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13/01/2018 -  tiempo  6' 47" - 1413 Visitas Columna de opinión Juan Pérez y la violencia antisistema
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Hablando de un puñado, se busca ocultar a las decenas de miles que repudiaban la reforma.
No cesan los escritos obscenamente oficialistas, que agitan el espantajo de la "violencia antisistema", con el que se quiere meter miedo a los ingenuos y a los cándidos, como cuando increíblemente el fraile habla del diablo y la mamá, del cuco. De esta manera se sustituye la fuerza bruta del león policíaco y se ponen en funcionamiento las astucias engañosas del zorro propagandista: hablando de un puñado, se busca ocultar a las decenas de miles y aun cientos de miles que repudiaban la Reforma Previsional y protestaban, ya en la Plaza de los Dos Congresos, ya como caceroleros en todo el país. Pero, como dice el dicho popular, no se puede tapar el sol con un harnero. Por Gustavo Lambruschini

Damos por conocida la fecundidad teórica en las ciencias de los que son llamados "experimentos mentales". Una vez más desde entonces, intentaremos realizar uno con la intención de echar luz, y así hacer una recepción crítica de lo ocurrido ante el Congreso de la Nación durante los días que van entre el 14 y el 18 de diciembre (2017), que algunos con audacia han comparado con las jornadas del Argentinazo de 2001, y que sí en cambio pueden ser conceptualizados de modo plausible como "estado de excepción". Entonces, de parte de los de abajo (≠ Estado) se realizaron dos masivas protestas que recusaban la Ley de Reforma Previsional (un confeso manotazo de 100 mil millones a 17 millones de víctimas), que, por su parte, un nutrido grupo de especialistas en la materia considera inconstitucional, i. e., violatoria de la Constitución Nacional, aun cuando aquélla se terminara votando en el Congreso de la Nación.

Adelante con el experimento. Supongamos que Juan Pérez, iniciando una riña, le propina temerariamente un fuerte cachetazo a un policía, i. e., a un profesional entrenado en el arte de golpear y, aun siendo necesario, de matar. Más aún: supongamos que más temerariamente todavía le tira a una corta distancia una piedra de gran tamaño. Más aun todavía: supongamos que Juan Pérez está acompañado y comparte con un grupo más o menos heterogéneo esta manera, por así decir-lo, de proceder…

A partir de ese insólito hecho, hagámonos dos preguntas conjeturales: (1) ¿cómo se supone que debe reaccionar "normalmente" el policía que desde un punto de vista legal "detenta (sic) el monopolio de la violencia legítima"?, o siendo dicho de modo algo más pedante, ¿qué "imaginario social" opera?; (2) ¿qué se la pasa por la cabeza a esos Juanes Pérez cuando actúan así y cuál sería la "motivación de tal acción"?

(1) Ante tal hecho ilegal de violencia, naturalmente la acción racionalmente esperada es que el policía reaccione ejerciendo la violencia legal, reprimiendo, castigando y deteniendo a esos ilegalmente violentos Juanes Pérez. En cambio, si el policía o los policías, aun contando con todos esos elementos que les permiten el ejercicio de la violencia "legítima", no reaccionaran así, es no sólo lícito, sino plausible suponer que esto es parte de una táctica de combate, v. g., de victimizarse, y que sus mandos superiores les han ordenado expresamente mantener una actitud pasiva ante las pedradas, incluso a riesgo de su integridad física y aun de la vida misma. ¿Por qué no reprimiría? Incluso más elementalmente: ¿por qué no reaccionaría actuando en defensa propia, no ya como policía sino como individuo privado, i. e., defendiendo su integridad física y aun su vida?

