Bienvenidos a Semanario Analisis Digital
puntos
19/03/2019 -  tiempo  8' 51" - 710 Visitas Especial ANÁLISIS DIGITAL Ultimo capítulo de “Los Mandatos de Camilo Fink”, de Mario Daniel Villagra
CAPITULO XI: Luego de mirar el reloj, José no llegaría tarde para el viaje de Camilo, que lo esperaba en el bar de la terminal. A pesar de la alerta naranja, se citaron a las quince. Para guardar intimidad, cuando llegó, Camilo escogió la mesa más retirada de todas. No había nadie en el bar. Camilo no estaba del todo convencido con la idea de la entrevista, pero era la condición para verse con José:
—¿Una entrevista?, hermano, explíqueme.
—Y sí, Camilo… puede ser la última vez que nos veamos.
—¡José! ¡Que fatalista!
—Es que la aventura es así … no sé sabe dónde va a terminar.
—¿Aventura?, pero yo tengo un plan.
—¿Trajo lo que le pedí?

El viento soplaba intermitente y revivía el calor del sol; la brasa del cigarrillo de José se consumía en el aire, y la silueta del humo en la luz. Camilo sacaba una fotografía del bolsillo del pantalón, mientras José preparaba una libreta, una lapicera y un grabador.
—Sí, aquí tiene, es la única que encontré.
—¡Camilo! ¿Qué me trajo?
—La única.
—Pero bueno… ¡Ni se lo reconoce! Pero, veré lo que me dicen… Pero che… ¿Está preparado?
—“Eso nunca se sabe hasta que llega el momento”, acaso no es lo que me dijo —y José encendió la grabadora.
—¿Cómo eligió ser Maestro Rural?
—No se trataba de elegir. Era lo único que podía hacer, fue algo… digamos que no había mucha alternativa: o era venir a la Escuela Alberdi o quedarme a trabajar en el bar de mi padre.
—¿Recuérdenos cómo fue la primera escuela donde impartió clases? —dijo José, utilizando el plural, sabiendo que lo que él preguntaba sería publicado.
—Era una escuela hecha con toda la pobreza posible. No sé, no recuerdo bien cual fue; yo siempre digo que los machaques en la espalda son de los empujones que tuve que dar para abrir las puertas de las taperas donde fui a dar clases. Por aquel entonces, inauguré tres escuelas. Pasaba horas y kilómetros caminando entre el barro del invierno; o en bicicleta, entre la polvareda que acompaña las calles en verano.
—Antes de seguir, podría hablarnos más de la escuela donde estudió para ser maestro rural.
—Sí, claro. La escuela agropecuaria Juan Bautista Alberdi, pocos saben, que se creó en 1904, a cincuenta años de la muerte de Domingo Faustino Sarmiento. Su creador —a quién, según cuentan, el mismo Sarmiento entregó el diploma— fue Manuel Pacífico Antequeda, y le puso de nombre Escuela Normal de Maestros Rurales, que era la única en su género en esta parte de América; indispensable para toda buena educación general, científica, moral y estética, además de los estudios pedagógicos, industriales, ganaderas y agrícolas.
—Su familia, Camilo, ¿tenía tierras?
—¡En las uñas!, hermano —contestó y sonrió—. No, mi padre, como sabe, trabajó en el campo y luego tuvo un negocio, mezcla de almacén, bar y sala de juegos.
—Pero ¿existía el latifundio?
—No, el latifundio, en Entre Ríos, comienza con la última dictadura cívico y militar, y, en otras partes, con la conquista del desierto —dice Camilo, y llama al mozo para pedir una botella de agua.
—Y… ¿cómo recuerda su trabajo en el campo? —indagó José, mientras miraba la grabadora para corroborar que estuviera funcionando.
—En invierno se trabajaba poco, porque todo el movimiento grande que había en el pueblo era por la cosecha fina, que era el trigo, lino y avena, eso se cosechaba en verano. En invierno ya era mucho menos, porque inclusive se sembraba poco maíz, que era una cosecha de otoño e invierno; en invierno se trabajaba en el campo: arar, sembrar, preparar la tierra.
