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 -  tiempo  33' 29" - 14498 Visitas Capítulo II: El desafío
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Sergio Montiel.
El hombre se sabía fuerte y, quizás -zorro viejo-, también consideraba que tal fortaleza no le duraría tanto. Además, le sobraban ganas de triunfar en la tierra donde las mayorías siempre le dieron la espalda; donde su suerte fue esquiva; donde más de una vez mordió el polvo de la derrota. Todavía sangraba por la herida de haber perdido allí la anterior elección general. Por eso fue que durante mucho tiempo mantuvo un agrio enfrentamiento con la dirigencia del radicalismo concordiense, al poner en duda su compromiso en la fiscalización de los comicios de 1995, en los que Jorge Busti arrolló en el escrutinio y logró así su segundo mandato (sigue).
El hombre se sabía fuerte y, quizás -zorro viejo-, también consideraba que tal fortaleza no le duraría tanto. Además, le sobraban ganas de triunfar en la tierra donde las mayorías siempre le dieron la espalda; donde su suerte fue esquiva; donde más de una vez mordió el polvo de la derrota. Todavía sangraba por la herida de haber perdido allí la anterior elección general. Por eso fue que durante mucho tiempo mantuvo un agrio enfrentamiento con la dirigencia del radicalismo concordiense, al poner en duda su compromiso en la fiscalización de los comicios de 1995, en los que Jorge Busti arrolló en el escrutinio y logró así su segundo mandato.

A pesar de los fallos de la Justicia, Sergio Montiel sostuvo obstinadamente que la razón de la derrota era el fraude en Concordia. Pero ahora consideraba que se había tomado revancha y quería disfrutarla rápidamente. Se sentía como un chico malo que puede mojarle la oreja al otro, hacerlo enojar y después pegarle. Velozmente tomó la decisión -quizás en el mismo momento en que se desarrollaban los actos de su asunción, el 11 de diciembre de 1999- de visitar en forma oficial, a la brevedad, la ciudad de Concordia. Pero a los pocos días, lo primero que hizo fue sacar el decreto y la posterior ley 9.235, que dejó a 3.800 empleados públicos en la calle. “Hay muchos ñoquis de trescientos pesos”, explicó en sus discursos, apuntándole directamente a numerosos trabajadores concordienses; quizás demasiados.

La medida pegó fuerte en la ciudad. La mayoría de los afectados pertenecía al Consejo Provincial del Menor, a los hospitales Felipe Heras y Ramón Carrillo y, fundamentalmente, a Educación, área donde no pocas cocineras y ordenanzas quedaron sin trabajo. A ello hubo que sumarle que prácticamente habían desaparecido los planes sociales, que el bustismo manejaba a gusto y placer en los últimos años. Del Plan Nacional Asoma llegaban aproximadamente 1.000 cajas, aunque sólo 540 iban a parar al municipio. El resto era distribuido por las comisiones vecinales, o sea, lo más parecido a un agujero negro que nadie controlaba. Servían para dirimir la interna que en ese momento tenía como protagonistas a Jorge Busti y a Juan Carlos Cresto –hijo del ex gobernador justicialista Enrique Cresto-. Por otro lado, las casi 3.000 cajas PAS, remitidas desde la provincia, corrían peor suerte, ya que eran administradas exclusivamente por las comisiones vecinales que, salvo honrosas excepciones, estaban encabezadas por punteros políticos inescrupulosos, ex policías exonerados de la fuerza por vinculación a la feroz represión de la dictadura e individuos acorralados por la Justicia, sospechados y denunciados de organizar bandas armadas en sus barrios. También estaban las 2.200 cajas PRANI. Algunas eran distribuidas por el Poder Ejecutivo; otras, se repartían desde la sucursal de la Casa de la Gobernación que Busti había abierto en Concordia y que estaba a cargo de Juan Carlos Romero, secretario privado del ex mandatario en su primera gestión y uno de sus permanentes operadores.