(2) Intentando comprenderlos, ocupémonos ahora de la motivación de la acción de Juan Pérez y, por así decirlo, de sus compinches. Si su acción es puramente "afectiva", i. e., si han actuado movidos sólo por súbitas pasiones y una inclinación inmediata, entonces poco tendríamos que decir, incluso sería discutible tachar de "temeraria" dicha acción objetivamente delictiva y antijurídica. Pero, por el contrario, si suponemos aun una pequeña cuota de racionalidad y deliberación, seríamos hostigados por un conjunto de interrogantes ciertamente alarmantes que nos volverían casi incomprensibles sus actos. ¿Estarían obedeciendo a un deber moral que manda de modo incondicional? ¿Se habían conjurado con otros en una célula terrorista clandestina de adoradores del "inmundo trapo rojo"? ¿Buscaban -como se dice- un muerto, i. e., que el policía lo asesinara como a Nahuel, i. e., buscaba inmolarse, ser asesinado él mismo o alguno de sus compinches? ¿Haciendo un elemental cálculo de costo-beneficio, soñaría Juan Pérez salirse impune-mente con la suya? ¿Ignoraba la correlación de fuerzas? ¿Acaso contaba con armamentos relativamente equivalentes, i. e., que permitieran enfrentar con cierta paridad a un camión hidrante o una motocicleta artillada? ¿Acaso ignoraba que con seguridad a pocos metros había otros muchos policías, o que el policía contaba con medios para comunicarse y pedir tantos refuerzos como fuesen necesarios para reprimir, castigar y detener o matar legítimamente? ¿No estaba el policía pertrechado con un conjunto de elementos para el combate del que los Juanes Pérez carecían, v. g., cascos, escudos, pecheras, botas, gases de diferentes tipos, armas antimotines, etc.? ¿Acaso nada sabía acerca de que la policía cuenta con armas probadamente eficaces, como camiones hidrantes y un batallón de motociclistas armados que sustituye con muchísima mayor eficacia a la anticuada policía montada? ¿Ignoraba Juan Pérez que la policía cuenta además con helicópteros, drones, cámaras para filmar y aparatos de identificación biométricos, efectivos apostados en los techos y otros lugares estratégicamente relevantes para controlar militarmente un desafío a la "majestad" del Estado, medios manipulatorios de comunicación adictos, etc.? ¿Acaso calculaba que piedras, palos, botellas, hondas, morteros de bombas de estruendo y cosas por el estilo eran armas equivalentes? ¿Acaso no calculaban que durante días -después de los acontecimientos del 14 de diciembre- en una "mesa de arena" la policía y sus mandos estatales habían planificado la estrategia, la táctica y las formas de ejecución de los diversos operativos represivos? ¿Qué se proponían con esa correlación de fuerzas? ¿Acaso -derribando fácilmente el vallado- tomar por asalto el Congreso de la Nación y, restableciendo la democracia directa (sic), legislar "usurpando" los cargos de los "representantes" del pueblo? Sobre todo: ¿no sabe Juan Pérez que las manifestaciones están infiltradas por los servicios secretos del clandestino Criptoestado, y que por unos pocos pesos se alquilan lumpenes, barras bravas, provocadores de todo tipo, etc.? ¿No sabe que volviendo víctimas a los policías se pueden deslegitimar a decenas de miles y aun a cientos de miles de manifestantes y hacer que los de arriba hablen de la "violencia antisistema" antes que de la rapiña y la expoliación de los trabajadores jubilados por el Estado de clase? ¿No son más eficaces los benignos cacerolazos? ¿No saben que una manifestación que sólo responda a la agresión estatal y aunque sea víctima de ella, puede conectarse más fácilmente con los cacerolazos y que la acción de los provocadores más bien las disocia?

Si por un momento Juan Pérez tuvo un instante de lucidez que le permitiera aunque más no fuera un brevísimo momento de reflexión crítica, ¿no hubiese percibido con claridad la locura que estaba perpetrando? La pregunta del experimento mental es retórica y la respuesta, obvia. Nadie actuaría así, salvo que Juan Pérez fuera efectivamente un loco, un ignorante, un lumpen, un paniaguado del intendente amenazado, o mejor, otro policía disfrazado de manifestante o un servicio del Criptoestado, que golpeando impune y planificadamente a un policía, sabe que éste no reaccionará y que conoce tan bien como ellos los roles que tienen que jugar en un conjunto de acciones fríamente planeadas y calculadas para deslegitimar una masiva protesta legítima.

Foto archivo.
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