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 -  tiempo  7' 56" - 14046 Visitas Prólogo, por Eduardo Aliverti
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Eduardo Aliverti, periodista.
Este libro trata sobre un hombre que a la hora de (intentar) salvar la ropa decidió hacerlo a costa de sus principios. O por lo menos, de los principios que declamó durante toda su vida desde una militancia partidaria. Sólo él sabe si esto último fue una pantalla que siempre le sirvió para ocultar su verdadera moral, o si la verdad es que simplemente se quebró (sigue). Este libro trata sobre un hombre que a la hora de (intentar) salvar la ropa decidió hacerlo a costa de sus principios. O por lo menos, de los principios que declamó durante toda su vida desde una militancia partidaria. Sólo él sabe si esto último fue una pantalla que siempre le sirvió para ocultar su verdadera moral, o si la verdad es que simplemente se quebró.

Ambas hipótesis pueden ser un buen punto de partida para entender que la investigación de Enz excede a los hechos que revela. Porque Montiel es el objeto pero no el sujeto de este trabajo. Es la anécdota, desde ya que abordada con rigor periodístico y cierto vuelo literario, capaz de permitir una disección profunda de la clase política argentina. Lejos de leer las andanzas del gobernador de Entre Ríos como quien se adentra en un relato de aventuras que empiezan y terminan en actitudes personales, estamos ante una muestra global de la putrefacción dirigente de este país.

Más allá de las decisiones individuales: si el gobernador es un hombre que vivió como pensaba hasta que resolvió seguir viviendo como fuera, para eludir la adversidad, significa que calculó como eventualmente exitoso al paraguas protector del aparato sistémico-partidario. Y si éste fue la guarida que lo habilitó para mentir respecto de su auténtica moralidad, quiere decir lo mismo. En las dos probabilidades, Montiel es otro emergente de la podredumbre y nunca una persona apenas desesperada. En los dos casos, es alguien que se tiró a una pileta a la que tenía por qué imaginar repleta de agua corrupta.

Como frente a toda labor investigativa, el lector podrá dudar sobre la certeza -y hasta de la intención- de algunos o muchos de los datos que brinda Enz. Podrá, incluso, abstraerse de que el autor es seguramente el periodista más prestigioso de la provincia y uno de los investigadores de prensa más confiables de la Argentina. Y el propio firmante de este prólogo, en tanto observador profesional pero no seguidor riguroso de los asuntos descriptos y de la realidad territorial, puede sentirse ajeno a la prolijidad de pruebas o indicios que se citan o elaboran. Pero lo que está fuera de toda discusión o crítica parcial es el carácter veraz del documento, tomado en su conjunto o desde alguna puntualidad. Este apunte es decisivo a propósito del fondo de la cuestión: aun lo que pueda no ser cierto es enteramente creíble. Allí es donde no encuentran salvación ni Montiel ni sus compinches locales y nacionales, conocidos o ignotos. Sus cómplices directos o los idiotas útiles.

De todas maneras, lo necesario de este señalamiento no lo convierte en original. A esta altura, no se requieren nuevos libros para percatarse o atestiguar sobre la dirigencia tradicional y generalizadamente canalla que ejerce la representación política de los argentinos. El libro es, sí, una provocación intelectual que aparece en el momento justo. Y todo parece indicar que seguirá siendo justo ese momento por un largo rato.

Estas líneas introductorias son escritas cuando todavía no se concretó, en las urnas, el complejo y maloliente proceso electoral convocado por el presidente Duhalde. Pero tienen la seguridad de que cualesquiera sean los resultados y las geografías, ya no hay retorno para una certeza central: del que se vayan todos despertado por el ataque nervioso de la clase media porteña, unido a la movilización de los sectores más dinámicos de los suburbios, se transmutó en menos de un año y medio a que además de quedarse todos se los volverá a votar. ¿Cómo no detenerse y horrorizarse, por mucho que la psicología de masas provea algún análisis científico que le encuentre explicación, en el hecho de que las fieles reproducciones de Montiel&Cía. seguirán gobernando en todo el país por decisión de nosotros mismos?.

