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 -  tiempo  44' 47" - 17847 Visitas Capítulo XII: El día del voto
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Del Real, el hombre del "voto por la negativa".
Félix Del Real se sentía el centro de la escena. Tenía una parte de la plata y no demostraba demasiada intranquilidad. Mientras en el bloque del PJ había un alboroto incesante por el juicio político, el Laucha se la pasaba en su oficina, encerrado. “Quiero volver a las fuentes”, comentaba, mientras leía el libro Los soldados de Perón, del escritor norteamericano Joseph Page, publicado en los inicios de la década del ochenta. En el despacho no estaba solo; siempre lo acompañaban su secretario privado, Jorge Coco Marchetti -también oriundo de Colón- y su otro ladero, Armando Repetto (sigue).
Félix Del Real se sentía el centro de la escena. Tenía una parte de la plata y no demostraba demasiada intranquilidad. Mientras en el bloque del PJ había un alboroto incesante por el juicio político, el Laucha se la pasaba en su oficina, encerrado. “Quiero volver a las fuentes”, comentaba, mientras leía el libro Los soldados de Perón, del escritor norteamericano Joseph Page, publicado en los inicios de la década del ochenta. En el despacho no estaba solo; siempre lo acompañaban su secretario privado, Jorge Coco Marchetti -también oriundo de Colón- y su otro ladero, Armando Repetto.

Marchetti fue empleado del Banco de Entre Ríos hasta la privatización y luego se convirtió en la sombra de Del Real. “Le hace las cosas y le baja línea todo el tiempo. Es el que le maneja todo al Laucha”, señalan quienes lo conocen. También es quien le mueve las cuentas del Bank Boston o el Scotiabank Quilmes. Y quien se ocupa de atender los reclamos de los hijos de los dos matrimonios del diputado o del otro hijo que vive en Córdoba y alguna vez tuvo un contrato en Acción Social, en el segundo mandato de Jorge Busti.

Los tres no dejaban de hablar por teléfono con el Gorila Jourdán y el senador Eduardo Cinto. “Esto viene de Busti y yo no pienso hacerle el caldo gordo al Conejo”, repetía Del Real a cada momento. No obstante su posición crítica, el jueves 11 de abril participó de la reunión del bloque, después de que se lo reclamaran sus pares Orlando Engelmann, Carlos Fuertes, Héctor Alanis y hasta el propio Angel José Allende. Los que más le insistieron fueron Fuertes y Allende.

Durante el encuentro casi no habló, pero sí se despachó después con Engelmann y Fuertes. Les dijo que se sentía “mal” y que se estaba por tratar “un tema de características históricas y muy delicado”. Y les acotó: “Es un desastre que todos seamos víctimas de una pelea entre caudillos, que pretenden mantenerse en el poder y es absurdo que todos los entrerrianos seamos manipulados de esta manera. A mí me da asco esta situación y no sé si voy a votar a favor”.
-Nosotros te pedimos que hables con el Pato Urribarri- le requirió Fuertes, con quien lo unía una relación de amistad de mucho tiempo.
-No tengo problemas.
Del Real lo llamó por teléfono a Urribarri y le expresó su preocupación.
-No seas boludo, Laucha, no quemés las naves- le aconsejó el concordiense.
-Están las escuchas telefónicas que tiene el gobierno, Pato, donde aparece clara la conspiración bustista. A mí ya me lo contó todo Guiffrey. Me dijo que ya se están repartiendo los cargos; que el nuevo gobierno va a instalar otra Ley de Emergencia para reducir el treinta por ciento de la masa salarial; se van a eliminar los adicionales de los empleados públicos y se va a aprobar la impresión de trescientos millones de bonos federales. Y detrás de todo esto está Jorge Busti.
-No me podés decir esas cosas, son boludeces. No te podés dejar engañar así.
Del Real se dio cuenta de que no lo tomaban en serio. El diálogo no avanzó más. El viernes 11 a las ocho de la mañana ya estaba en su despacho, junto con Marchetti.
-¿Van a la reunión de bloque que hay ahora?- preguntó una secretaria.
-No, el Laucha está muy estresado- respondió Marchetti, a la vez que le hizo una confesión: “Anda con algo de taquicardia y tuvo que tomar mucho Atenolol”. El remedio es para bajar el ritmo cardíaco. “Y vos sabés que se tiene que cuidar mucho”, le añadió, haciendo alusión a los tres by pass que tiene el diputado. “Está muy presionado, así que va a apagar los celulares, va a buscar a su novia y piensa desaparecer de Paraná. No lo van a poder encontrar”, agregó. Todos creían que el legislador se iba a Colón. Sólo algunos sabían que tenía que ir a un encuentro clave al otro día, en una quinta cercana. Engelmann se enloqueció cuando se enteró que Del Real no iba a participar de la reunión de bloque. “Llámenlo ya; no puede faltar”, ordenó. A las 10.30 llegó Urribarri y dio otra directiva a su secretaria: “Decile al Laucha que si no aparece en la reunión, no va a poder aparecer por ningún lado”.

***

La opinión pública se sorprendió cuando conoció que la Comisión de Juicio Político había emitido el dictamen de mayoría, de cuarenta y dos carillas, denunciando al gobernador en siete puntos concretos:

-Omisión de remitir al Instituto de Obra Social de la Provincia de Entre Ríos (IOSPER) el aporte legal de los agentes públicos. "Esta situación, que se empezó a producir a partir de agosto de 2001, motivó que la principal obra social de la provincia, que asiste a más de doscientos mil entrerrianos, se haya declarado en situación de emergencia y riesgo sanitario desde septiembre de 2001. Si el demandado (por Montiel) logró disponer de fondos liberados para afrontar el pago de liquidaciones de los haberes de agosto de 2001, y éstas incluían los aportes personales y patronales correspondientes al IOSPER, inevitablemente debió prever e indefectiblemente concretar el oportuno depósito".
-Mora en remitir los Aportes del Tesoro Nacional (ATN) a los municipios. "La tercera remesa de ATN, que da lugar a la denuncia, llegó el 4 de octubre de 2001 por un importe de dos millones de pesos con destino a veinticuatro municipios. Según el informe de la Tesorería General, estos fondos, cuyo destino se encontraba particularmente especificado, fueron transferidos a los municipios correspondientes entre el 22 de noviembre y el 12 de marzo últimos. El desvío y uso de esos fondos para otros fines es responsabilidad única del gobernador".
-Mal desempeño frente a los hechos del 20 de diciembre, con relación a la labor de la Policía de Entre Ríos. "La Policía de Entre Ríos, conducida por el gobernador de acuerdo con el artículo 134 de la Constitución provincial y la ley orgánica número 5.654, desempeñó en los hechos del 20 de diciembre de 2001 un rol reñido con el cumplimiento de sus deberes y el respeto a la ley. Está acreditado que la Policía estuvo bajo las órdenes del ministro de Gobierno y del gobernador". Cabe recordar que de resultas de la acción policial represiva, fueron matados dos niñas y un joven.
-Mal desempeño por la crisis y el colapso del servicio público de salud. "El gobierno debió obrar con la diligencia debida adoptando planes de inmediato para hacer frente a la emergencia, decidiendo un profundo replanteo de los gastos en orden a la preservación de uno de los valores principales por los que debe velar el Estado: la salud de los entrerrianos. No fue así, sino que ante la inacción de un cambio de rumbo que el gobernador no supo resolver se acentuaron las carencias de medicamentos e insumos hospitalarios hasta llegar a la difícil realidad".
-Mal desempeño en la administración de los fondos de la ley de asistencia social. "Durante el período comprendido entre enero de 2001 y febrero de 2002 se recaudó la suma de 23.531.218 pesos, mientras que en idéntico período se abonaron 9.509.738 pesos en concepto de beneficios de pensión ley 4.035. Al momento se encuentran impagas, sin ningún tipo de explicación, a personas indigentes, y sin que se haya podido explicar el destino real de lo recaudado, las pensiones ley 4.035 correspondientes al medio aguinaldo de 2001 y a los meses de enero, febrero y marzo de 2002. El último pago se realizó el 15 de marzo de 2002 y correspondió a diciembre de 2001".
-Mal desempeño en la implementación del régimen de jubilación anticipada. "Con esta herramienta a su disposición, el Poder Ejecutivo provincial está en condiciones de jubilar a cuantiosos miembros del Poder Judicial y, acto seguido, nombrar a nuevos miembros enrolados todos en lo que se ha llamado la mayoría automática".
-Mal desempeño en la capitalización de Líneas Aéreas de Entre Ríos (LAER) y del Instituto Autárquico Provincial del Seguro (IAPS). "Las decisiones de aportar capital y cubrir el déficit operativo de estas empresas han sido cuestionadas por la oportunidad en que fueron adoptadas".

Sergio Montiel respondió a las acusaciones amparándose en la situación de crisis de la Argentina, hecho que, a su entender, volvía imprevisible la obtención de recursos. Afirmó también que su administración ya no se encontraba en mora con relación a la entrega de ATN a los municipios y destacó que ya estaba al día con los aportes a la obra social. Pero el borrador que tenía a su lado era más crudo que el contenido de sus respuestas.

El atraso de los salarios en la provincia y los municipios produjo un efecto dominó sobre el resto de la economía y la llegada de los bonos federales -a fines de 2001- había atenuado un poco la crisis, pero los comerciantes, especialmente, se iban encontrando con graves dificultades para adquirir productos en otras provincias. El problema también alcanzaba a los padres de estudiantes instalados en otros distritos, muchos de los cuales ya empezaban a pensar en el retorno, puesto que se hacía imposible sostener una carrera. El cambio de bonos por pesos era casi inexistente y la devaluación ya se iba perfilando. Las estaciones de servicio, las empresas telefónicas y de gas, al igual que las farmacias o supermercados, recibían federales a cuentagotas, porque sus proveedores no se los aceptaban.

No se disponían partidas para hospitales ni centros de salud, los enfermos no tenían remedios y las deudas con los comedores escolares eran cada día más abultadas. No había para darle de comer a los niños pobres ni a los indigentes que vivían de la solidaridad, que cada vez eran más en iglesias, parroquias o vecinales. El salario se depreciaba y los precios subían. La Caja de Conversión creada por el gobierno no disponía de Lecop suficientes para cambiarle a los comerciantes, que ya protestaban por las demoras, como así también por los privilegios hacia firmas amigas del poder. Si bien el gobierno hizo gestiones para que las letras pudieran circular en otras provincias y fueran reconocidas como moneda de pago por la Nación, ello nunca ocurrió. Los opositores le exigían a cambio a Montiel que redujera gastos superfluos, pero esas reformas jamás estuvieron a la vista, pese a las reiteradas promesas.

El Estado provincial recibió en marzo una coparticipación menguada y vio reducidos a la mitad sus ingresos propios, por lo cual apuró un reclamo a la Legislatura para que autorizara la emisión de doscientos millones más de federales, pero la crisis política postergó tres sesiones en el Senado y los bonos no fueron autorizados en esos días. Porque el clima de revancha y apatía a las medidas de Montiel era casi el mismo que ya existía en Diputados. El viejo caudillo también había perdido el poder en el Senado y era algo que no lo dejaba dormir. Sabía que si pasaba la sesión de Diputados de ese martes 16, tenía los días contados en el sillón de Urquiza. "Vienen por más, vendrán también por los intendentes y concejales, por todo lo que sea institucional, porque en el fondo son nazifascistas que quieren instalar un orden vertical y totalitario", seguía advirtiendo Montiel.

*****

Recién cerca de las doce del viernes las secretarias de Del Real se pudieron comunicar con Marchetti, quien les pasó con el diputado. “Decile que me diste el mensaje, Patricia, pero estamos llegando a Colón, vamos a comer un asadito y la voy a buscar a la Flaca”, le señaló. El asado había sido organizado el día anterior con Jourdán y Cinto.
Sin dejar que se cortara la comunicación, Marchetti volvió a tomar el celular y pronunció el mensaje para los compañeros: “Cualquier cosa, regresamos el lunes. El Laucha está muy nervioso y hay que cuidarlo. Que no jodan”.