Ese 21 de enero de 2000 el sol partía la tierra. Montiel salió temprano desde Paraná, con destino a Concordia, acompañado de su esposa, Marta Jordán, y algunos de sus funcionarios. Primero pasó por Gualeguay, donde anunció en forma rimbombante millonarias inversiones europeas en el rubro de la producción hortícola y frutícola, que aumentarían los saldos exportables provinciales. En esa ciudad ya adelantó algunos temas relacionados con Concordia y, sobre todo, intentó introducir cuñas en la interna peronista para debilitar a Busti, enfrentándolo con el intendente Hernán Orduna. El Vasco era un hombre avezado: había sufrido cárcel y tortura en la dictadura, fue ministro de Gobierno de la primera gestión de Busti y luego secundó a Mario Moine al frente del Poder Ejecutivo. “Vamos a solucionar los problemas de la pobreza”, dijo Montiel, y anticipó que estaba dispuesto a “trabajar codo a codo con el ingeniero”. La frase sorprendió a muchos concordienses, quienes siempre recordaron la vieja disputa entre ambos, desde tiempos del primer gobierno de Busti. Montiel lo había acusado de “montonero”; Orduna de “gorila” y de llevar adelante un festival de licitaciones antes de terminar la gestión ’83-‘87. Otros entendieron el mensaje subliminal de Montiel: estaba anunciando la muerte de la ciudad donde siempre triunfó el peronismo.
Cuando dijo “vamos a solucionar los problemas”, lo que quería afirmar era que no existía mejor política para Concordia que profundizar la pobreza y hacer responsable de sus consecuencias a los dieciséis años anteriores de justicialismo.

El día antes de la visita de Montiel, Orduna viajó a Paraná. Buscaba concretar un acuerdo compensatorio de deudas mutuas entre la Municipalidad y la provincia, que fue postergado por el gobernador durante los meses siguientes, pese a los respectivos fallos judiciales, incluido uno del Superior Tribunal de Justicia (STJ) a favor de la comuna. Lo atendió el ministro Enrique Carbó. “La mano viene dura en Concordia”, le advirtió Orduna. “Yo les diría que evalúen la conveniencia de que vaya Montiel”, le indicó luego. Carbó lo escuchó, pero le restó trascendencia. El intendente retornó a su ciudad con las manos vacías, pero apenas llegó instruyó a su secretario de Gobierno para que convocara a una reunión de gabinete con el objetivo de analizar todos los aspectos relativos a la visita del mandatario. Les pidió especialmente a sus funcionarios que se garantizara que Montiel recibiera todas las inquietudes en forma directa.

En esos primeros días de enero, Orduna comprobaba tristemente como las políticas clientelistas y el sostenimiento de las estructuras del bustismo habían no sólo esfumado ingresos millonarios, sino que también llevaron el endeudamiento a niveles altísimos. Y debía comenzar a pagar durante su gestión. En ese marco, quizás como una expresión de deseo, el intendente concordiense solía ver con optimismo la posibilidad de sobrellevar una relación seria con Montiel. Sin embargo, su experiencia le decía que podían surgir problemas.
-Les pido que controlen los excesos. Que los despedidos puedan expresarse, pero con respeto- les ordenó a sus colaboradores.

La reunión del gabinete municipal se organizo rápidamente y allí se concluyó que la cuestión no seria sencilla. De un lado y del otro ya se habían abierto peligrosas compuertas que entremezclaban la bronca por reclamos legítimos, con la violencia más irracional. “El Vasco tiene razón, pero yo ya les compré diez docenas de huevos a los compañeros de la carpa”, reconocía uno de los concejales del PJ. Faltaban aún treinta y seis horas para que se produjera el anunciado arribo del mandatario provincial. Era la primera vez que Montiel, como gobernador, iba a llegar al municipio de Concordia. Nunca lo hizo en su primera gestión, cuando Busti era intendente, entre 1983 y 1987. La disputa era muy fuerte y el radical no cedía nada.

Orduna volvió a levantar el teléfono, pero esta vez discó el número del despacho de Carbó. Al fin de cuentas, era el mismo número que utilizaba cuando ocupó ese cargo. “Ustedes hagan lo que quieran Enrique, pero siento la obligación de ponerlos en conocimiento de que el clima no es el mejor. Y así como está la cosa es una callejón sin salida, es una trampa”, le advirtió. “No alcanza con la repartija de alimentos que están haciendo con los desocupados. Los más calientes con Montiel son los empleados públicos, no los desocupados”, le insistió.
-Bueno, está bien. Quedate tranquilo- fue la única respuesta.

Orduna estaba enojado porque se enteró -de una muy buena fuente- que el gobierno le había enviado quinientas cajas de alimentos a los piqueteros Carlos Sánchez y José Chelo Lima -muy cercanos a Busti, por lo menos hasta 1999- y en las primeras horas de la mañana comenzaron a realizar la distribución. El nexo era un joven abogado, que ocupó funciones en la gestión de Montiel. Cortó y volvió a discar. Esta vez la llamó a Susana Paoli, titular de la Comisión Administradora del Fondo Especial de Salto Grande (CAFESG), con sede en Concordia, y una de las funcionarias de mayor confianza de Montiel desde hace décadas. Le transmitió la misma preocupación. “Quédese tranquilo, ingeniero”, le contestó la mujer. “Me parece que no se percatan del clima”, le comentó a uno de sus funcionarios, mientras meneaba la cabeza en señal de desagrado.

