. A su vez, durante unos pocos meses, Susana Medina colaboró en el estudio notarial-jurídico de la familia Rodríguez Vagaría. Aceptó una suplencia en la Defensoría de Pobres y Menores y también fue nombrada docente de la Escuela de Oficiales de la Policía de Entre Ríos, donde permaneció hasta 1992: renunció el día en que dictó el procesamiento del entonces jefe de la fuerza, el inspector general (R) Eloy Fernando Heinze, quien se desempeñó durante la gestión de Mario Moine.

En mayo de 1988 fue requerida por el fiscal de Estado, Raúl Barrandeguy. Se conocían desde la época de la facultad. "Quiero que cubras el cargo de agente fiscal que quedará vacante", le señaló. El 3 de julio, Susana Medina asumió en esa función.
-¿Te parece que podrán hacer una buena investigación del caso de Calero? -preguntó esta vez el colaborador de Orduna.
-No tengo dudas. Fueron los que resolvieron el brutal crimen de la piba Sueldo, a manos de ese loquito de Rosembrock -contestó el ministro.

Ricardo Rosembrock -un personaje de Paraná, nazi confeso y allegado a la DEA norteamericana- fue condenado a catorce años de prisión por el horrendo asesinato de Ursula Sueldo, una joven de tan sólo 16 años a la que ultimó de un balazo en la frente en diciembre de 1989, en su departamento de calle Rivadavia, ubicado frente a la sede de la delegación paranaense de la Policía Federal.

*****

Pasaban los días y no había ninguna novedad en torno al paradero de Calero. La esposa del escribano recibió innumerables llamados telefónicos. Algunos eran para amenazarla a ella y a sus hijos; en otros le pedían dinero a cambio de información. El 7 de junio el Boletín de Prensa oficial emitió un comunicado consignando que el director del Boletín Oficial e Imprenta, Carlos Lenzi, solicitó licencia hasta que la Justicia se expidiera en la causa que le quedaba pendiente. En el gobierno había cierta intranquilidad. El 31 de mayo se cometió el robo comando en el Roballos y ese viernes 7 fue encontrado el cuerpo sin vida de un estudiante chileno, en aguas del arroyo Las Conchas, a la altura de la balsa que hace el cruce entre la zona de Paraná y la localidad de Villa Urquiza. Su muerte se habría producido por asfixia por inmersión unos días antes del hallazgo, por lo que estaba en avanzado estado de descomposición. La documentación personal del joven estaba protegida por un plástico, lo que permitió su identificación. Su apellido era Pérez Milian, tenía 26 años y estaba radicado temporariamente en La Plata, donde estudiaba. Lo que sorprendió fue que el joven salió con destino a Capital Federal, pero nunca llegó. También resultó extraño que nadie observó en qué momento se ahogó. Algunos investigadores especularon en alguna instancia con que, quizás, Pérez Milian pudo haber visto algo comprometedor en la zona. Precisamente en Villa Urquiza uno de los funcionarios de carrera del Ministerio de Bienestar Social de Entre Ríos se construyó una mansión de un día para otro y prácticamente lo tragó la tierra después del asalto al Roballos y el crimen de Calero. Un alto funcionario de Salud también tenía allí su casa de fin de semana y un complejo turístico.