El apodo no era en vano. Del Real era un hombre que podía jurarle amor eterno a varios referentes a la vez y, a la hora de las definiciones, fugarse escondido, envuelto en una campera. Fue sodero en sus inicios, en la ciudad de Colón, donde nació en 1952. De joven decidió probar suerte en La Plata, como estudiante universitario, pero nunca avanzó. Se encontró con que la dictadura era fuerte en esos días de la década del setenta y se salvó de caer preso más de una vez. No dudó en regresar a Colón y empezar la carrera política, a partir del retorno de la democracia. “Yo voy a ser intendente”, vaticinó y se puso a trabajar con ese objetivo.

En 1986, junto a otros dirigentes de la ciudad -Jorge De la Calle y José María Ramat, entre otros- visitó a Jorge Busti, entonces al frente de la Municipalidad de Concordia. De la reunión surgió una decisión unánime: “Busti gobernador y Del Real intendente”. Tenía admiración por el Conejo, pero no dudó en cambiar de barco cuando Mario Moine gobernó la provincia. Por eso se transformó en un intrascendente director de Turismo, detrás de Juan Carlos Guarneri. Pese a que tres años antes le había jugado en contra, se volvió a alinear con Busti y retornó a la comuna en 1995. Pero se le cruzó un grave problema de salud. Ya electo intendente, debió ser intervenido en el sanatorio La Entrerriana de Paraná, donde le hicieron un triple by pass que le salvó la vida. Por meses estuvo en lenta recuperación. En 1998, ya separado de su última mujer, la actual secretaria de Turismo, Silvia Vallory, con quien tuvo dos hijos (tiene seis en total) enfrentó el veredicto de las urnas como precandidato a diputado, ante su rival de siempre, Rubén Adami. Ni la estructura logró que Del Real pudiera ganarle al concejal en Colon ciudad y solo le arrebató el escaño con doscientos treinta votos de diferencia en el departamento, a pesar de la ayuda del propio Busti. Los constantes cruces de vereda, el acercamiento a Celeste Pérez en la interna frustrada de abril de 2001, el coqueteo con hombres del alasinismo y su virtual alejamiento de Busti, lo transformaron en moneda de cambio permanente. Para colmo, el actual intendente Mariano Rebord -quien fue por fuera de las estructuras partidarias- era su ex vice intendente y Adami es ahora secretario de Acción Social.

Del Real no apareció el lunes en la Legislatura, tal como había adelantado. No era para menos: recién partió el sábado a la noche hacia Colón. Pero hubo quien lo vio en la noche del lunes, en su auto, junto a Marchetti y Jourdán, por calle Catamarca, cerca de su vivienda. Esa misma jornada, al mediodía, Del Real, Jourdán y el senador provincial Diego France (Alianza-Colón) fueron observados en la casa de Guiffrey, en Villa Elisa. Después de ese encuentro viajaron a Paraná.

El martes 16 era la sesión y a Del Real lo buscaba todo el mundo. “No, a la mañana no va a ir, porque está de reuniones”, le informó Marchetti a las secretarias. Urribarri se comunicó por lo menos diez veces a su oficina. También llamó Guiffrey. “Tengo que hablar con él antes de que ingrese al recinto”, le advirtió a la recepcionista.

El Laucha se quedó en su casa. En realidad, no tenía nada que hacer en la Legislatura. Al único que atendió del bloque del PJ fue a Allende, cuando lo llamó por teléfono y le pidió que se reuniera con los miembros de la bancada antes de la sesión. Pero no le dio importancia al pedido de su socio.

En Diputados ya se percibían movimientos extraños. Algunos empresarios de Paraná se sorprendieron por determinados llamados de hombres clave del gobierno, pidiendo dinero en efectivo como anticipo para futuros negocios. Cerca de las once trascendió una directiva del Poder Ejecutivo a la Jefatura Central de Policía: disponer de una custodia a la familia de Del Real en Colón. Nadie sabía por qué.

Los movimientos también se producían, con la misma velocidad, en ámbitos de la Presidencia de la Cámara de Diputados. Cerca del mediodía, el senador provincial Jorge Campos se sorprendió con el contingente que se apareció en su oficina. Montiel se enteraría casi al instante del encuentro porque cuando los visitantes llegaron a la puerta se encontraron con Hugo Doval, del IAFAS, que salía en ese momento. Su misión, por expreso pedido del gobernador, era que Campos cambiara de parecer con respecto a su figura.

Fueron ocho personas las que ingresaron al despacho de Campos: los diputados Julio Rodríguez Signes, Hernán Burna, Ana D’Angelo y Santiago Reggiardo; los senadores Juan Ghiano y Jesús Liberatore, al igual que los dirigentes Fabián Rogel y Humberto Raúl Varisco. Después se sumaría el diputado Adolfo Lafourcade, que llegó un poco tarde. El propósito de la visita era ofrecerle la Gobernación a Campos, porque estaban convencidos que Montiel iba a ser suspendido en la sesión de esa noche. El legislador agradeció la deferencia, pero les dijo que había una instancia constitucional que primero tenía que cumplirse.
-¿Usted está dispuesto a hacerse cargo de la Gobernación?- le preguntó, concretamente, Humberto Varisco.
-Yo no les puedo decir nada. Están los pasos constitucionales. Además, el vicegobernador es quien tendría que asumir en un caso así.

A Campos no le disgustaba la idea de asumir al frente del Poder Ejecutivo, pero era un hombre respetuoso de la Constitución. Además, sabía que el día anterior el vicegobernador Edelmiro Pauletti se había reunido con los principales referentes de su confianza, de Gualeguaychú, su ciudad de origen. El encuentro fue para analizar la situación política de la provincia y la posible suspensión de Montiel e incluso se llegaron a repartir cargos. Campos hasta sabía que existía, ya redactado, el borrador del acta de la entrega del gobierno.

La relación con Pauletti era sólo formal. El senador fue el único hombre del oficialismo que pidió públicamente -e incluso a través de un proyecto de resolución- que se investigara hasta las últimas consecuencias el atentado que el vicegobernador sufrió en su casa familiar, en enero de 2002, cuando le arrojaron dos bombas molotov en los jardines. No obstante, Campos nunca recibió siquiera un llamado de Pauletti cuando el legislador fue puesto en la mira del gobierno e instrumentó toda una operatoria en su contra a través de los voceros de prensa.