En la plaza 1º de Mayo, justo frente a la puerta principal de acceso a la comuna, militantes del bustismo, del Movimiento de Desocupados y los recientemente despedidos por la nueva administración montielista habían instalado una carpa de la resistencia. Orduna, que iba y volvía de la Municipalidad a su casa caminando, aprovechó para cruzarse dos veces hasta la carpa. Pese a que no era su gente, no tenían problemas con él. La mayoría eran peronistas y, aunque los conocía con mañas y todo, intentó hacerles entender que era imprescindible entablar con Montiel una relación de respeto mutuo. “Precisamos que venga y vea todo lo que nos falta para salir adelante”, les explicó. Orduna estaba nervioso y no lo ocultaba. El sol pegaba duro y se necesitaban muchos tetrabrik para saciar la sed de varias decenas de personas que, a grito y tambor pelado, hacían oír su reclamo. Se sucedieron otras comunicaciones en tono parecido e incluso se le deslizó al entorno de Montiel que era conveniente que el gobernador y su comitiva ingresaran por la puerta trasera, para evitar enfrentamientos.

A la siesta de ese día el clima de calor y humedad insoportable explotó, pero el fuerte aguacero no aplacó los ánimos de los que hacían el aguante en la plaza, aunque probablemente evitó que se juntara más gente. Con los que estaban sería suficiente. Alrededor de las 17, Montiel ingresó a Concordia y antes de llegar al municipio aprovechó para detenerse a saludar al anciano ex gobernador peronista Enrique Tomas Cresto (1973-76), que transcurría sus últimos meses de vida en su amplia casona de Villa Adela. “Confío plenamente en que usted va hacer una gestión importante porque tiene experiencia, capacidad y tenacidad”, le dijo Cresto. “Se debe revertir esta situación de Concordia, creada por cuatro o cinco vivos que sacan provecho de este estado de cosas”, le acotó, olvidando que, quizás, su hijo Juan Carlos -antecesor de Orduna en el cargo-, podría verse comprendido en el concepto. “Me hubiese gustado mucho acompañarlo hoy hasta la Municipalidad y recorrer con usted las calles, para que vieran todos los peronistas que yo estoy con usted”, le dijo finalmente.

Algún llamado telefónico alertó que “en pocos minutos” Montiel llegaba a la Municipalidad. El calor y el sol, después del chaparrón, condensaban más el ambiente que se sintetizaba en los rostros y puños crispados de los hombres y mujeres que cantaban consignas contrarias a Montiel en la plaza. Orduna no dudó: “Pase lo que pase, es el gobernador, y su investidura merece guardar las formas”, dijo. Y arrancó hacia abajo para plantarse en las escalinatas de la entrada. Recién entonces aparecieron desde el fondo del patio trasero los funcionarios provinciales que se habían adelantado al coche del mandatario y un número importante de militantes de la UCR, como también del FREPASO que, tal como les pasaría en el corto período de vida de la Alianza, no sabían de qué lado colocarse. Del otro lado de la plaza, las indisimulables y alcahuetas antenitas negras adosadas a los baúles permitieron determinar que los dos automóviles que raudamente se desplazaban por 1º de Mayo, doblaban en la esquina y después en la otra, traían a Montiel.

La imagen se produjo en pocos segundos. Cuando apenas las gomas dejaron de chirriar por los frenos, el hombre que se sentía fuerte abrió la puerta del Renault Laguna blanco y descendió envalentonado del lado de la calle. Bajó con el brazo izquierdo levantado, pero no precisamente para saludar a quienes desde la vereda de enfrente ensordecían con sus cantos. La mano no estaba abierta; el puño se cerraba y marcaba, desde ese primer instante, lo que sería un largo itinerario de enfrentamientos que generaría su forma autoritaria de gobernar. Fue un minuto eterno, donde el “hijo de puta” resonó fuerte. Tan fuerte como la respuesta de Montiel: “Hijos de puta fueron los que los contrataron a ustedes y no los incluyeron en el Presupuesto”. La frase quedó registrada en el casete de audio y video de uno de los canales locales. Montiel se enteró al día siguiente que el micrófono no era del equipo de sonido del lugar, sino del medio televisivo.