Apreciar el libro de Enz en su justa y enorme medida sólo será posible si se comprende que no es otro certificado de defunción para la "vieja" política, sino la lamentable comprobación de que se trata, hasta donde da la vista, de recuerdos del futuro. Queda dicho que las interpretaciones pueden estar a la vuelta de la esquina. Entre ellas, tal vez la primordial, que las manifestaciones de hartazgo masivo no van necesariamente de la mano con la construcción de alternativas. Y que si no sucede esto último, los pedazos de lo que estalla son reabsorbidos y reelaborados por las propias facciones de la clase dominante. Así parezcan decrépitas, y así cuando lo sean. Pero es notable, inclusive si se agregan los antecedentes insoslayables del exterminio desatado por los militares y la victoria cultural alcanzada por el neoliberalismo, la tardanza del campo popular en alcanzar o arrimarse a un estadío organizativo que vertebre su cansancio. Porque las justificaciones son tan atendibles como la mentalidad sectaria y la ausencia de vocación de poder que, pareciera ya que de modo crónico, subsisten entre sus mentes más lúcidas y sus militantes más activos.

La simple lectura de este libro es un buen ejercicio de comparaciones. Bastará tomar la indignación que despiertan sus denuncias, multiplicarla por los millones de argentinos que sufren diariamente el mismo estado de ánimo a causa de una dirigencia política incapaz y corrompida, incluir en el múltiplo al estallido que se cargó a un gobierno entero y luego dividir el resultado por la incapacidad de crear una herramienta reemplazante del mero hastío.

Es cierto que en las bases sociales despuntan episodios dignos de optimismo. Aunque devaluados si se los coteja con las luces que se encendieron en diciembre de 2001, pero también sin olvidar la ignorancia casi absoluta a que los someten los grandes medios de comunicación, fenómenos como las asambleas barriales, la autogestión obrera en las fábricas recuperadas, o el tejido de solidaridad hacia dentro del movimiento piquetero, conservan especificidades de interesante potencia. Mirar allí es mucho más lógico y atractivo que hacerlo hacia el andamiaje electoral, porque de éste es momentáneamente imposible extraer alguna esperanza. Sin embargo, debe quedar claro que si esa energía popular no se canaliza en una opción de poder, más tarde o más temprano, son inevitables las eternas resurrecciones -avaladas por la licitud de las urnas, para peor- del tipo de personajes sobre los que abunda el documento de Enz.

Con prudencia hegeliana, es aconsejable recordar que la urgencia por apurar los cambios nunca es amiga de que se produzcan. Pero el valor objetivo de esa sentencia no va en perjuicio de las construcciones subjetivas, que son las que desde el último luchador social hasta el primer dirigente retardan o aceleran los procesos sociales. En todo caso, forzar a destiempo histórico la conciencia de las masas, en torno de la lucha por sus intereses, es tan irresponsable como permanecer detenidos en la bronca y la mezquindad organizativa. Aserto, este último, que adquiere un patetismo dramático si se piensa en una sociedad como la argentina, otrora ejemplar de la integración de clases y atravesada hoy por más de la mitad de sus habitantes sumergidos en la pobreza y la indigencia.

Entonces, a más de su carácter de provocadora intelectual en el momento adecuado, la labor de Enz debería constituirse en un disparador de la acción concreta para aquellos que no se conforman con la sola expresión de repudio. Lo primero es necesario, pero lo segundo es lo que podría ser suficiente.

Haya espacio, por último, para una obviedad que razones de acostumbramiento (a la audacia de Enz) pueden convertir en falta de registro. Algo que nunca olvida destacar ese otro imprescindible de la lucha social que es Ricardo Monner Sans, acerca de los periodistas del interior que encaran, la inmensa mayoría de las veces sin cobertura política de ninguna índole, trabajos de investigación sobre sus entornos locales, provinciales o regionales.

Una cosa es ser valiente denunciando al poder desde Buenos Aires, donde el Dios que protege a los privilegiados suele darle una mano a quienes les apuntan. Y otra cosa, mucho más cojonuda, es hacerlo desde territorios feudales y cotos de caza en los que -por mucho menos de lo revelado por Enz en este libro y a lo largo de su trayectoria- la libertad periodística suele ser pasaporte hacia el exilio interno.

Que eso quede claro a la hora de mensurar en su totalidad el valor de este libro, porque si sirve o no para promover debates y "efectividades conducentes" es un hecho opinable. Pero jamás puede serlo el coraje de su autor.

Eduardo Aliverti





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