Un día después se desarrolló en Concordia el Segundo Encuentro de las Jornadas Programáticas Provinciales del PJ. Hubo dos expresiones de solidaridad con la familia Calero: de la comisión interna de delegados del IAPV-ATE y del Colegio de Escribanos de Entre Ríos, que expresó su "profundo dolor ante los sucesos ocurridos en los que presuntamente ha sido víctima un agente de la fe pública".
-¿Usted cree que esta situación de Calero puede tener algún tipo de vinculación con hechos producidos en el organismo en el cual trabajaba? -preguntó un periodista de FM Capital a Walter Grand, presidente del IAPV, en la mañana del domingo.
-Pero usted no puede ser tan irresponsable con lo que dice. Cómo puede creer que
Calero está desaparecido por supuestas desprolijidades en el IAPV. ¡Esto es una barbaridad, que no tiene ningún tipo de asidero! -reaccionó el funcionario, quien concurrió a los estudios de la radio para explicar, junto al dirigente peronista José Félix Esquivel, las resoluciones adoptadas en el Congreso Programático del PJ. Tuvo que intervenir Esquivel para que Grand no se enervara aún más. El conocido arquitecto paranaense no ocultaba su nerviosismo por la situación de su subordinado, a punto tal que cometía graves errores. Dos días antes, en un programa del mediodía de LT14, sin querer reconoció, de alguna manera, que Calero estaba muerto.

Quien no soportó más la situación fue Eva Cristina Duarte. La noche del miércoles 12 de junio llegó hasta la Comisaría Quinta y pidió hablar con el titular de la repartición. Un agente del lugar que era conocido suyo la terminó de convencer cuando la mujer le relató parte de lo ocurrido. "Yo sé todo lo que le sucedió al escribano Calero. Quiero contarlo", le indicó al comisario Juan Manuel Ríos. El oficial no se animó a seguir avanzando. Llamó por teléfono al comisario inspector Carlos Reinaldo Wolff, que era el subjefe departamental de Paraná. Resultó extraño que la denuncia no quedara radicada allí y que Duarte fuera trasladada hasta la Comisaría 11, donde sí se hizo un escrito formal. El titular de la repartición era el comisario César Villalba. Al parecer, había una interna entre Ríos y Wolff, cuyo hombre de confianza era Villalba. Recién en horas de la madrugada el jefe departamental de Paraná, comisario general Oscar Ignacio Taborda, se enteró de lo ocurrido con el testimonio de Eva Duarte, cuando Wolff acudió personalmente a su domicilio particular. De allí en más, el policía no pudo seguir durmiendo.

En los últimos dos meses era casi habitual la presencia de Duarte en las oficinas del IAPV. Por el único que preguntaba era por Calero. Las conflictivas situaciones que se generaban cuando algún empleado le negaba el ingreso eran conocidas en la repartición porque Eva no se callaba y era capaz de patear los escritorios para lograr su cometido. La mujer y Calero se habían conocido unos meses antes, a raíz de una conflictiva situación producida en el Barrio Paraná XIII. Eva Duarte intrusó una casa, se apoderó de ella y Calero se ocupó del caso.

*****

Cuando faltaban dos días para la reunión en el PJ, una persona a la que conocía muy bien se le acercó y le dijo: "Eva, preciso que el miércoles me lo saques a Calero de un encuentro que va a haber en el partido. Nosotros sabemos de tu buena relación con él. Sucede que está haciendo algunas macanitas y precisamos pegarle un susto. Vos lo sacás, lo llevás hasta un lugar que te vamos a indicar y te ganás unos pesos. ¿No hay problemas?". Duarte asintió con la cabeza. Con diez hijos a cuestas, la mujer siempre le estuvo peleando a la vida. En su cabeza, por muchos años, cada trabajito fue equivalente a un dinero para poder dar de comer y vestir a sus pequeños. "Si es un laburito más, no hay inconvenientes. Porque yo al escribano lo quiero, ¿sabés?", le indicó. "Quedate tranquila", le acotó su interlocutor.

Esa noche, Eva Duarte acudió hasta Calero y fue directo con el mensaje: "Rubén, Susana quiere hablar con vos. Tiene un problema grave". Duarte se refería a una joven de unos 25 años a quien Calero había conocido y con la que quedó fascinado. La chica, que vivía en el Barrio 33 Orientales de Paraná, estudiaba y no conseguía trabajo, por lo que el escribano se ofreció a ayudarla. Unos días antes del secuestro, Calero recibió en su despacho un mensaje de la joven: "Gracias por las rosas", decía. Duarte y Susana se conocían; eran amigas, pero la joven nunca precisó en forma urgente de Calero en esa noche del 5 de junio.