El mandatario enfrentó abiertamente a los manifestantes que, descontrolados, se abalanzaron sobre el auto oficial. Nunca más el gobernador repetiría una acción tan temeraria y con una casi inexistente custodia. Quizás ese hecho provocó que, en adelante, no sólo no volviera más a la Municipalidad de Concordia, sino que nunca se lo observara sin policías a su alrededor. Orduna reaccionó rápidamente. “Pollo, Alemán, bajemos urgente; vamos que lo van a fajar”, les gritó a su cuñado y director de Empleo, Néstor Rameri, y al secretario de Obras Públicas, Víctor Hartman. Descendió a la carrera hasta donde estaba parado Montiel y lo abrazó, protegiendo su integridad física. “Vamos doctor, vamos doctor”, se desgañitaba Orduna, mientras le hacia de escudo humano al hombre que después trataría de desestabilizarlo en numerosas ocasiones. En esos interminables quince metros hasta que lograron introducir al gobernador en el ascensor, fue Orduna quien recibió varios golpes en la cabeza y escupitajos que tenían por destinatario a Montiel. Un palazo, que bajaba directamente a la cabeza del mandatario, pegó en el hombro de Orduna. Los funcionarios provinciales no entendían nada; estaban estupefactos e inmóviles. “¡Por favor, sáquelo!”, pidió a los gritos el jefe de Policía, Victoriano Ojeda, mirando a los ojos a Orduna. Fue el único que alcanzó a reaccionar. Nunca le pasó un episodio similar a Montiel, un hombre acostumbrado a dirigir y no a ser conducido. Orduna no le preguntó nada y lo arrastró del brazo hasta llegar a su despacho. Lo dejó por algunos segundos y ordenó a varios de sus colaboradores que no se movieran de los pasillos. Cuando retornó, se encontró a un gobernador algo recompuesto después del susto, que lo miró con una sonrisa y le dijo: “Bueno ingeniero, me salí un poco de la línea con la puteada, pero algo tenía que contestarle a los muchachos”. Orduna rió nervioso.

El segundo hecho se desarrolló en el amplio salón de actos de la Municipalidad, lugar que en muchos años sólo supo de reuniones y aplausos peronistas. Ese día tenía sus butacas casi totalmente ocupadas por eufóricos militantes radicales que, al grito de “¡Montiel, Montiel!”, tapaban los insultos de grueso calibre que jalonaron todos los discursos desde el fondo del salón. Entre quienes puteaban estaban algunos familiares directos del ex intendente Juan Carlos Cresto. El lugar más incómodo lo ocupaba Orduna, que cumplió con la ceremonia de entregar algún recordatorio y le dio a Montiel, en mano, luego de su lectura, el decreto que lo declaraba huésped de honor de la ciudad. Vino después más de una hora de discurso en la que el gobernador se dedicó a defenestrar los doce años de gestión peronista.
-Fui recibido tal cual estaba convenido, en la puerta del municipio por el intendente Orduna, y un grupo de personas -activistas pagos que todos ya conocemos- que se dedican a perturbar la paz social en toda la provincia. Sin embargo, no consiguen sus objetivos, sino apenas se dedican a insultar”, dijo Montiel cuando se lo consultó, en una posterior conferencia de prensa.
-¿Y quién cree que les paga?- inquirieron los periodistas.
-Todos sabemos quienes son los que los apoyan económicamente.
-¿Y por qué los enfrentó?
-Porque no toleré que me insultaran, intenté hablar con ellos pero no fueron capaces de escuchar racionalmente. Sería lamentable que la opinión pública creyera que esta gente representa a Concordia, cuando sólo se trata de un grupo de inadaptados- remató.

Montiel dejó la ciudad en horas de la noche. Orduna le presentó sus excusas por los incidentes. “No se preocupe, son cosas que pasan”, le contestó, con cierto aire superador. El intendente pensó que no se lo perdonaría nunca. Y algo de razón tenía. Después, incluso, se enteró de que no fueron pocos los dirigentes radicales que lo responsabilizaron directamente de los hechos suscitados. Un encumbrado hombre del peronismo -que de inmediato trazaría una fuerte alianza con Montiel-, también abonó esa idea: Augusto José María Alasino. Las consecuencias se verían con el correr del tiempo.

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La situación de Concordia era caótica en esos días de 2000. En marzo se conocieron los datos del Censo Escolar, que mostraban la profundización de la desocupación, la pobreza y la marginalidad. Según las estadísticas, casi el setenta por ciento de los habitantes estaba desocupado o subocupado. En uno de esos trabajos censales, que abarcó a setecientas familias, no se encontró un solo egresado entre chicos de cinco a catorce años y se comprobó que únicamente el veinticuatro por ciento tenía empleo fijo. El nivel de hacinamiento en las viviendas más pobres también salió a la luz: en cada una de esas casas humildes se amontonaban entre diez y doce personas, quince en algunos casos.