*****

Del Real recién apareció por su despacho en las primeras horas de la tarde. A la siesta había recibido una amenaza telefónica. “Ya vas a ver lo que te va a pasar si no votás a favor del juicio”, le advirtieron, según denunciaría luego. Por eso fue que les ordenó a sus hijos que no permanecieran en su casa. Apenas llegó a Diputados, Allende, Alanis y Ferro hablaron de inmediato con él. “Nos dijo que nos quedáramos tranquilos, que nos iba a acompañar con su voto”, relataron luego ante algunos diputados. Pero no participó de la reunión del bloque y ni siquiera se quedó en su oficina. Urribarri lo llamó a Jorge Busti, que estaba en plena sesión del Senado, para imponerlo del tema.
-Jorge, el Laucha no quiso ir a la reunión- le indicó.
-¿Y entonces?
-No sé, el Tito Alanis se ofreció para ir a buscarlo y llevarlo al recinto.
-Bueno, teneme al tanto de la situación.

Del Real se pasó buena parte del tiempo con su amigo Jourdán, en la oficina de Eduardo Cinto. El Gorila le insistió todo el tiempo con la conspiración bustista.
-Vos, Félix, podés dudar que ésto sea así, porque están en el medio y lo sufriste a Montiel en el ’83, cuando fuiste intendente. Pero te aseguro que la conspiración existe-le remarcó, sabiendo, obviamente, cómo iba a votar el Laucha.
-¿Te parece que fundamente mi voto?- preguntó.
-No seas boludo. Si lo fundamentás se van a levantar los compañeros y te van a dejar sin quórum. Lo que tenés que hacer es votar sin dar ninguna explicación.
-Pero la gente va a querer saber el porqué de mi posición...
-Después llamás a una conferencia de prensa y decís lo que pensás.

A las 17.55 de ese martes, Del Real fue visto salir del bloque radical. Había ido a hablar con Guiffrey y Troncoso para asegurarse de la situación. Casualmente, fue observado por dos colaboradores de Jorge Busti que estaban en los pasillos. Incluso uno de ellos lo encaró.
-¿Todo bien, Laucha?- le preguntó, sorprendiéndolo.
-Está todo bien.

Nervioso, no dijo una palabra más y apuró el paso para llegar a su oficina, después de subir la escalerita. Pasaron no más de cinco minutos hasta que se produjo el ingreso a la Legislatura del oficial Ruhl, de civil, junto a once hombres de la Policía. Quedaron escondidos en las escaleras, tomando mate. A las 18.15 abrieron las puertas para que pudieran entrar los adeptos a Montiel. Muchos habían llegado desde distintos lugares de Paraná Campaña, liderados por el presidente de la Junta de Gobierno de Tezano Pintos, Tito Ardaist. La zona de barras quedó ocupada por militantes radicales y funcionarios de segunda línea, aunque los pasillos estaban cubiertos de colaboradores directos del gobernador. “Muchos andaban armados, por temor a lo que pudiera pasar”, confesó una alta fuente.

Cerca de las 17.30, el ministro de Gobierno y Justicia, Enrique Carbó, se trasladó hasta el despacho de Montiel. A los pocos minutos, los dos, acompañados por Miguel Rettore, se dirigieron por el pasillo hacia el Ministerio de Gobierno. Luego de que Carbó le avisara por el crono que ya estaban en el despacho, el fiscal de Estado, Sergio Avero, subió rápidamente. Montiel se volvió a la Gobernación y en las dependencias de Carbó quedaron unas veinte personas. Entre ellas, además del ministro, se encontraban el fiscal Avero; el titular del IAFAS, Pablo Bertellotti; el presidente el Consejo Provincial del Menor, Sergio Solari (aunque entraba y salía, puesto que se instaló a ver la sesión en el recinto, en un lugar reservado, en el tercer piso), el asesor Rettore y el secretario privado del ministro, Gonzalo Carbó. También se encontraban el subsecretario de Justicia, Hugo Gemelli; el jefe de Policía, Victoriano Ojeda y el intendente de Gualeguay, Héctor Jaime.

Todos se reunieron -junto a otros funcionarios y asesores- a seguir las alternativas del debate a través de la transmisión en vivo de Canal 11 de Paraná. Del Real no veía la hora de sacarse de encima el peso que tenía sobre su conciencia. Quizás por eso fue el primero en entrar al recinto, sentarse en su banca y esperar el inicio de la sesión. Minutos antes, había quedado en el medio de un diálogo acalorado entre Allende y Urribarri.
-¿Ingresamos y no hablaste aún con el Laucha?- increpaba Allende.
-No.
-Pelotudo, yo pensé que vos habías hablado con este nabo. Yo cumplí con el mandado y vos me aseguraste que el jueves se iba a votar y no hoy.
-Bueno, ya está...- lo cortó Urribarri.

Entró Emilio Castrillón (PJ-La Paz) y luego Raúl Solanas.
-Te dejé un mensaje en el celular- le dijo Solanas a Del Real, apenas lo vio.
-Quedate tranquilo, está todo bien- contestó el Laucha.
Luis Márquez (PJ-Victoria) lo miró a Solanas y le hizo un gesto de tranquilidad. La calma se perdió cuando bajaron al recinto cuatro diputados de la Alianza: Ricardo Troncoso, Rubén Maín, Alvaro Guiffrey y Marcelo Maidana. Podría haberse sumado Mónica Torres, pero dos días antes comunicó que se encontraba “enferma” y no iba a poder participar. Siempre se entendió como una especulación, una hábil jugada de la legisladora. Muchos de los que llegaron al recinto habían anunciado que no estaban dispuestos a dar quórum y sorprendieron con la aparición. Urribarri agarró desesperado el celular y lo volvió a llamar a Busti.
-Ingresaron cuatro a la sesión. Venían riéndose por los pasillos, me dijeron.
-Te cagaron, Pato- le contestó Busti.
-No, Jorge, no creo.
-¿Y por qué razón van a dar quórum?
-Porque se van a levantar cuando venga la votación, según me enteré.
-No, no va a ser así. Ya vas a ver...