"A ver señora, cuénteme lo que sucedió", arrancó Wolff, a puertas cerradas, en una oficina de la comisaría. Había transcurrido exactamente una semana desde el día de la desaparición de Calero.
-Perdón, señora. ¿Por qué recién hoy se decidió a venir a confesar lo ocurrido?
-No podía dormir. No podía con mi conciencia, porque yo estuve allí. Y me terminaron de convencer de lo que debía hacer las palabras del comisario Taborda, en LT14, cuando rogó a los oyentes que aportaran cualquier información sobre el paradero del escribano.

En principio Wolff tuvo dudas respecto al testimonio que estaba escuchando pero, a medida que la mujer fue relatando los hechos, se dio cuenta que la historia iba cerrando.
-Me encontré por casualidad con el escribano Calero y se ofreció a llevarme a mi casa. A partir de allí comenzó una historia terrible. No vine antes porque tenía miedo, pero estoy preocupada porque escucho por la radio que ya son varios los días que pasan y Calero no aparece...
-Usted me dice que se encontró casualmente...
-Así es... -remarcó Eva, quien en ningún momento quiso reconocer que, en verdad, había ido a buscarlo a Calero a la sede del PJ.

Según su relato, la mujer estuvo en el edificio del Partido Justicialista hasta las 21 ó 21.30, aproximadamente. Se quedó en la puerta a charlar con unos amigos y se retiró caminando junto con otras personas hacia calle Gualeguaychú para luego doblar por Monte Caseros en dirección a la Plaza de Mayo, donde pensaba tomar el colectivo. Al llegar a Gualeguaychú y Monte Caseros pasó Calero en su coche, se acercó al grupo y todos lo saludaron. "¿Arrimo a alguien?", dijo Duarte que preguntó. Ella fue la única que ascendió al auto. Transitaron por calle Monte Caseros, luego España y después doblaron por Italia (o Santa Fe) hasta 25 de Junio. Fue en la intersección con Mendoza cuando se les cruzó un automóvil Torino, color blanco.

Del coche bajó un individuo corpulento que vestía un cárdigan. Se acercó al auto y le dijo a Eva: "Te callás la boca". La mujer no entendía muy bien, en ese instante, cuál era su rol. De alguna manera estaba algo arrepentida. Pero no podía echarse atrás.
-¿Por qué no nos dejan seguir? -pidió.
-Quedate tranquila; está todo tranquilo -intercedió Calero, demostrando que no desconocía quiénes eran los individuos.

"Bajate del auto", le ordenó el hombre y Duarte se negó. Entonces la agarró de los pelos y le dijo casi al oído, con los dientes apretados: "Bajate, quedate en el molde y no grités. Vos sabés muy bien cómo es esto". Mientras, le hacía señas para que fuera a la parte trasera del Peugeot. En ese momento Calero y la mujer pudieron ver claramente que el individuo tenía una pistola calzada en la cintura y una escopeta corta escondida debajo del cardigan.
-¿Adónde vamos, Ruso? -preguntó Calero, después de que el hombre se acomodara en el asiento delantero.
-Vos marchá que yo te indico.
-¿No la podemos hacer bajar a Eva? -insistió Calero.
-Acá el que manda soy yo.

El Ruso levantó su mano y le hizo otra seña al Torino blanco que estaba justo debajo del foco del alumbrado público. La cara del conductor era conocida: se trataba de Eduardo Emilio Gitano Romero, ex jefe del denominado Comando Paraná, brazo armado del gobierno de Enrique Tomás Cresto durante la década del '70.