En ese marco, comenzaron a cobrar un inusitado protagonismo los dirigentes José Chelo Lima y Carlos Sánchez. “Su escasa y contradictoria formación política está más vinculada a los setenta que a los noventa. Integraron la troupe de esos militantes peronistas a los que, el bustismo primero y el menemismo después, confundieron y desconcertaron”, los describió el periodista concordiense Claudio Gastaldi en el semanario Análisis de Paraná. “Transitaron la política a los tumbos, de grupo en grupo, de dirigente en dirigente, y en esa búsqueda comenzaron en un bando y terminaron en el opuesto, para volver a salirse en cualquier momento. Fueron adquiriendo cada vez mayor exposición pública, destacándose el contraste entre lo que decían -filo setentista- y el lugar o el dirigente con el que militaban, que por supuesto respondía a los mandos de la política de los noventa. En esa esquizofrenia permanente, el dinero comenzó a jugar un papel cada vez más preponderante. Se trató del consabido círculo vicioso en el que para instalar ideas era necesario tener efectivo. O lo que es lo mismo: sin plata es imposible hacer política. Los marginales fueron cada vez más y no había tanto dinero para contenerlos, salvo en épocas de campaña. Por eso fundaron el Movimiento de Trabajadores Desocupados de la Región de Salto Grande, que continuó la obra de un maestro en eso de vender paquetes: Miguel Segovia, en rigor, el pionero en la materia”, sintetizó el cronista, en una radiografía casi perfecta.

Sánchez hizo sus primeras armas en un grupo concordiense de la derecha peronista, que lideraba el abogado Juan Carlos Gallo, en las internas de 1983. Durante mucho tiempo tuvo una posición dura y ortodoxa, apuntándole a los zurdos del peronismo. En la segunda intendencia de Jorge Busti se incorporó como empleado municipal, luego de ser uno de los despedidos del Policlínico Ferroviario, que quebró. Lima proviene de los grupos juveniles del peronismo de Concordia, en la década del ochenta. Cuando Busti llegó a la Gobernación, en 1987, pasó a ser empleado del Consejo Provincial del Menor.
Por esos antecedentes, desde lo individual apoyaron a Busti para la llegada a la segunda gestión, en 1995, pero también se le pusieron enfrente cuando no consiguieron lo que pedían. Provocaron el primer gran corte de ruta en Entre Ríos, deteniendo el tránsito por varias horas en la principal arteria del Mercosur, la ruta nacional 14; en los meses previos a las elecciones del '97 convocaron a una trascendente marcha de desocupados por toda la periferia de la ciudad y se convirtieron en un factor de presión social tan importante que coadyuvaron a la primera derrota del justicialismo en Concordia. Claro que en esos días la serie de errores y la miopía de los principales hombres del peronismo lugareño -como Augusto Alasino, Mario Yedro o el propio Busti-, generaron un clima donde la derrota era una realidad ya en los meses previos. Alasino y Yedro estaban denunciados por enriquecimiento ilícito -lo que dejó a la luz patrimonios millonarios de cada uno, mientras Concordia se había convertido en una de las ciudades más pobres del país, con casi un treinta y ocho por ciento de desocupación-; Busti, mientras tanto, estaba rodeado de funcionarios y legisladores sospechados de hechos de corrupción y seguía mirando para otro lado.

Lima y Sánchez no eran solamente dos nombres; también utilizaban los símbolos para mostrarse en los barrios y en los medios de comunicación: una boina negra con estrella, la foto del Che Guevara, la vestimenta color caqui y un discurso entreverado, pero filo setentista. “A instalar esa imagen contribuyó el diario El Sol, que eligió para ellos -y con la peregrina idea de aislarlos-, lo que justamente buscaban: desde sus portadas les dedicó grandes titulares llamándolos Comandante Chelo y Subcomandante Carlos. El director de ese medio, Luis Mazurier, siempre ayudó desde sus páginas a respaldar las políticas de Busti. Creyó entonces, con una incomprensión absoluta del nuevo marco social, que al presentarlos de ese modo los dejaría expuestos al repudio público. Logró justamente el efecto contrario entre los sectores más desprotegidos de la sociedad, que vieron en ellos un modo certero de desgranar el poder bustista, achicarlo y sacarle alguna ventaja”, agregó Gastaldi.