Montiel siguió en su despacho, pero solamente permaneció hasta las 21. Estaba demasiado tranquilo y sonriente, según indicaron algunos allegados. Bajó por el ascensor de calle Córdoba y se fue a su departamento. Todavía sonaba en sus oídos el cántico de “el Negro no se va, el Negro no se va”, entonado por sus seguidores y registrado en la transmisión televisiva en vivo desde el recinto. En su lujoso piso lo esperaba su esposa Marta con la cena lista. Era una noche especial y había que celebrar.

Nadie calculó que aparecerían cuatro legisladores radicales. Los números previos indicaban que la sesión estaría conformada por los trece diputados del PJ, cuatro de Intransigencia para el Cambio y dos de la UCR. El quórum se lograba con veintiún diputados y eran veintitrés. Los opositores llegaron en medio del más absoluto abucheo. El grito de “hijos de puta” fue el que más sonó en la barra del recinto, donde se instalaron los montielistas. También había un minúsculo grupo de empleados cesanteados al inicio de la gestión, que ingresaron varias horas antes y se escondieron en oficinas de los legisladores de la oposición porque cerca del arranque de la sesión se clausuraron las puertas y no se permitió el acceso de los dirigentes de ATE o de la CTA. La Policía -por orden del Poder Ejecutivo- clausuró cada una de las seis entradas de la Casa de Gobierno. “Unicamente pueden pasar los funcionarios”, fue la respuesta de los efectivos apostados, lo que provocó que periodistas y senadores provinciales no pudieran acceder por varias horas, hasta que de alguna manera se levantaron las restricciones.

Junto a los policías, también había gendarmes, para garantizar la seguridad, máxime después de una serie de informaciones que llegaron a la Presidencia de la Cámara Baja, sobre posibles ataques contra Julio Rodríguez Signes y el diputado provincial Hernán Burna, que fue el radical que también votó contra Montiel en la Comisión de Juicio Político. La presión del público se sentía, ya que las barras se encuentran a no más de dos metros de las bancas y la tensión producida por los gritos de la gente contra los legisladores radicales y disidentes provocó que algunos fueran desalojados.

Minutos antes de iniciarse la sesión, Rodríguez Signes -que ya estaba sentado en la Presidencia- recibió un llamado al celular. Del otro lado hablaba Fabián Rogel, que se encontraba en su departamento, observando los acontecimientos por TV. “Si se quedan es porque compraron a uno de los peronistas”, le advirtió. Signes asintió con la cabeza y se empezó a preocupar, porque no disponía de una información en tal sentido.

La lectura del dictamen en mayoría -donde se explicaba porqué se tenía que enjuiciar a Montiel por mal desempeño y violación de la Constitución provincial- estuvo a cargo del diputado Guastavino y demandó dos horas. La barra recién reaccionó cuando se leyeron los nombres de los firmantes, entre los que aparecían los radicales disidentes Adolfo Lafourcade, Ana D’Angelo y Hernán Burna. Luego, el diputado Alvaro Guiffrey leyó el dictamen en minoría.

Allende, Alanis y Del Real estaban como en otro ámbito. Mejor dicho: les importaba un bledo lo que allí ocurría. Quizás porque habían tenido demasiado protagonismo en los días anteriores. Allende repartía caramelos y hablaba continuamente con Alanis. Los dos estaban en las últimas butacas de la bancada. Adelante se ubicaban Ferro y Del Real. Allende también atendía los llamados a sus celulares. Quienes se encontraban cerca observaron que acudió con dos teléfonos al recinto. Lo mismo hacía el Laucha con Ferro. En un momento, Del Real le dijo:
-Estoy podrido de Busti.
-Pero quedate tranquilo, Laucha. Tenemos que estar todos juntos en esta.
-Busti nos va a cagar. Solamente confío en vos, Pipo (Ferro). Estoy convencido de que nos va a terminar cagando.
-Vamos a juntarnos los tres, en mi departamento, solos, cara a cara. Allí planteá todos los problemas que tenés. Si querés charlamos con el Pato (Urribarri) antes.
-Con el Pato no quiero hablar. Solamente hablo con los que tienen votos.
-Bueno, dame un lugar y una hora.
-Está bien, que la reunión sea en tu departamento.

En ese momento de la noche del martes -cuando aún faltaba cerca de una hora para que comenzara la votación nominal, si es que se llegaba a tal instancia- Ferro alcanzó a divisar que a pocos metros estaba Héctor Ducasse, uno de los asistentes de Busti, y le pidió que se comunicara urgente con el ex gobernador. Le dijo que necesitaba hablar con él para aclarar algunas cosas que iba a hacer con Del Real. Ducasse le contestó: “Te doy el teléfono y decíselo vos; te aviso que Jorge viene mañana”. Ferro tomó el celular y confirmó el encuentro para el miércoles.
-Laucha, está arreglada la reunión con Busti para mañana. Dejá el teléfono abierto, que te aviso bien el horario.
-Está bien. Queda confirmado entonces.
-Le avisé incluso al Pato (Urribarri); le dije que íbamos a hacer una reunión con Busti, aunque sin él.

Todos esperaban que a la hora de la votación nominal los radicales se levantaran y dejaran sin quórum la sesión. Poco antes, sonó el celular del diputado Allende. “Quedate tranquilo, Andrés, está todo arreglado”, respondió. Lo escucharon por lo menos dos integrantes de su bloque y de inmediato dedujeron que se trataba de Andrés Rodríguez, el titular de UPCN y jefe político de Allende. Pasaron segundos y sonó el teléfono del radical Troncoso. Era Carbó, quien lo tranquilizó. Troncoso le ordenó a su compañero de bancada, Marcelo Maidana, que no se levantara. Maidana hasta había juntado todos los papeles para irse.

Ferro no entendía nada cuando, instantes antes de votar, Del Real se le acercó y le dijo al oído: “Ahora me cobro todas las de Busti”. Cuando lo nombraron, el Laucha no dudó: “Voto por la negativa”, expresó con voz nerviosa y fue como un balde de agua fría que cayó sobre los legisladores del PJ. Faltaban escasos minutos para la una de la madrugada y el público radical presente estalló en un grito. Fue tal la sorpresa, que ninguno de los diputados del PJ se dio vuelta para recriminarle lo que había hecho, ni optaron por levantarse de sus bancas -en esa votación nominal- para dejar automáticamente sin quórum la sesión y ganar un día en la estrategia.
-¡Pato, levantémonos!- le dijo Solanas a Urribarri, pero el diputado concordiense no reaccionó.