—Camilo, ¿se arrepiente de algo? —y Camilo dudó, hizo un silencio profundo antes de responder.
—Me arrepiento de no haber aprendido a tocar la guitarra porque, de ser así, hoy formaría parte de mi equipaje. Y, además, como dice la letra del payador perseguido, “si uno pulsa la guitarra —y aclaró que salteaba algunos versos— y “por ahí se larga opinando, el pobre se va acercando, con las orejas alertas”, pienso que es lo que me faltó para resistir al cierre de la escuela; de eso, de eso sí me arrepiento… Y entiendo que con lo dicho ya tiene suficiente material para hacer una nota.
—De acuerdo —apagó la grabadora.
—Ahora hablemos —se acomodó en la silla— de nosotros —mostrándose seguro.
—De acuerdo, hablemos de nosotros —José parecía no tener palabra propia, se sacó los anteojos automáticamente, se refregó sus ojos tres segundos y volvió a colocarse los anteojos.
—¿Qué piensa hacer ahora hermano?
—¿Ahora, ahora?… Y… ahora tendría que ir a la redacción, tengo tiempo entre las seis y las siete.
—No digo “ahora, ahora”; hablo del ahora de los proyectos.
—¡¿Proyectos —enciende el último cigarrillo—, de qué?! ¡No lo sé Camilo!, pareciera que tiene el derecho de preguntarme eso porque se nos va de viaje… ¿Y? ¿Qué pasa? ¿Qué pasa con los que nos quedamos? ¿Somos unos cobardes porque no nos animamos a dar el paso? ¿O somos los más valientes porque nos quedamos a pelearla desde adentro?
—Nadie dice eso, José, era solo una pregunta, tranquilo. Además, fuiste tú la persona que me hizo dar cuenta de que no conocía nada… ¿lo recuerda?, desde el primer día en que nos conocimos.
—Yo estoy tranquilo… De lo único que me acuerdo es de que criticó el título de mí nota.
—¡No sabía nada yo!
—Tampoco pensaba decirlo.
—¿Y por qué no firmas las notas?
—No lo sé… quizás es porque descuido de manera absurda ese trabajo; o soy yo el que se cuida de manera absurda o todo es un absurdo pues volvemos a hablar de lo mismo; porque ahora que lo recuerdo ya lo hablamos de esto, y es por ese mismo motivo que tengo que irme. Te llamo para consultarte el título.
—Bueno, hermano, no era para que se ponga así.
—¿Así cómo?, Camilo. ¡Está todo bien! —se paró, corrió la silla hacia atrás y se puso al costado de la mesa—. Deme un abrazo Camilo.
—Bueno, bueno, bueno —lo abraza—, agradezco que haya venido a despedirme.
—No, es que no vine a despedirlo, vine a hacerle la entrevista — y salieron del bar, quedando poco más de una hora para el cierre de la edición del diario y para la partida del colectivo. Camilo salió pensando en si no había sido brusco en sus palabras; y José, en revisar las tres noticias diarias y en terminar la entrevista al “maestro rural”, que había prometido para el cierre de la edición.

En el trasporte público, José sacó y miró nuevamente la fotografía que le llevó Camilo para ilustrar el artículo: hecha con una máquina de impresión automática, en ese encuadre estaba su infancia en el campo. A José le pareció que no era buena, pero luego en la redacción le dirían que estaba perfecta.

Camilo llegó primero a su casa. Comenzó a revisar por última vez su equipaje, pues sabía que no tenía margen de error, su primer destino lo separaban más de mil kilómetros, motivo por el cual no podría volver a buscar nada. Mientras, José en la redacción trascribía la voz de Camilo; le era familiar, pero debía parar de a ratos, retroceder, y volver a escuchar; debía escribir, el jefe de la redacción contaba con la entrevista para el cierre.