La advertencia de Lima y Sánchez fue fuerte: “Si no nos dan planes Trabajar, vamos a hacer lo mismo que en Cutral Co”. En agosto y septiembre de 1996, trabajadores y jóvenes desocupados cortaron la ruta 22 en Cutral Co y Plaza Huincul, en la provincia de Neuquén. Los hechos se repitieron en abril de 1997, cuando hubo levantamientos de piqueteros por la brutal represión de Gendarmería, que finalizó con la muerte de María Teresa Rodríguez. Busti no dudó en convocarlos a una reunión: les dio lo que pedían y les anotó incluso el número de su teléfono celular, para que lo llamaran cuantas veces fuera necesario. Negoció con ellos una determinada cantidad de planes Trabajar (unos trescientos mensuales), que distribuyeron a su antojo entre sus seguidores incondicionales. Luego, a su vez, comenzaron a concretar maniobras con los dineros que había que darle a cada uno de los beneficiarios.

En un momento, en la relación entre Lima y Sánchez se produjo un cortocircuito, por lo que hubo acusaciones cruzadas. Lima creó su propio partido vecinal, bajo una consigna: Cansao ‘e vagos. Pero no llegó al millar de votos, porque si bien tiene seguidores, también cuenta con no pocos detractores, que no dejaban de cuestionarle sus movimientos. Lima se trasladaba en un Renault Nevada, usaba dos teléfonos celulares (uno que supuestamente estaba pinchado y el otro limpio) y no se privaba de nada a la hora de gastar.

La caída de Busti y la llegada de Montiel los obligaron a replantear la estrategia. Se quedaron sin poder, sin dinero y sin consenso. Ya no había respuestas para quienes dependían de su sistema de dádivas y tenían que buscar la forma de recomponer el esquema. A poco de la asunción del gobernador radical, Lima y Sánchez olvidaron los rencores y se pusieron a trabajar unidos nuevamente. Se acercaron a determinados hombres del montielismo, para lograr algunos beneficios, pero la relación no se extendió demasiado. Juntos fueron hasta el Comité Concordia de la UCR y le exigieron al diputado Adolfo Lafourcade que interviniera para regularizar la situación de las casi dos mil personas que habían sido despedidas de los planes Trabajar. “No puede ser que nos saquen por portación de cara”, le espetaron. “Si no lo solucionan, comenzaremos a hacer quilombo”, advirtieron. Lafourcade ensayó una respuesta, pero no los convenció. Muchos sabían que el crítico legislador ya no estaba entre los hombres cercanos al gobernador. Cuando una de esas madrugadas un grupo de desconocidos le arrojó unos neumáticos encendidos en la vereda de la casa a la funcionaria Susana Paoli y, a la vez, rompieron un automóvil que creían que era de ella, se entendió que era una vendetta, pero la Policía no determinó de dónde provenía exactamente.

Lima y Sánchez encabezaron una asamblea pública y decidieron un corte de la ruta nacional 14 durante los días 22, 23 y 24 de marzo. No hubo respuestas y por eso se repitió la medida en la jornada del 4 de abril, organizada por algunos funcionarios de Orduna. Lima y Sánchez llegaron al lugar, pero los echaron. El Vasco ya estaba cansado de la falta de soluciones desde el gobierno y la Nación, donde la única que le contestaba los llamados era la entonces ministra de Acción Social, Graciela Fernández Meijide, o el titular de Trabajo, Alberto Flamarique, a quien Orduna conocía desde la década del setenta, en tiempos de militancia de ambos en el peronismo.

Fue desde el municipio que se convocó a Crónica TV, para la cobertura periodística del piquete y con la idea de lograr así algo de sensibilidad social en la Nación. La llegada al empresario comunicacional Héctor Ricardo García fue a través del ex gobernador Jorge Busti, quien todavía mantenía alguna relación formal con Orduna. Tanto Busti como el ex senador Héctor Maya (PJ-Entre Ríos) habían favorecido con la primicia exclusiva a García el 20 de mayo de 1998, cuando se suicidó el polémico empresario postal Alfredo Yabrán, en su estancia San Ignacio.

Lo anecdótico del caso fue que cuando los movileros y camarógrafos de Crónica TV llegaron a Concordia, ya no existía el corte de ruta. Incluso, el juez federal Juan José Papetti le había ordenado a Gendarmería que reprimiera y los efectivos estaban en camino, procedentes de Concepción del Uruguay. Pero los uniformados tampoco pudieron cumplir con el cometido, porque la intensa lluvia caída obligó a los piqueteros a guarecerse bajo el puente que atraviesa el Yuquerí Chico. Los enviados de Héctor García tuvieron que montar un corte de ruta, con algunos manifestantes de ocasión, que se acomodaron en la arteria del Mercosur para que Crónica los pudiese filmar. La soledad también les llegó a Lima y Sánchez, puesto que no pudieron lograr que los piqueteros los acompañaran hasta el intento de asalto que querían perpetrar en el hipermercado Norte. La fotografía que se publicó al día siguiente en un diario provocó la sonrisa de los lectores: los dos aparecían solos en medio del imponente local comercial.