En realidad sorprendieron varios de los rostros de los legisladores del PJ, milésimas de segundo después de escuchar el voto de Del Real. En especial, las caras de Allende, Alanis y Urribarri. Los dos primeros no pudieron aguantar la sonrisa. El concordiense quedó azorado. Raúl Taleb puso su peor expresión de asco. Guastavino no entendía muy bien lo que estaba sucediendo. La votación terminó dieciocho a tres y no alcanzó. Troncoso y Maidana se levantaron a los gritos y se abrazaron con el ultramontielista Ramón Cuadra, que estaba a un costado.

Carbó, que seguía el debate por TV en su despacho, pegó un grito, como festejando un gol, con el puño en alto. Lo mismo hicieron todos los funcionarios que estaban en el Ministerio de Gobierno. Minutos antes había llegado un policía de confianza, al que hicieron esperar en la antesala. “Vengo por lo de Del Real”, dijo. Era el que lo iba a sacar de la provincia en automóvil. “Pero no tengo ni un peso para moverme”, avisó. Uno de los participantes de la Operación Laucha tuvo que sacar doscientos pesos de su bolsillo.

“No puede ser que esta basura tire todo por la borda”, decía con bronca Solanas, apenas se levantó. “¡Trescientos mil cobró el Laucha, trescientos mil!”, repetía, a quien lo quisiera oír, el diputado Carlos Fuertes (PJ-Villaguay). Del Real fue abordado por los periodistas y negó todo intento de soborno.
-¿Alguien sabía su voto?- le preguntó Sonia Fernández, de Canal 9.
-No, no se lo dije a nadie.

Minutos después y en el recinto, la misma periodista le preguntó a Troncoso si conocía el voto de Del Real. “Me lo comunicó media hora antes del inicio de la sesión”, reconoció, dejándolo a contramano.

Con la custodia del ministro de Gobierno y bajo la supervisión de uno de los más altos funcionarios de la Dirección de Investigaciones de la Policía de Entre Ríos -de acuerdo al plan diagramado previamente-, Del Real salió casi en andas del recinto. En el lugar se mezclaban las puteadas contra los diputados oficialistas y contra los antimontielistas. Lafourcade estuvo a punto de resultar herido en la cabeza con un ventilador que arrancaron los adeptos al gobernador y se lo arrojaron. A Rodríguez Signes le hacían señas de todo tipo. En especial Daniel Leonard, director de Deportes, o el entonces titular de LT14 de Paraná, Rubén Gallardo, quien en diciembre de 2001 le hizo cerrar el micrófono al diputado, mientras le estaban realizando un reportaje en estudios. Signes no se quedaba atrás y a cada gesto de la barra contestaba haciendo una seña con las manos, como expresando que le habían pagado a Del Real.

Al Laucha lo llevaron hasta la puerta de calle Córdoba, donde lo estaba esperando el policía que había estado antes en el Ministerio de Gobierno, quien lo acompañó al automóvil ubicado en la esquina de Tucumán y México. Allí aguardaba Marchetti. Con el policía al volante y el Laucha en el asiento de atrás, los tres viajaron a Santa Fe, cenaron y poco después siguieron para Capital Federal, donde los estaba esperando Augusto Alasino. Tal información fue revelada por Marchetti a un periodista del semanario Análisis, la noche siguiente a la sesión, aunque Del Real trató de desmentirla. Cuando el diputado se puso a escuchar los mensajes recibidos en su celular, se sorprendió con uno en particular: “Laucha, si tu voto es a conciencia, si contribuye a apaciguar los ánimos y a romper con la incertidumbre institucional de Entre Ríos, tengo que felicitarte. Sos muy valiente. Hay que tener cojones bien grandes para asumir una posición como la que vos tomaste. Contá conmigo, Laucha”, le expresaba la voz del Choclo Alasino. Del Real no dudó en llamarlo de inmediato a Jourdán para contarle del mensaje y pedirle que le agradeciera el gesto a Alasino.

Eran cerca de la 1.30 de la madrugada cuando Miguel Rettore se decidió a hablar con Montiel. Discó el número del departamento y atendió la esposa. Rettore le pidió disculpas por la hora.
-¿Y Sergio?- le preguntó.
-Está durmiendo hace rato. ¿Querés que lo despierte?
-Sí, por favor. Le agradezco.
Montiel apareció en el teléfono a los pocos segundos.
-Gobernador, ¡cómo va a estar durmiendo!- le dijo eufórico Rettore.
-No, m’hijo, estaba cansado y decidí acostarme.
-¿Pero ni siquiera lo vio por televisión?
-No, para nada.

Rettore le contó el final de la película y lo dejó seguir descansando. A quinientos kilómetros, la escena no era muy diferente. Jorge Busti y su asesor de Prensa, Juan Luis Gordo Puchulu, llegaron pasadas las once de la noche al departamento de Avenida de Mayo, en Capital Federal, a unas cinco cuadras del Congreso de la Nación, donde ambos residen. Habían cenado juntos en un restaurante de calle Cerrito y el celular del ex gobernador no paraba de sonar. Busti se pudrió y apagó el teléfono. Cuando regresaron, se fue a dormir. Puchulu se sirvió un vaso de whisky, agarró dos paquetes de cigarrillos y retomó el libro La historia de la bossa nova, que había empezado días antes, a la espera del desenlace de la sesión de Diputados. Poco después de una de la madrugada sonó el teléfono. Era Urribarri.
-Gordo, nos traicionó el Laucha.
-Significa que el juicio...
-Se cayó. ¿Y Jorge?
-Está durmiendo.
-¿Le vas a avisar?
-Ya veo lo que hago.

Puchulu colgó, quedó al lado del teléfono, se agarró la cabeza y miró al suelo con lágrimas en los ojos. En el interín apareció Busti, descalzo y en calzoncillos. Lo vio a Puchulu en esa situación y pensó que había recibido una mala noticia familiar.
-¿Qué pasó Gordo?
-A los entrerrianos nos pasó... Se cayó el juicio de Montiel.
-¿Quién traicionó?
-El Laucha.
-La puta que lo parió; qué traidor...- dijo Busti.