Al pasar el puente de calle Laprida, el Ruso hizo detener el auto y se volvió a bajar. Se puso al volante y ubicó a Calero en el lugar del acompañante. El coche continuó su curso.
-¿Podemos hablar con tranquilidad? -inquirió el escribano.
-Mirá Calero, precisamos urgente la plata, los cheques y las planchas. Sabemos que depende de vos todo eso.
-Yo preciso que me esperen unos días; tengo que hablar con una persona primero. ¿Quién dijo que depende todo de mí?
-No te hagás el zonzo, que nosotros sabemos muy bien cómo son las cosas...

Siguieron por calle Larramendi y llegaron a un predio ubicado detrás de la conocida fábrica de portland. El portón ya estaba abierto, como si la escena se hubiera preparado previamente. Ingresaron unos cincuenta o sesenta metros hacia la oscuridad. Detuvieron el vehículo, descendió el Ruso y le ordenó a Calero que bajara. Se alejaron un poco y el hombre comenzó a exigir cosas nuevamente.
-¿Vos no entendés que es urgente, que nos tenemos que ir a la mierda de acá antes de que se pudra? -remarcó, casi a los gritos.
-Entiendo perfectamente, pero me tienen que esperar...

Cuando la escena comenzó a ponerse violenta, Duarte decidió bajar del auto. "¡Ruso, dejalo en paz a Rubén. Si vos querés una mujer teneme a mí, pero no lo golpees a él así!". El Ruso no soportó más los gritos de Eva, se dio vuelta y le aplicó una trompada. Cuando la mujer se levantó e intentó golpearlo con uno de sus zapatos, el Ruso le volvió a pegar y la terminó mandando al coche. "Me tienen podrido", dijo, con cierta furia. Buscó en el bolsillo de su campera, sacó una navaja y volvió a avanzar contra Calero. Cuando el escribano intentó reaccionar, el Ruso ya se la había incrustado en el pecho.

Duarte intentó socorrerlo, pero el individuo no se lo permitió. "Lo único que me queda es escaparme, porque ahora me toca a mí", pensó por un instante. Le pareció ver un callejón y buscó ganar ese lugar. Cuando el Ruso se dio cuenta hizo un chiflido de alerta y bajó la orden: "Tuyan, se escapa". Se refería a Tuyango, otro de los partícipes del esquema, que hasta ese momento no había aparecido en escena. Era más joven que el primero, de contextura delgada. La atrapó y la introdujo en el asiento trasero del auto. Alzaron al escribano y lo ubicaron en el mismo lugar.
-¿Cómo estás, Rubén? -preguntó Eva, mientras trataba de limpiarle la sangre de la cara.
-Me preocupa la herida del pecho -alcanzó a decirle, sin dejar de apoyar una de sus manos en la zona, que no dejaba de sangrar.
-¡Qué le hiciste, hijo de puta! -le gritó Eva al Ruso, que iba al volante, mientras lo agarraba de los pelos.
-Quedate tranquila; no va a pasar nada -trató de contenerla Calero.

Salieron con el auto marcha atrás ya que no había lugar para dar vuelta y Romero los siguió con el Torino. Al llegar a las vías se dirigieron como para ir al lugar de los trenes, pero no pudieron detenerse por la presencia de gente pescando. Dieron marcha atrás y subieron en sentido contrario. El Ruso le puso un adhesivo en la boca a Duarte, para que dejara de gritar. "Si seguís así, no tengas dudas que te voy a matar", la amenazó.

Pasaron frente a una Comisaría pero no se alcanzó a ver a nadie. Siguieron un trecho más y recién pararon frente a la fábrica de portland; a la altura del paredón donde habitualmente se pesca.
-¿Qué pasa que no vienen los muchachos? -preguntó Tuyango.
-Hay tiempo; ya tienen que venir.