No obstante, la mayor sorpresa llegó al día siguiente. Ese 5 de abril el país se convulsionó con las imágenes de Crónica TV. Algunos pensaron que era una broma pesada del canal porteño. En las primeras horas de la mañana, la emisora mostró la existencia de un comando guerrillero que se entrenaba en “el monte entrerriano”. Se denominaban Sabino Navarro, en honor a un integrante de Montoneros que participó en la toma de La Calera y falleció en 1971, en plena dictadura de Alejandro Agustín Lanusse. Cuando los concordienses observaron lo que las cámaras mostraban, llegaron a la conclusión de que los personajes en cuestión no eran otros que Lima y Sánchez, secundados por Patricia Noemí Riberos, quien incluso se cayó en uno de los movimientos que hicieron, al tropezar con la raíz de un árbol. Era la rebautizada sargento Pato.
-Hay un grupo insurgente- explicó el periodista de Crónica TV, Javier López, a la audiencia. Un encapuchado comentó los hechos; de fondo, la naturaleza daba la sensación de un bosque.
-¿Por qué motivo se organizó este comando?- preguntó el cronista.
-Estamos cansados de que los niños se mueran de hambre. Esa es la razón por la que se formó este Comando Sabino Navarro- respondió un oculto Lima, al que se reconocía por su boca y sus ojos, que era lo que se observaba debajo del pasamontañas negro del comandante Carlos.
-¿Por qué tienen armas?- se insistió, mientras se apreciaba que contaban con una escopeta de caza, una pistola 32 y otra calibre 22.
-No hay otra: tres chicos mueren por día, hay desocupación, hay hambre. La Justicia no condena a nadie. Nos adjudicamos el atentado contra la funcionaria Susana Paoli, en su domicilio, por este gobierno del dictador Montiel. Acá se nos cagan de risa, perdoname por la expresión, pero hay que cambiar este modelo neoliberal.
-Algunos piensan que están disfrazados- preguntó el periodista.
-Nosotros hace ocho meses que estamos operando. Estuve con el Subcomandante Marcos en México, con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Se viene la lucha armada, contra el oficialismo y contra la oposición. La estrategia son las armas civiles. ¡Te dejo por problemas de seguridad!

Los supuestos insurrectos salieron corriendo, según mostró la cámara, aunque la imagen se clavó en el cronista. De fondo se observaba una vivienda abandonada y una zona arbolada.
-Estamos en un lugar que no podemos determinar; nos han traído hasta acá, esto no está armado- informó el móvil 23 de Crónica TV para todo el país. No estaba solo: un cronista de Radio 10 -de Daniel Hadad- también hacía lo suyo, casi en forma simultánea. “Están armados hasta los dientes, en una selva litoraleña”, repetía el movilero.

A las pocas horas, Gendarmería Nacional determinó que el lugar en cuestión estaba a no más de veinte cuadras del centro de Concordia. Se trata de una zona residencial, ubicada en el mítico edificio derruido de El Naranjal de Pereda, a pocas cuadras del Regimiento 6 de Caballería. Cerca del mediodía, el ministro del Interior, Federico Storani, totalmente furioso por el episodio, bajó hasta la Sala de Prensa y habló de las grotescas escenas. “Son unos guerrilleros truchos”, dijo, a la vez que aportó abundante información sobre las andanzas de Chelo Lima. En realidad, quien más datos le proporcionó a Storani fue el entonces diputado nacional Jorge Busti, porque contó al aire, en varios medios, quién era Lima. “Son unos loquitos sueltos, que armaron un show televisivo”, explicó, a la vez que denunció que tanto Lima como Sánchez amenazaron a su familia en más de una ocasión. “Era un grupo aislado, pero ahora tienen caldo de cultivo por la grave situación social que vive la provincia”, añadió, sin ensayar ni un mea culpa por la forma en que los hizo crecer como dirigentes. Lo que no dijo Storani (lo reveló poco después el periodista Horacio Verbitsky, en Página/12) fue que, una semana antes de los sucesos, había recibido la visita de representantes de Crónica, quienes le reclamaron el pago de una supuesta deuda de ciento cuarenta mil dólares asumida por la anterior administración. Storani se comprometió a estudiar el tema. Cuando vio las imágenes, entendió que el apriete era más fuerte que de costumbre.