Lo volvió a mirar y se esperanzó: “Ya está, Gordo, ya pasó. A este lo vamos a sacar con los votos el 10 de diciembre de 2003”. Y se fue a dormir de nuevo.
-Si llaman, ¿te paso? -preguntó Puchulu.
-No, mañana arrancamos a las seis de la mañana.

El teléfono siguió sonando hasta cerca de las cinco porque todos calculaban que Busti no iba a estar durmiendo y le querían contar los más variados detalles.

*****

Rodríguez Signes fue uno de los últimos en irse del recinto. No podía asimilar el golpe. Guardó pacientemente sus papeles. Entre otras cosas, el texto que había preparado para decir, al fundamentar su voto y que nunca pudo leer para el cuerpo de taquígrafos. “...(el gobernador) realizó una declaración que apareció inadvertida: ‘Usted sabe que el gobierno me permitiría que yo compre mucha gente si quisiera comprarla para quedarme en el gobierno. No es difícil, pero yo no hago eso’. Señor gobernador: esta afirmación es gravísima. Yo le digo que no es que usted no quiere comprar, sino que la Cámara de Diputados no se ha dejado vender...”. La frase, que finalmente nunca fue pronunciada, quedó anotada de puño y letra por el diputado en los márgenes del documento que estaba destinado a no ser leído jamás.

Uno de los párrafos era un duro repudio hacia las actitudes tomadas por el mandatario luego de que fuera presentada la denuncia de juicio político: “Un hombre de derecho, un gobernante, debe abstenerse del agravio y la mentira y sobre todo de ejercer algún tipo de amenaza, intimidación y violencia física o moral sobre los señores legisladores. No ha sido esa la conducta del señor gobernador. En cambio, ha proferido toda clase de agravios e insultos”. Más adelante, el legislador denunciaba que “un vocero radial dijo que tenía listados de llamadas telefónicas mías. Es decir, confesó en la emisora estatal, en un programa financiado sobradamente con recursos de los contribuyentes entrerrianos, que el gobierno invadía con total desparpajo la vida privada de las personas violentando derechos constitucionales elementales. Y algunos diputados admitieron esa conducta totalitaria”, se quejaba. Y señalaba finalmente: “Gobernador: no soy yo solo, ha cometido el error de sobreestimarme.
Usted ha confrontado con todo el mundo: con los trabajadores del Estado; con los jueces; con la oposición política; con los docentes; con los comerciantes; y ahora con dos terceras partes de la Cámara de Diputados. Yo solamente espero ser el último con quién usted confronte y acepte que la política no es la guerra; que un trabajador es un ser humano; que un juez es un ser humano; que un peronista es un ser humano; que un docente es un ser humano; que un comerciante es un ser humano y que esta legislatura no es un Regimiento, sino la expresión política representativa y democrática de la sociedad entrerriana y está entre otras cosas para ponerle límites a usted que le hace falta”.

No sólo Del Real se fue a Capital Federal. A primera hora de la mañana siguiente se supo que también Allende había viajado con el mismo destino, aunque nunca se pudieron determinar los motivos de ese traslado tan urgente. El fantasma del soborno comenzó a rondar la misma noche de la sesión. Del Real fue expulsado del bloque a las pocas horas y se pensó también en destituirlo, pero finalmente continuó en la Cámara Baja. El operador alasinista Jourdán fue cesanteado en el bloque de senadores del PJ cuando Del Real reconoció públicamente, ante Análisis, que era de las pocas personas que conocían el voto previamente. No fueron pocos los aprietes a los bustistas para que se diera marcha atrás con la medida. “Paren la pelota, porque de lo contrario declaramos la guerra y saben bien que vale todo”, les advirtió Hugo Berthet a Taleb y Urribarri.

La Justicia inició una causa de oficio, que arrancó con una presentación de la fiscal Leonor Pañeda en el Juzgado de Instrucción de Héctor Vilarrodona. Después que Pañeda hizo la presentación, le llegó un planteo formal del vocal del STJ, Daniel Carubia, en igual sentido.

Varios de los diputados del PJ –que desconocían la situación- comenzaron a desfilar por Tribunales para marcar distancia de la actitud de Del Real y contar lo que sabían. Ninguno pudo aportar algo sobre el soborno, pero todos dijeron lo mismo: “Tengo la íntima convicción de que el gobierno arregló con Del Real”, escucharon una y otra vez Pañeda y Vilarrodona. En la vereda de enfrente, Montiel insistía en remarcar: “Somos ajenos a toda esta cuestión de las denuncias, ya que es un problema de los legisladores y de los partidos”. Fue el único que salió públicamente a negar la existencia del soborno.

Del Real llegó a Colón, pero se escondió en la casa de Marchetti. “No vengas, porque te están esperando”, le avisaron. Por eso fue que pidió custodia policial para la vivienda de su madre, como así también para los domicilios de sus tres ex esposas e hijos. Como su casa queda a cien metros del hospital, en forma casi permanente hubo gente merodeando, a la espera de su presencia para escracharlo. De hecho, el escrache se produjo en las primeras horas de la tarde de ese día, cuando llegaron unas cincuenta personas para gritarle por su voto a favor de Montiel. En Paraná, unos doscientos militantes del PJ se trasladaron hasta su casa, rompieron los vidrios de la puerta y las ventanas y arrojaron bolsas de residuos, para tratar de incendiar la vivienda. Adentro estaban sus hijos, encerrados en una habitación, por el pánico que les provocaba la situación, pero solo la puerta de metal tomó algo de fuego. La situación se disipó cuando llegó personal policial al lugar. De allí en más quedó una guardia permanente.

“Yo voy a jugar fuerte, porque mi voto no fue en joda”, explicó Del Real, apenas pudo arribar a su domicilio en Colón. Volvió a rechazar los cargos que le imputaban varios de sus pares y no dudó en pedirle a cada uno de sus compañeros “que se saquen los fueros, se abran los sobres lacrados y se conozca qué patrimonio tenían en 1983 y qué tienen ahora. Que se investigue el patrimonio de cada uno de nosotros y veremos qué pasa”, desafió. El tiro por elevación tenía un objetivo: el presidente del bloque del PJ, Sergio Urribarri, quien venía siendo cuestionado por negarse a ser investigado en una causa por el despilfarro de subsidios en la anterior gestión, que lo involucraban seriamente, por lo que no quiso librarse de los fueros. El Laucha logró su cometido en cuestión de horas: sacar de la escena a Montiel y afianzar la disputa entre bustistas y alasinistas.