El Ruso abrió la puerta, tomó a Calero que estaba prácticamente sobre la falda de la mujer y lo sacó de espaldas. Duarte le retiró la venda de la boca y le dijo que les diera lo que le pedían. "Quedate tranquila, a todos les llega su fin", contestó el escribano, como previendo el desenlace de la situación. Cuando el Ruso lo levantó, Eva lo interrumpió y le dijo: "No seas hijo de puta, dejalo acá; no lo llevés, yo lo puedo curar; si tenés que matarlo, matanos a los dos". No transcurrieron más de tres minutos cuando se empezó a escuchar a una embarcación costeando la orilla del río, como viniendo del lado del puerto. Detuvo la marcha cerca de una columna de cemento. En la lancha venían dos personas: Luis Chiro Lenzi, que manejaba y en ningún momento se bajó- y otro individuo que llevaba puesto un pasamontañas bien adherido a la cara, a quien llamaron Juanca. Sólo se le veían los ojos, la nariz y la boca. Se bajó y preguntó: "¿Y ésta quién es?", refiriéndose a Duarte. Calero estaba acostado en el suelo, sobre una manta que sus captores desplegaron.
-¿Por qué no me llevan a mí? -volvió a preguntar Eva.
-Vos quedate en el molde si no querés ser boleta -contestó el Ruso, extrayendo la pistola de su cintura.

Entre los tres llevaron a Calero a la rastra. El restante trasladó un bulto que segundos antes fue retirado del baúl del Torino. Duarte intentó acompañarlos. Cuando se aproximaron a la lancha recién pudo reconocer a Lenzi. Fue cuando se encontró con otro golpe en la cara que la dejó un poco atontada durante unos minutos.
-Por última vez te lo digo: ¡Me vas a decir donde están los papeles, los dólares y las planchas! -gritó desaforado el Ruso, quien le pasó por el cuello un elástico y lo fue ajustando lentamente, a modo de torniquete, con una pequeña rama.
-Les pido que me esperen, muchachos... -alcanzó a decir Calero, casi sin aire, entre sollozos y sin dejar de tomar la mano de Duarte.

Calero tuvo una especie de desmayo antes de que lo subieran a la lancha. En ese momento Romero descendió por primera vez de su Torino y se acercó a la escena.
-¿Por qué no me llevan a mí, Gitano? -preguntó Duarte.
-Quedate tranquila, Negra, que no te va a pasar nada. Vos ya cumpliste con nosotros.
A la media hora regresó la embarcación. "El paquete ya está", dijo el Juanca.
-¿Y Calero? -insistió la mujer.
-Quedó en otro lugar. Mañana lo vas a ver -contestó el Ruso, quien descendió junto al Tuyango. Lenzi y Juanca partieron nuevamente con la lancha. Duarte fue subida al Torino y volvieron al radio céntrico. El auto de Calero fue dejado en la zona. Regresaron por el mismo camino por el que habían ido: Patagonia, Cervantes, Mendoza hacia el cementerio y Perú. Duarte creyó que la puerta estaba trabada, pero no era sí. En Perú y Courreges la abrió y se tiró del auto. Se escondió en un edificio y no pudo ser encontrada por los hombres, que volvieron a pasar varias veces con el auto por el lugar.

No transcurrieron más de tres días hasta que le llegó el mensaje de que Romero quería hablar con ella a solas. El Gitano la esperó en cercanías del puente de calle Don Bosco; estaba dentro de un Falcon de Salud Pública.
-Negra, olvidate de lo que pasó.
-Ya me olvidé.
-Te diste cuenta que te ayudé esa noche. Caso contrario no te podrías haber bajado del Torino. Me debés la vida.
-Pensé que podrías haber sido vos.
-¿Encontraste la plata que te tiré?
-Encontré algo...

Cuando a los pocos días la Policía y la agente fiscal Medina de Rizzo lo fueron a buscar a su domicilio de calle Italia, Romero recién se dio cuenta que, a veces, la plata no lo puede todo. Fue el momento en que empezó a odiar a Eva Cristina Duarte; pero ya era tarde para arrepentimientos o coartadas.
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