A las seis y cuarto, Camilo recibió al exalumno que se quedaría en la habitación que alquilaba. “Bueno, no hay muchas recomendaciones”, dijo y agregó “ahora, hermanito, le toca hacerse cargo”, y le entregó las llaves en la mano. Como sabrían que se mantendrían en contacto, no hubo tanta ornamenta de despedida. Para cuando Camilo salió de su casa, con la mochila, José había terminado de desgravar la entrevista, y la nota tomaba forma.

Siete menos cuarto, y mientras Camilo esperaba que llegue el colectivo, José en la redacción pensaba en llamarlo para consultarle el título. El colectivo llegó a los diez minutos. José terminaba la nota. Camilo colocó su equipaje en la baulera y preguntó al chofer si podía ir a comprar una botella de agua. José recibía la respuesta afirmativa del jefe de la redacción, que quedó aguardando confirmar el título. Entonces, José llama:

—Hola, Camilo, habla José.
—Sí, José… espérame un poquito — y se escuchaba que Camilo decía: “bueno, pero usted no me puede decir que me apure o pierdo el colectivo. ¡Linda manera de hacerme comenzar el viaje! Bueno, sí, acepto las disculpas. Gracias. Buen viaje. Usted también” —. Hola, José, sí, ¿se escucha bien?... Hola José… ¿José?
—Sí, Camilo, soy yo… ¿Qué pasó?
—Nada, nada, no pasó nada, simplemente que cuando le avisé al chofer que iba a comprar una botella de agua, éste me dice que me apure o que perdía el colectivo.
—Bueno, bueno, debe estar estresado… ¿sabes cómo laburan esos?
—“Bueno, bueno, debe estar estresado”. Usted siempre con esa beatificación a la clase trabajadora.
—Bueno, bueno, que justo estoy terminando la nota, y si me voy a ir a descansar es justamente… Bueno, terminé la nota.
—¿Salió algo?
—¡Algo!, eso ya es importante… Saldría mañana. Te quería consultar el título.
—¡Fantástico! ¿qué título le pusiste?... ¡Hola, hola! Se cortó.

Cuando José le decía que había escogido “Los mandatos de Camilo Fink”, el colectivo entró al túnel subfluvial y se perdió la señal del celular, por eso Camilo no lo escuchó. Tampoco quiso. Apagó el aparato, sabiendo que no le interesaba tanto el título como el contenido, “de ahora en adelante debo pensar en otra cosa”. “En escribir”, se dijo en voz baja y sacó un cuaderno con tapas hechas de corcho: “lo habré comprado así para que flote”, se sonrojó y comenzó.



FIN


Algunos comentarios sobre la obra
Los Mandatos de Camilo Fink es una novela sobre la amistad. Más bien, una pequeña novela sobre una gran amistad. Claro, lo social, el periodismo, la docencia y el amor sobrevuelan el mundo que Villagra construye al ritmo de una payada que crece y se vuelve más taciturna a la vez que sus personajes se ven enmarañados en ríos de sensaciones que los acongojan. Todo sin perder el tempo y la calma propia de la milonga campera que su pluma interpreta. Pero, repito, este es simplemente un genial relato sobre la amistad y las personas que se funden –y sufren- para creerla.

Nicolás Salvi //Periodista

Leí con mucho interés Los Mandatos... Uno agradece de entrada la variedad de temas y tonos que presenta su narración. Sin duda tiene buena prosa, hay buenos diálogos, algo verdaderamente interesante y necesario en una novela articulada principalmente sobre conversaciones; y buenos personajes. Su extensión es adecuada y se trata de una novela secretamente ambiciosa, sencilla pero honda, llena de cajones y de detalles.

Manuel Borrás// Editor de Pre-Textos (España)

Enviar Imprimir
ULTIMA EDICIÓN
Destacadas
Deportes
Servicios
Envianos
tu noticia
Las mas leídas
Analisis Digital | Director | Denuncias | Contáctenos |  Pagina de Inicio |  Agregar a Favoritos |