Ese mediodía, Gendarmería formalizó la denuncia en el Juzgado Federal de Concepción del Uruguay -que tiene jurisdicción sobre Concordia- y la fiscal María de los Milagros Squivo -la misma que hizo nombrar el ex senador nacional Augusto Alasino (PJ) y quien luego, como retribución, propició el archivo de la causa en su contra por enriquecimiento ilícito- formuló la acusación de “atentado contra los poderes públicos y el orden constitucional”. El juez federal Papetti no dudó en ordenar la detención de Sánchez, Lima y compañía.

La patética escena finalizó cerca de las 19, cuando los gendarmes rodearon la casa de Lima, a la espera de una orden de allanamiento. En ese momento, Crónica TV transmitía en vivo y en directo, pero la conferencia de prensa de Lima y Sánchez, quienes decían que no tenían nada que ver con lo que se había observado a través de la pantalla. A los pocos minutos, los dos salieron de la vivienda para dialogar con los hombres de Gendarmería y allí los detuvieron, porque afuera no se necesitaba la orden. La sargento Pato fue apresada luego.
-¿Se vuelven a Buenos Aires, muchachos?- les preguntaron a los de Crónica.
-No, tenemos orden de seguir.

Al día siguiente, bajo la lluvia, el mismo cronista se paró delante de la cámara, ubicada en la plaza 25 de Mayo y dijo que “la tensión” seguía en Concordia. La imagen mostró otro hecho: el hermano de Chelo Lima había decidido encadenarse frente a la oficina del intendente Orduna. Cuando se apagó la cámara, el hombre se liberó y se marchó para su casa.

Orduna realizo un nuevo intento para hablar con Montiel una semana más tarde, pero el gobernador se negó a recibirlo. Hasta el propio diputado provincial Adolfo Lafourcade (Alianza-Concordia) hizo de mediador, pero no pudo lograr nada. La respuesta más contundente del mandatario se apreció a los pocos días: fue cuando designó un delegado del Poder Ejecutivo en Concordia. Puso allí al paranaense Miguel Rettore, a quien hasta ese momento no le habían encontrado cargo, pese a la estrecha relación con Montiel.

Rettore era ex oficial de la Policía de Entre Ríos. Fue compañero de promoción, entre otros, de Julio Brassesco, quien luego se transformaría en titular de la fuerza. Estuvo en la Custodia Gubernamental en la última etapa del gobierno militar entrerriano y luego siguió en ese cargo cuando llegó Montiel al sillón de Urquiza. Al poco tiempo, dejó el puesto de policía y rindió para ingresar al Poder Judicial, junto a su amigo Sergio Fausto Varisco. Recién a fines de la década del ochenta se incorporó a la militancia partidaria activa, enrolado en la Línea Radical de Entre Ríos (Lirer), que encabezaba Montiel. No obstante, se alejó del sector cuando el ex diputado nacional Néstor Lino Golpe Montiel se distanció de su tío y fundó la corriente Integración Radical. Durante los cuatro años de mandato en el Congreso, Rettore fue secretario privado de Golpe. Pero se apartó del ex legislador en 1995 y se sumó a las huestes de Humberto Cayetano Varisco, quien le creó la Secretaría de Gestión Comunitaria. Estuvo durante toda la gestión junto al ex corredor de bicicletas, defendiendo a capa y espada sus políticas. Fue quien más apoyó el proceso de privatización del agua, que impulsaba el hijo del intendente, Humbertito Varisco, y presentó, junto al funcionario Eugenio Delladona, la denuncia contra el ex presidente comunal Julio Solanas (PJ), por la desaparición del Banco Municipal de Paraná. Además, impulsó la candidatura de Sergio Varisco –hijo de don Humberto-, en 1999, para la Intendencia de Paraná. Por ello, apenas se inició la gestión radical, le crearon la Secretaría General. No obstante, no continuó, porque los compromisos adquiridos por Varisco no fueron cumplidos. A los seis meses de 2000, Montiel lo tentó para que se volviera a alinear con él y pasó a ser su asesor.

El descenso de Rettore a Concordia fue un golpe bajo para varios de los hombres de la UCR, que entendieron que el gobernador no les tenía confianza. Rettore, que en esos días pesaba cerca de ciento cincuenta kilogramos, lo primero que hizo fue reunirse con los diversos sectores de la comunidad y concurrió a cada uno de los comedores escolares de Concordia, acompañado de fotógrafos oficiales que incluso lo retrataron tomando la sopa junto a los chicos. La imagen recorrió buena parte de los medios de comunicación de la provincia. Venía con un epígrafe: “Los chicos no tienen para comer y encima Rettore les toma la sopa”.
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