Del Real reiteró que los diputados del PJ no podían “desconocer” cómo iba a votar, porque de alguna manera lo anticipó públicamente y dejó dudas sobre el accionar de sus pares. Uno de los que más sorprendió con sus declaraciones fue el senador provincial Juan Carlos Arralde (Alianza-San Salvador), a quien, horas después de la polémica sesión del martes 16, le hicieron un reportaje en el noticiero de Canal 9 de Paraná y quedó encendida la cámara cuando finalizó la entrevista. “Yo sabía de cuatro votos más y se eligió al de perfil más bajo”, decía Arralde en el video, en referencia a Del Real y a otros tres legisladores sobre los que nunca dio nombres.

Una semana después de la polémica sesión de Diputados renunció el ministro de Economía de la Nación, Jorge Remes Lenicov. Adoptó la decisión luego de que los senadores del PJ resolvieran suspender, por segundo día consecutivo, el debate destinado a considerar el proyecto de canje de depósitos a plazo fijo por bonos a cinco y diez años. En esa sesión se preveía también la discusión de otras iniciativas, entre ellas una reforma de la carta orgánica del Banco Central, la fusión de bancos públicos y la derogación de un coeficiente de indexación de créditos. Caído el ministro, una de las primeras medidas de Duhalde fue convocar a los senadores a la residencia de Olivos, para analizar la situación. Antes de empezar la reunión, en el quincho principal del predio, el Presidente lo sacó aparte a Busti.
-Chino, no tuve nada que ver con el conflicto en Entre Ríos, del juicio político a Montiel. Solamente te puedo contar que me vinieron a ver los radicales y me dijeron que si lo llevaban a juicio político al gobernador, Alfonsín iba a renunciar y que se iba al carajo el acuerdo que hicimos apenas asumí. Yo no abrí la boca...
-Me tendrías que haber hablado. Yo estaba solo contra todos- le contestó Busti.
-No te llamé porque no quería que sintieras ninguna presión.
-Pero no hiciste lo correcto.
-¿Qué era lo correcto?- preguntó Duhalde.
-Hablarme por teléfono.
-Yo quería que actuaras con total libertad.
-Pero yo no tenía nada que ver, Eduardo, fue un planteo del Frenapo.
-Está bien, está bien...
-Sí, ya pasó- concluyó Busti.

*****

Del Real estaba nervioso y preocupado. Era el hombre de la valija y casi ningún peronista -a excepción de sus aliados- le perdonaba la traición. Pero su mayor inquietud era porque solamente había cobrado cien mil pesos de los trescientos mil prometidos. Y contaba con poco margen para hacer movimientos, porque la Justicia ya lo tenía en la mira.
-¿Y el resto cuándo lo cobro?- le preguntó a uno de sus amigos alasinistas.
-Tené un poco de paciencia, Laucha. Vas a cobrar, pero tenés que esperar un poco. La plata no está acá, viene de afuera.

El hermano de Ferrari trajo una segunda partida de dinero recién a mediados de mayo. Esta vez no bajó en Sauce Viejo, sino que llegó a Paraná y le dio otros cien mil pesos al mismo operador que lo había recibido en el aeropuerto santafesino. Eran dos paquetes: uno con cincuenta mil pesos; otro, con cincuenta mil Lecop. Ese operador se lo dio a un funcionario de Montiel, quien a su vez lo entregó en un despacho de la Gobernación. Pero a Del Real únicamente le llegaron cuarenta mil Lecop.
-¿Y el resto?- preguntó desesperado el Laucha.
-Viene después.

Recién en los primeros días de julio volvió Alfredo Ferrari a la capital entrerriana. Se cumplió el mismo mecanismo anterior. “Esto es lo último que les manda Cacho”, le dijo al operador de pelo engominado. “Son trece mil dólares”, le acotó. El dinero -que en ese momento era el equivalente a unos cincuenta mil pesos- fue entregado en el mismo escritorio de la Gobernación. Pero nunca hubo un tercer pago a Del Real. “Total, no puede patalear porque se incriminaría solo”, comentó un allegado directo al primer mandatario. Se tuvo que conformar con los cien mil pesos y cuarenta mil Lecop que le habían dado.

A los pocos días, Víctor Montiel y un custodio del ministro Carbó llegaron a una cueva financiera ubicada en calle Racedo de Paraná. En algunos ámbitos, siempre se sostuvo que el hijo del gobernador es el verdadero dueño del negocio. El director de Turismo bajó lo más campante, con un maletín de cuero en el que tenía guardados seis mil dólares, treinta mil bonos federales y algunos Lecop. Minutos antes habían ingresado dos maleantes, quienes lograron el dato sobre la llegada de dinero fresco al lugar, aunque nunca supieron que se iban a encontrar con el propio hijo de Montiel.
Víctor Alcides fue el primero que ligó un culatazo en la cabeza, que lo tiró al suelo apenas ingresó. Lo mismo le pasó, a los pocos segundos, al custodio denominado Chiquito y a un tercer hombre que los acompañaba. Les sacaron tres armas: una pistola 45, un Magnum 357 y una 11.25. Los dejaron atados de pies y manos con precintos plásticos, tomaron el dinero y se dieron a la fuga. Montiel fue el primero que zafó de las ataduras, liberó a los otros y se retiraron raudamente del lugar, para que nadie los viera. Le dijeron al dueño del negocio que hiciera la denuncia, pero que no los mencionara. El hijo del gobernador le avisó a su padre de lo ocurrido y la Policía buscó por cielo y tierra a los autores del atraco. Nunca los encontró. Al parecer, se fugaron por Hernandarias y luego cruzaron a la provincia de Santa Fe. El juez de la causa jamás se enteró a quiénes les habían robado la plata. Tal vez porque a las víctimas no les interesaba demasiado. Estaba visto que a ese dinero no lo consiguieron trabajando. Era plata dulce y el silencio era lo más conveniente.

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